Panamá, 17 de noviembre de 2003
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Conversaciones con un cromagnon
De mujeres condenadas a prisión perpetua

Efrain Hallax
revista@prensa.com

De la naturaleza podemos adquirir sabiduría infinita.

Sabiduría no al estilo de ecuaciones cuánticas, sino sabiduría que necesitamos para nuestro diario existir. Por ejemplo, si vemos el agua correr en un riachuelo, podemos hacer las deducciones de Herman Hess al estilo Sidherarta, o podemos sacar las nuestras y pensar que el agua de un arroyo es igual que la vida, abundante en ocasiones y escasa en otras. Podemos parodiar su intensidad y su fuerza. Podemos tranquilamente analizar que nuestras vidas, al igual que el agua, puede ser enturbiada por aquellos que no son delicados en revolver y agitar nuestra existencia, o podemos pensar que parte de nuestro diario vivir puede ser alterado, si existen otros que tratan de colocarnos represas y diques en cierta parte de nuestra existencia para controlarnos o para encaminar nuestra mente en la dirección que el controlador desea llevarnos.

De la misma manera que podemos aprender y filosofar de los elementos, podemos aprender de los animales o del cuerpo humano. Aprender especialmente de la maravillosa y fantástica creación de Dios.

He viajado innumerables veces a países árabes y musulmanes, así como he vivido en países cristianos latinoamericanos, y desgraciadamente he sentido como la religión y la sociedad se aprovechan del pecado “del placer femenino”. Justificamos el miedo que sentimos, e intelectualizamos el terror que le tenemos al conocimiento milenario guardado por las mujeres. Un secreto cuya llave es escondida en bajeles de azucena, y solo puede ser abierto con una palabra llamada placer.

Hoy quiero conversar acerca del miedo que tenemos los hombres de enamorarnos de una mujer sexualmente libre (y que conste que no hablo de una mujer sin moral sexual). Quiero hablar acerca de cómo ese miedo se ha introducido en la religión para hacerlo ley, en vez de buscar la raíz del conflicto en nuestra genética animal, y ver si tenemos las tripas de pagar el precio emocional, en vez de matar a la infiel.

Matar es fácil, buscar la sabiduría del por qué hacemos leyes que escondan nuestro miedo, es un poquito más jodido.

Desde nuestra creación hemos tomado a la mujer y le hemos alargado las faldas, le hemos puesto cinturones de castidad, le hemos puesto velos, capuchas, las hemos separado y segregado, hemos construido monasterios y millones de reglas religiosas y sociales para explicar el pecado original y así tener una coartada que justifique nuestro miedo. “¿Miedo a qué? Es la respuesta”?

Mirando al agua aprendo, mirando a los animales crezco, pero también observando al cuerpo humano puedo aprender aquello que ya debíamos haber aprendido hace miles de años. La pregunta que me hago es ¿cómo es posible que las religiones y parte de la sociedad puritana , critiquen y condenen tanto, si nuestro propio Dios creó a la mujer con lugares, puntos y vértices en su cuerpo exclusivamente para el placer?

No hablo de aparatos digestivos que implican sistemas, o de sistemas cardiovasculares complejos, hablo de que la mujer fue creada con puntos y comas exclusivamente fabricados para producir placer. Nadie más en la tierra cuenta con las extras de fábrica con los que la carrocería femenina fue ensamblada; nadie. Un diseño único y maravilloso capaz de producir placer con el solo roce de un suspiro.

Creo que la envidia y el temor fueron y son tan grandes que no fuimos capaces de que nuestras mujeres entendiesen nuestras inseguridades y nuestra vulnerabilidad; sino que utilizamos a la religión (una vez que la fuerza falló) para hacer nuestro trabajo sucio. Prisiones, apedreamientos, sanciones, expulsiones, castración etc.; todo con tal de suprimir el placer de una mujer.

Yo, al igual que tú, no quiero compartir sexualmente a la mujer con la cual estoy involucrado emocionalmente, pero prefiero mis lágrimas y mis miedos a tener a la mujer que amo prisionera de una sociedad, o a tenerla esclava de cualquier religión, que la acuse de un crimen llamado placer.

Un crimen delicado y bello, el cual aun sin ti y aun sin mí, es cometido por toda mujer de este planeta con tan solo tocar un botón...


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