Panamá, 22 de noviembre de 2003
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Entre lobos y el diálogo

La seguridad de las sociedades no descansa en las metralletas, descansa en el espíritu desarmado, en el corazón humanizado y en políticas de convivencia

Carlos Iván Zúñiga Guardia

En el mundo los hechos que impactan, por dolorosos, se vienen acumulando de tal manera que no dan tiempo para agotar el examen de uno solo de ellos. La conducta humana se ha tornado tan cruel que los acontecimientos que quedan sin examen han producido, en su momento, una ligera sorpresa. Es decir, la humanidad como que se viene habituando al terror y lo que ayer producía una conmoción terrible, una sorpresa angustiosa o el motivo de un reproche a la barbarie, hoy conmueve el espíritu en pequeñas gravitaciones de solidaridad. Es que las sociedades cuando se saturan de maldades se tornan frías o apáticas ante el dolor ajeno.

Lo triste es que las grandes sectas universales en pugna vienen perfeccionando sus métodos desguazadores y su filosofía guerrerista. Ni la agresión objetiva, cierta, palpable, es lo que mueve la réplica ni los objetivos letales son específicos. Ahora Estados Unidos, Inglaterra y España han inventado la guerra preventiva. El terrorismo globalizado, por su parte, no acomete únicamente contra sus adversarios capitales tan presumiblemente singularizados.

La guerra preventiva es una especie de legítima defensa subjetiva. Es aquella en que una persona cree ser víctima de una probable agresión y en realidad no lo es. Por eso la legítima defensa subjetiva lleva generalmente a los más estúpidos o fatídicos errores. En el caso en estudio, los aliados occidentales (Washington, Londres, Madrid) justifican su agresión a Iraq alegando que ellos podrían ser agredidos con armas de destrucción masiva. La agresión hipotética, cobijada en la mente de las presuntas víctimas, nunca se dio porque no existían las armas devastadoras, pero la “legítima defensa” preventiva, por error de apreciación o por simple apetencia petrolera, dio origen a la agresión más inhumana que registran los últimos tiempos, llevándose de calle, igualmente, el orden legal internacional. Es lo que ocurre cuando la esquizofrenia se apodera de los políticos en el manejo de los asuntos exteriores.

A su vez, el terrorismo “globalizado” como lo califica Bush, tiene víctimas globalizadas, víctimas inocentes que nada tienen que ver con los intereses en guerra. De pronto un coche bomba hace añicos una o dos sinagogas y mezquitas, y mata decenas de musulmanes o judíos consagrados a sus oraciones. Otra agresión ataca una romería de ecuatorianos que querían acercarse a los lugares santos. De pronto el terrorismo de Estado, el más dañoso por premeditativo y eficiente, arrasa barrios enteros. Y sin afán de dramatizar me sacudo totalmente, observando a muchas personas entre ellas niños, mujeres y ancianos de Colombia, de Estambul o del Oriente Medio como víctimas del terrible holocausto que estremece sus vidas.

El mundo ha perdido su seguridad y solo quienes desafían los riesgos son capaces de transitar por los sitios estratégicos de la guerra preventiva o del terrorismo globalizado que ha encontrado su objetivo en la rosa de los vientos.

Este estilo, que define el mundo en que vivimos de agresiones preventivas y de terrorismo sin ojos selectivos, no podrá perdurar porque la seguridad de las sociedades no descansa en las metralletas, descansa en el espíritu desarmado, en el corazón humanizado y en políticas consensuadas de convivencia. El ejemplo lo dio o lo padeció hace pocos años, como víctima, el presidente egipcio Sadat. En medio de su ejército, de súbito un soldado disparó y lo mató. ¿Dónde estaba la seguridad? Ayer llegó Bush a Londres. La capital del antiguo imperio “se blinda” para recibirlo. Más de 300 policías secretos llegan a Londres. 40 carros blindados lo acompañan. 14 mil policías británicos le cuidan los pasos. La ciudad es un Támesis de ojos y un Misisipi de pólvora y de municiones. La reina Isabel siente que su huésped puede dormir tranquilo. Pero de pronto descubren que hace un par de meses, un camarero contratado, un camarero que deambulaba como Pedro por su casa por las recámaras, comedores y pasillos del palacio real, era un periodista en una operación encubierta, montada, propia de Hollywood, que estaba allí para descubrir los secretos del reino. Y ¿qué hubiera ocurrido si el tal camarero-periodista hubiera sido un terrorista globalizado?

¡No! La seguridad del mundo no la encontramos en la pomposidad imperial ni en la espectacularidad pretoriana de los líderes ni en la agresión preventiva ni en la infamia terrorista. Ella surge, vive e impera cuando sepultemos a Hobbes, quien dijera que el hombre es el lobo del hombre. Y a Hobbes se le desterrará del universo cuando el hombre logre entender las virtudes del respeto al derecho ajeno y la grandeza del diálogo como factor fundamental del entendimiento.

El mundo no puede continuar conmoviéndose con el drama que genera la guerra preventiva y el terrorismo. Si la guerra preventiva encuentra en su poderío militar la garantía de su perdurabilidad y el fundamento de un cesarismo universal, en el terrorismo la mística del apego a su tierra y sus riquezas o la concepción de la gloria eterna como premio al sacrificio, es lo que lo hace eternamente perdurable. Es un círculo vicioso que hace no vivible la existencia, don de Dios que existe para ser gozado en la paz de la vida y no en la paz de los sepulcros.

La alternativa rueda sobre la tierra y cada cual debe escoger el camino que señale su conciencia.

El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá

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