Panamá, 26 de noviembre de 2003
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Otro Panamá es posible

Una nueva Constitución no bastará. Es prioritario el combate a la corrupción, sobre el cual se construirán los cimientos de una nueva ética y una nueva moral

Magela Cabrera Arias

Según he leído, el tratamiento de choque es utilizado en un trance extremo, cuando ya casi se ha perdido toda esperanza de recuperación del enfermo. Así interpreto lo ocurrido recientemente y que, amargamente, coincidió con la conmemoración de los 100 años de vida republicana. La gravedad de los hechos me desborda: el desplome del Arco Chato de la Iglesia de Santo Domingo –con la consiguiente pérdida irreparable de un elemento histórico-arquitectónico testigo de la invaluable herencia colectiva panameña; las peligrosas y repetidas inundaciones ocurridas en la ciudad de Panamá –con los extensos costos económicos para los miles de afectados; y, la triste muerte de un espectador deportivo quemado por fuegos artificiales.

Todos estos sucesos tienen un factor común: la desidia, el descuido, la ausencia de ética y compromiso. Lo terrible es que todos esos hechos pudieron ser evitados con un mínimo sentido de responsabilidad de la actual y de pasadas administraciones, así como de los empresarios implicados. No obstante, solo ha habido demagogia, encubrimiento, trato bochornoso y actuación deshonesta de individuos que insisten en el “juega vivo” y en las actuaciones incivilizadas. Al escuchar las declaraciones de algunos involucrados con esos hechos, solo puedo decir, al igual que Jean Paul Sartre, “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”.

Y, por si nos hubiese faltado una descarga eléctrica adicional para reaccionar, con estupor escuchamos las gravísimas acusaciones sobre supuesta corrupción que han implicado a los dos mayores partidos políticos del país, y a importantes funcionarios del presente y del pasado. Pareciera que, como otros muchos aspectos en la actualidad, la corrupción se ha globalizado y sus feas manchas salpican a muchos, ante la perplejidad de los ciudadanos que observamos cómo quedan impunes los culpables y, en otros casos, pagan justos por pecadores, y al final, nos quedamos sin certeza de la verdad.

Es terrible constatar cómo el modelo reinante privatiza la riqueza y socializa la pobreza, privatiza las ganancias y socializa las quiebras fraudulentas y las pérdidas, ver cómo el patrimonio nacional es saqueado sin respetar el bien público. Un siglo de vida como república nos ha legado enseñanzas y lecciones fundamentales. Si ya cumplimos 100 años, ¿no es tiempo de ponernos los pantalones largos; tiempo de recordar, reflexionar y actuar en consecuencia?

La clase política se han vuelto tolerante a la corrupción. Los partidos están deteriorándose aceleradamente, y ello se evidencia en las reiteradas divisiones causadas por conflictos entre caudillos; el abandono de sus más conspicuas figuras; y su desaparición del escenario político como resultado de una crisis de legitimidad. Además, es innegable que muchos colectivos políticos han perdido definición ideológica –algunos jamás la tuvieron– y ya solo se les reconoce un carácter estrictamente electoral.

El desprestigio de la clase política y la desesperación de los panameños ante la extensión y gravedad de la crisis económica, social y ética por la que atraviesa el país, se refleja en los resultados de una encuesta reciente (La Prensa 18/11 /2003), en la que un significativo porcentaje de panameños (71.3%) apoya ya sea reformas constitucionales o la convocatoria a una Asamblea Constituyente –ésta indudablemente es la mejor decisión. Eso significa que “El poder público solo emana del pueblo”, y exige elaborar un nuevo marco legal que posibilite reconstruir el aparato institucional. Ello nos permitirá enderezar los entuertos y ponerle un freno a aquellos que se niegan a actuar con honestidad, trasparencia, solidaridad y responsabilidad.

Ciertamente con una nueva Constitución no bastará. Es prioritario el combate a la corrupción para construir los cimientos de una nueva ética y una nueva moral. Esta no es una situación coyuntural ni local. Atravesamos una encrucijada civilizatoria: el predominio de una ética del utilitarismo individualista y de prácticas económicas y políticas divorciadas de las normas y los valores; o, la edificación de una nueva ética de responsabilidad individual y colectiva comprometida con las presentes y futuras generaciones, basada en el diálogo, la honestidad y el respeto.

Los partidos políticos deberían analizar la situación con objetividad y aprender las lecciones, hasta alcanzar la serenidad que los aleje del inmediato oportunismo electoral y que les permita contribuir a detener la crisis que padece el país. Es frustrante ver de cerca el cinismo del poder, ver el triunfo inmediato del abuso del poder; duele mirar de frente la corrupción, y sin evasivas llamar a los corruptos por nombre propio. Es doloroso, pero es necesario.

También duele reconocer que este mal es responsabilidad de todos, particularmente cuando callamos. Sería aún mejor que esa reflexión sosegada se extendiera a la sociedad en su conjunto (sector privado, obreros, académicos, etc.) de forma tal que podamos huir de las interpretaciones simplistas del momento para escribir la nueva Constitución. De la reflexión aprenderíamos mucho, pues tal como dijese Juan Donoso Cortés, político e historiador del siglo XVIII, “En lo pasado está la historia de lo futuro”.

Y sin embargo, otro Panamá es posible. Es posible desde una nueva ética y una nueva moral de solidaridad, honradez y responsabilidad. Es posible a partir de una ética de diálogo, de tolerancia, de saberes y culturas. Es posible si los medios y los comunicadores construyen autonomía y ofrecen una información veraz, completa, transparente y comprometida con la ética y la justicia. Es posible si sumamos la voluntad política de las instituciones democráticas; es posible con la voluntad de la Corte Suprema y la Asamblea Legislativa que son el termómetro de la moralidad pública. Otro Panamá es posible con la movilización ciudadana y la voluntad de todos.

La autora es arquitecta

Además en opinión

Constituyente... ¿para qué? (IV): Juan David Morgan
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Otro Panamá es posible: Magela Cabrera Arias
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