Panamá, 30 de noviembre de 2003
 
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Panamá, crisol de razas o ‘banana republic’

En el siglo XIX se consolida nuestra nacionalidad y en el siglo XX se concreta nuestro Estado Nacional

José Quintero De León
[email protected]

LA PRENSA/Geovani Hernandez

Estas tres obras, publicadas con motivo del Centenario de la República, contribuyen a ampliar nuestras ideas en torno a la formación de nuestra conciencia nacional y nuestra identidad panameña.

Luego del polémico debate sobre las tres tesis del origen de la República de Panamá (la leyenda blanca, la negra y la conciliadora), aún persisten algunas dudas sobre la identidad panameña.

Miguel Angel Sánchez, sociólogo y catedrático en la Universidad de Panamá, sostiene en su libro Panamá: estructura de clases y conciencia nacional, que en el siglo XIX se consolida nuestra nacionalidad y ya en el siglo XX se concreta nuestro Estado Nacional.

Dándole un mentís a aquellos autores que insisten en señalar que nuestra identidad tiene una reciente raigambre, Sánchez afirma que ello se gestó a través de un proceso social e histórico en el que participó un grupo numeroso de actores económicos, sociales, culturales, étnicos, políticos e ideológicos.

Define la nación como un hecho social y un producto histórico que, en cada lugar y momento, asume rasgos y características diversas. La nación se gesta históricamente con elementos culturales, ideológicos, étnicos lingüísticos, económicos y territoriales.

“Puedo afirmar que ya desde la época colonial había sectores que ya estaban en el territorio nacional y que se identificaban con la nacionalidad nuestra, ejemplo de ello, un Bayano, un Felipillo”.

Luego en el siglo XVII y XVIII, con las tradiciones mercantilistas que se daban, los grupos existentes en el istmo aportan a la estructura social y agraria un gran contenido social, político, económico y cultural. Con ello, sostiene, se consolida nuestra personalidad social.

Obviamente, en el siglo XIX, ya se pueden identificar movimientos nacionales. En su obra, Sánchez advierte que no se puede atribuir a grupo político en particular la creación de la nacionalidad, como desean hacerlo ver algunos con el partido Liberal y Conservador.

Con la construcción del ferrocarril transístmico entre 1850 y 1855, hace su aparición un movimiento obrero, no solo nacional, sino también extranjero, que se identifica con el istmo. Este también aporta al comercio y a la cultura, lo que ayuda a forjar la personalidad nacional.

Si se analizan los hechos históricos, el autor concluye en que ya en el siglo XIX nuestra identidad se va consolidando, lo que continúa en el siglo XX.

“No entro a debatir si somos o no somos nación: creo que sí somos nación, contrario a aquellos autores que peyorativamente dicen que somos un país de papelillo, una 'banana republic ', un país caricaturesco”.

Dependencia cultural

Debido a que Estados Unidos mantuvo su presencia casi 150 años en el istmo, también hay quienes sostienen que Panamá fue víctima de un proceso de aculturación intenso que influyó notablemente en la adquisición de esa identidad nacional.

Sánchez, quien se doctoró en España, pone como ejemplo este caso. España, dice, estuvo más de 500 años bajo el dominio árabe. Sin embargo, España es España y por ello sostiene que la cultura de cada país se va asentando en su propia praxis histórica.

Estima que es posible que grupos minoritarios –indios, negros, europeos, chinos, estadounidenses– hayan impuesto su cultura en un área y tiempo determinados. No obstante, afirma que la combinación de todas estas fuentes culturales que nos penetraron desde el siglo XIX, han consolidado nuestra identidad nacional y le han dado al panameño una forma de ser muy particular en términos políticos, sociales, étnicos, ideológicos.

El ser colombiano

Para el joven sociólogo Olmedo Beluche, el verdadero nacionalismo panameño surge a lo largo del siglo XX, cuando se lucha contra la presencia colonial norteamericana, tal como cita en su obra La verdadera historia de la separación de 1903, página 188.

Crítico feroz de la leyenda blanca que defienden los textos oficiales de historia y que ha deformado la verdadera esencia de los hechos, sostiene que en los pretendidos intentos de separación de 1826, 1830, 1831, 1841 y 1850, 1860 y 1862 no hubo tal nacionalismo.

La crisis de 1826, aclara, se debió a la lucha existente entre el libertador Bolívar y el prócer colombiano Santander, en la que comerciantes istmeños pedían, más que la independencia, la libertad aduanera. En 1830, hubo un intento de separación promovido por José Domingo Espinar para ofrecer una base de apoyo a Bolívar en la retoma del poder. En 1831, cuando se rebela Juan Eligio Alzuru, se debió a una maniobra de los notables para deshacerse de Espinar, que era un caudillo del arrabal y bolivarista.

El énfasis que pusieron los comerciantes istmeños en esos tres “intentos separatistas” fue: levantar los impuestos aduaneros, lo que constituía la reivindicación central y no la constitución de una “nación panameña”. A partir de 1834, cuando se establece el librecambio, cesan las reclamaciones de estos comerciantes.

Reafirmando su tesis de que los istmeños no reclamábamos una nación independiente, Beluche precisa que en 1840, cuando se crea el Estado Soberano del Istmo, por el héroe nacional Tomás Herrera, el acta de 1840 establece una independencia provisional hasta que se restaure la unidad estatal desarticulada por la guerra civil del Estado de Nueva Granada. Herrera acepta la unidad bajo la forma de una federación.

Llama la atención sobre el hecho de que el pueblo istmeño no opusiera resistencia cuando el 31 de diciembre de 1841, el Istmo se reintegró a Colombia.

