En y después de la celebración del centenario
Nuestra única arma es nuestra dignidad. Esta no es de destrucción masiva, pero tiene mucha potencia. Cuando la utilizamos en el siglo que acaba de terminar, fue nuestro mejor activo
Edsel A. Wong S.
ewomsam@ayayai.com
Al fin pasaron las celebraciones del centenario de nuestra República. El pueblo celebró este máximo acontecimiento participando de las usuales actividades y viendo las paradas en las que destacaron nuestros estudiantes. Sin embargo, nuestra celebración fue tranquila, callada, y la sentimos en nuestros corazones. Las puerilidades de quiénes participaban en las tarimas oficiales y si recibían emolumentos o no, cedieron al respeto y al amor espiritual y moral de nuestra nación.
En este ambiente fue imposible remarcar debidamente algunos hechos y afirmaciones que merecen un comentario serio: El secretario de Estado Colin Powell se dio el lujo de declarar que el tema del saneamiento de nuestras tierras contaminadas por los militares estadounidenses “no eran un caso cerrado” y subrayó que dicho saneamiento lo haríamos los panameños con el asesoramiento y apoyo financiero de EU. La verdad es que Panamá debe llevar este caso, que es responsabilidad de EU, ante todos los foros internacionales y tratar de captar el respaldo de cuanta organización ecologista exista.
Mucho más curiosas fueron las declaraciones de Powell en el sentido de que la invasión a Panamá justifica la de Irak. Powell mezcló naranjas con huevos con el mayor desparpajo. En Panamá surgió una narcodictadura por culpa de la politiquería local que posteriormente fue respaldada y amamantada por conveniencias geopolíticas del coloso. Aquí no hubo ni hay, en realidad, ningún “líder poderoso” que odie a EU, como es tal vez el caso de Sadam Husein.
Las similitudes en estos casos se reducen principalmente a que EU invadió Panamá y causó centenares de muertos panameños porque le convenía, también, y alegando que el preso de Miami le había declarado la guerra. En Irak, la razón fue la existencia de armas de destrucción en masa, lo cual no se ha probado todavía. En Irak está por ver qué tipo de gobierno surgirá de los escombros causados por la máquina bélica de la única superpotencia, la cual fue probada, en cierto grado, en Panamá.
No obstante, aquí vivimos una politiquería y un enorme poco importa por las masas desposeídas. Esto se debe principalmente a la corrupción de un sistema politiquero desprestigiado, impuesto por las clases dominantes vernaculares, que están aterrorizadas por la posibilidad de que se convoque a una constituyente que podría y debería resultar en un borrón y cuenta nueva, esto es, en el fin de gobiernos que solo tengan objetivos mezquinos evidentes por la demagogia, el nepotismo, el amiguismo y el clientelismo, que parecen ser cosa de nunca acabar.
En plena campaña política, la corrupción y la demagogia campean en nuestra centenaria República. Se publican encuestas completamente contrapuestas que son el hazmerreír de todos los ciudadanos. Algunas de ellas gozan de relativa credibilidad, debido a que dan la apariencia de consistencia.
La constituyente avalada por la quinta papeleta tiene que venir. Deberá excluir a todos los que han hecho de nuestra democracia una charada, una farsa. Sus objetivos deben ser especificados previamente para asegurarnos de que no será instrumento de una vulgar asonada más. Es decir, deberá propiciar la participación paralela de la sociedad civil y de un alto porcentaje de jóvenes que no se unan al desastre de la corrupción rampante que lacera el alma misma de la patria.
A la par, no debemos descuidar nuestras relaciones con la única superpotencia que hoy existe, la cual no sabemos si está en su apogeo o en el inicio de su decaimiento. Nuestra única arma es nuestra dignidad. Esta no es de destrucción masiva, pero tiene mucha potencia. Cuando la utilizamos en el siglo que acaba de terminar, fue nuestro mejor activo. Lástima que muchos seudodirigentes no se dieron cuenta de su poder. Hagamos uso moral y material de esta nuestra única arma, con toda moralidad, inteligencia y sin odios, pero con todo el amor por nuestra tierra bendita. Viva Panamá. Feliz centenario, panameños de buena voluntad. Panamá es inmortal.
El autor es jubilado del Canal
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