Panamá, 14 de diciembre de 2003
 
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Perspectiva

No te comerás al prójimo

Los caribes no concebían una buena cena sin carne humana y precisamente la palabra “caníbal” proviene de esta tribu guerrera

Gina Montaner

Su sonrisa amplia es la de un hombre satisfecho. Armin Meiwes, el caníbal de Roteburgo, dice estar arrepentido de haberse comido a Bernd-Jurgen B. en el transcurso de una comilona que acabó en canibalismo. Sin embargo, detrás de sus blanquísimos dientes de animal carnívoro se vislumbra el placer de una buena digestión.

La historia de este informático alemán y la búsqueda de un voluntario que se sometiera a sus fantasías sexuales ya forma parte de la anécdota de la antropofagia. Lo que produce escalofríos es que Meiwes recibió más de 400 respuestas a un anuncio en el que invitaba a los candidatos nada menos que a ser devorados. O sea, un éxito sin precedentes si lo comparamos con las posibilidades de encontrar pareja en los casi siempre decepcionantes happy hours y citas a ciegas.

Aparentemente Armin Meiwes nunca engañó a nadie. Desde el principio era un aprendiz de caníbal en busca de carne fresca y dispuesta a ser troceada en el altar de las perversiones sexuales. Meiwes y Bernd-Jurgen no eran precisamente Jules et Jim, y se dieron cita con la intención de armar una grande bouffe en la que uno de ellos sería el plato principal. Aquella diabólica cita en la que el sacrificio humano ha quedado grabado en vídeo, fue la culminación de una fantasía elaborada durante años. Posiblemente acelerada y enardecida por el ejemplo cinematográfico de Hannibal Lecter: el antropófago más temido y seductor de los últimos tiempos. Meiwes y su amigo debieron ver una y mil veces la saga de El silencio de los corderos antes de lanzarse a la aventura del canibalismo. Solo que Lecter (una criatura de ficción), tiene el aura romántica que se le escapa a la sonrisa vacía del informático. No en balde es capaz de destapar los demonios interiores de Clarissa y en la última entrega –versión gótica de Ridley Scott– se corta la mano como señal inequívoca del amor que siente por ella. En efecto, Lecter es un tipo peligroso, pero sus pasos exquisitos lo llevan a la decadente Venecia y no a una apartada casa en la que Meiwes, tras la muerte de su madre, recuerda más al edípico Norman Bates de Psycho.

Con su afición extrema a la dieta hiper proteínica, Armin Meiwes no hace más que aumentar el número de casos documentados de canibalismo, una práctica ancestral que aún se observa en algunas partes del mundo. Tan solo hace unos días la prensa recogía informes de antropofagia en el Congo, donde las tribus enemigas se zampan unas a otras. Y hace unos años nos impactó la imagen de la multitud en Mogadiscio comiéndose el hígado de un soldado de las fuerzas multinacionales. Pero la cosa viene de lejos. Desde tiempos inmemoriales. Sabemos que los aztecas engordaban a sus víctimas como pavos de granja antes de darles muerte sobre la piedra del sacrificio; los caribes no concebían una buena cena sin carne humana y precisamente la palabra “caníbal” proviene de esta tribu guerrera. En Fiji, los habitantes de la aldea de Nabutautau fueron aficionados al canibalismo hasta mediados del siglo XIX. En 1867 se comieron al misionero británico Thomas Baker y según las crónicas solo dejaron las botas.

Si bien el canibalismo tribal tiene connotaciones mágicas (comerse el corazón puede traspasar poderes), el canibalismo practicado por el informático de Roteburgo es una suerte de acto sexual en el que el verdugo y la víctima disfrutan de la mutilación y, finalmente, de un macabro ritual que acaba en muerte sanguinolenta. Podemos recordar al japonés que mató a su novia y, como Miewes, durante meses se alimentó de los restos congelados de su amada. Sin llegar al canibalismo, pero relacionado a esta práctica, debemos citar el caso de una estadounidense que hace unos años acordó encontrarse con un hombre que había conocido a través de internet para que este la cortara a trozos. Esta Emma Bovary cibernética y pasada de rosca dejó una nota de despedida al perplejo marido y abrazó gustosa su muerte anunciada. También supimos por los periódicos de un masoquista al que le proporcionaba placer ser mutilado y a cambio de dinero había conseguido que un cirujano sin escrúpulos le amputara una pierna.

Poco antes de morir, el escritor y gastrónomo español Xavier Domingo publicó un libro de recetas caníbales en el que señalaba que la carne humana tiene un sabor dulzón. No sabemos si el antropófago de Roteburgo dará más detalles culinarios al respecto. Por lo pronto trae de cabeza a los abogados, quienes se encuentran con que el canibalismo no está tipificado como delito en el código penal alemán. Incluso en la página de la BBC.com hay una encuesta en la que se le pregunta a los internautas “¿Debe permitirse el canibalismo si la víctima accede?”. Entretanto Armin Miewes sonríe como el gato orondo después de engullirse al pajarito. (Firmas Press)

La autora es periodista cubana

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