Beluche insiste. Sostiene que otro mito es interpretar federalismo con separatismo. Afirma que Justo Arosemena, en su obra El estado federal de Panamá, dice claramente que se opone a la separación del Istmo y utiliza el concepto de nación para referirse al conjunto de la federación, y no a un miembro de ésta, en este caso Panamá.

Así, en la crisis de 1860-1862, aclara que Arosemena reconoce que con la firma del Convenio de Colón, estos son los beneficios más altos que puede obtener el istmo en materia de autonomía.

Un ingrediente importante que añade Beluche es que lo que se daba era una marcada confrontación de clases sociales y no una unidad en torno a un proyecto nacional que liderizaran los comerciantes residentes en San Felipe. Sus investigaciones lo llevan a concluir que el pueblo siempre se opuso al proyecto separatista y apoyó la idea del Estado Grancolombiano, al punto de que el caudillo liberal Belisario Porras, en mayo de 1903, plantea su rechazo a la construcción del canal a costa aun de la “desmembración de nuestra patria colombiana”.

En suma, concluye que Panamá sí es una nación, pero no luchando contra Colombia, sino contra la intervención norteamericana. La esencia de la nación panameña –precisa– se construyó en las luchas populares de 1925, 1947, 1964 en las que el pueblo, con los estudiantes a la vanguardia, defendió la nación contra el colonialismo estadounidense.

En fin, nos llama a tomar conciencia para cuestionar esta concepción que nos infunden desde niños y a luchar contra la intención de imponernos un proyecto de desarrollo nacional en beneficio de las minorías de la sociedad panameña.

Aporte de las minorías

Crisol de razas es un término acuñado que trata de proyectar en nuestras mentes el proceso de fusión étnica y cultural que se ha dado con los años en el istmo.

Luego de los conquistadores españoles, que en gran medida se fundieron con los grupos nativos existentes en el territorio, los negros esclavos venidos del Africa han sido los que más se han mezclado con los mestizos y han hecho mayores aportes a nuestra cultura nacional. Esto se acentuó a principios del siglo XX con el inicio de los trabajos del Canal.

En menor escala, los chinos también han aportado y se han mezclado biológicamente, mucho más que los indostanes, árabes, hebreos y otros grupos europeos.

Pero el grupo negro lo hizo no solo en lo cultural. La obra Piel oscura Panamá, de Alberto Barrow y George Priestley, publicada con motivo del Centenario de la República, recoge interesantes puntos de vista al respecto. En su página 20, podemos leer esta amarga protesta: “hay muchos que todavía piensan que no merecemos ser parte de la nación [panameña] porque no contribuimos significativamente a la lucha por la soberanía sobre la zona del Canal”.

Acto seguido sostiene: “Para aquellos que piensan que los panameños de origen antillano nunca participaron en las luchas nacionalistas y que, en consecuencia, deben tener una deuda de gratitud por haber sido aceptados como parte de la nación, les recordamos que los antillanos participaron en importantes luchas laborales en los albores del siglo XX, un hecho que no tiene parangón con otros sectores de la clase obrera de la época”.

Ambos autores se refieren a esa participación en las luchas obreras de 1905 en el Hospital Santo Tomás; en las bananeras de Bocas del Toro; de la Liga Inquilinaria de 1925 y 1930, y afirman que sus descendientes jugaron un papel importante en las sucesivas luchas para recuperar la soberanía nacional en los últimos 30 años.

Barrow y Priestley plantean que los reclamos de los antillanos y sus descendientes a ser ciudadanos panameños plenos [que no de segunda clase] descansa en el trabajo que realizaron como constructores del Canal de Panamá, contribuyendo así con la modernización del país a través de su sudor, sangre y lágrimas. Ambos admiten que si bien Panamá no es solo un Canal, hay que aceptar que la construcción de la vía acuática influyó notablemente en la vida del Panamá republicano.

Además, no es cierto que los descendientes de los trabajadores afroantillanos no se interesaran en participar en las luchas sociales y nacionalistas que fueron consolidando la conciencia nacional. Prueba es que en 1947, el Local 713 de trabajadores de la Zona del Canal apoyó la lucha contra el tratado de bases, lo que les valió la extinción de la organización y la expulsión de sus líderes internacionales, acusados de ser comunistas.

Se cuestiona la conciencia nacional del sector afroantillano panameño en la década del 50, dado que se dio una fuerte emigración a Estados Unidos. Barrow y Priestley explican el fenómeno como el resultado de la búsqueda de mejores oportunidades sociales y económicas, y no por no compartir el ideal de nación.

Posteriormente, en la década del 70, los negros panameños se identifican con la lucha nacionalista y brindan su apoyo al liderazgo de Omar Torrijos para lograr un tratado canalero que devuelva la soberanía a Panamá.

Los gringos

Para la historiadora y también catedrática universitaria Josefina Zurita, la abrogación del Tratado de 1977 no canceló esa dependencia que tienen los panameños de la imagen de Estados Unidos. Sostiene que ellos, como gran nación, se encargan de abolir sus tratados, pero no rompen su alianza permanente que les da derecho a la penetración cultural, dado que en sus relaciones diplomáticas siempre conjugan la política, la economía y lo cultural.

Esto lo validan con la exportación de su cultura a través de Hollywood, el deporte, la música y otros aspectos que no canceló el tratado.

Es más, observa que los panameños que viven en las áreas revertidas [un área que se planteó debía dársele el mayor uso colectivo posible] ahora una elite, los “nuevos zonians”, son quienes validan el enclave cultural que dejó la ex zona.

Esto –concluye– se debe a que nosotros no creamos un proyecto que integrara esas áreas para tener un concepto de territorio único.


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