Con corazón verde
No defiendo la naturaleza para fastidiar a la presidenta; ha sido mi posición desde que el corazón se me tiñó de color verde naturaleza
Berna D. Calvit
bdcalvit@sinfo.net
No voy a escribir sobre un dolor de barriga ministerial elevado casi a estado de emergencia nacional; tampoco sobre los empujones del ministro Escalona al alcalde Navarro el 3 de noviembre, ni sobre el pesar de ver el Arco Chato vuelto trizas. Empero, es menester comentar las declaraciones del secretario de Estado de EU, Colin Powell, sobre la corrupción; en entrevista que la periodista Noli le hiciera, dijo Powell que las declaraciones de la embajadora Watt contaban con su bendición y que “no era un discurso en el que ella estaba haciendo acusaciones. Era un discurso en el que ella estaba hablando con amigos. Estaba diciendo a nuestros buenos amigos, los panameños, especialmente a los dirigentes del Gobierno panameño, que la corrupción es un problema en este país y debe ser atendido.
No para satisfacer a Estados Unidos, sino por la necesidad
de asegurarse de que todo el mundo, de que todos los panameños vean que este es un lugar honesto para hacer negocios. Así que nosotros apoyamos lo que dijo la embajadora y es un asunto que traté con la presidenta de Panamá esta mañana. No seríamos amigos de los panameños si no fuéramos honestos sobre lo que vemos y lo que nosotros creemos que deberían estarle prestando atención”. Más claro ni el canto del gallo. Arias, ministro de Relaciones Exteriores, escogió “hacerse el sueco” ante la claridad de las palabras de Powell y ¡colmo de colmos! le pidió que se la muestre; bien sabe Arias que un funcionario de tan alta jerarquía no abriría la boca para hacer tal afirmación sin tener cómo sustentarla. Más le vale no pisarle la cola al gato porque el reto puede costarle caro. Pero más grave es que un ministro de Relaciones Exteriores caiga en la torpeza de pedir intervención tal (o cualquiera otra) a un funcionario extranjero. Como decimos por acá, ¡qué concha!
Saltando a lo ecológico, palabra fea para algunos, diré que hay gente de mollera dura que no ha entendido que destruir los recursos de la naturaleza empobrece la calidad de vida de los humanos. O lo saben, pero importan más el bolsillo y el beneficio propio y el de los amiganchos. Cuando niña, en Antón mi pueblo adoptivo, los muchachos se divertían cazando o matando cuanto animalito se ponía a tiro; atrapar peces volándoles dinamita no nos parecía una atrocidad; tampoco las “quemas” que cada verano lamían con lenguas de fuego los llanos. Ignorantes, contribuíamos a la degradación de los recursos naturales porque no teníamos conciencia ecológica. Eramos depredadores y no lo sabíamos. Los daños contra la naturaleza en todo el mundo han llegado a ser tan graves, que hay miles de organizaciones dedicadas a proteger los recursos naturales y a hacernos entender que nuestra propia supervivencia depende, en gran medida, de la convivencia armoniosa y respetuosa con la naturaleza.
El empecinamiento de Moscoso (con cafetales y propiedades
en Boquete) en llevar adelante la construcción de la carretera Boquete-Cerro Punta, despierta suspicacias y es así, le guste o no. Según la presidenta, las ONG nos pagan por protestar en Cerro Punta (o en la (t)rampa de la Avenida Balboa) y yo le contesto, como el poeta: “te equivocas, fresco y fragante capullo”. El 8 de marzo pasado, en respuesta a varios mensajes sobre este asunto, envié un correo electrónico al grupo Salvemos (Parque Nacional Volcán Barú) con la propuesta de viajar en nuestros autos en grupos de 4 ó 5 personas dispuestas a acampar en el área en turnos durante las 24 horas del día. Estaba (y estoy) dispuesta a hacerlo, sin ánimo heroico pero con convicción, y preparada para sufrir los “daños colaterales” propios de la edad, que valen la pena si de salvar este santuario se trata.
Por respeto y amor hacia madre Natura evito todo lo que pueda hacerle daño y me declaro enemiga del consumismo, otra de las prácticas que nos convierte en insaciables devoradores de los bienes de la Tierra. Alguien dijo que la vida se completaba al escribir un libro, sembrar un árbol y tener un hijo (supongo que podrían ser varios de las tres cosas); porque tengo el corazón color verde naturaleza, para los niños de mi país escribí el libro Lagartín el dormilón y otros cuentos, “de sólido compromiso ecológico”, según Daniel Domínguez (suplemento Ellas 5/11/02); publicado inicialmente en 1996, la edición fue destinada a las bibliotecas públicas e hice una segunda edición en el 2002. Como ven, no defiendo la naturaleza para fastidiar a la presidenta; ha sido mi posición desde que el corazón se me tiñó de color verde naturaleza porque entendí que yo también era responsable por la salud del planeta; cuando leí, entre otros, el libro Los artífices del derroche, que me abrió los ojos a lo que significa dejarme atrapar por el derroche.
A la presidenta, al ministro Quirós (MOP) y a otros ciudadanos les haría bien leer este tipo de literatura y tal vez, ¡quién sabe!, hasta les ablandaría el corazón lo que dicen los animalitos en los cuentos de Lagartín, víctimas de quienes no vacilan en sacrificar un bien natural por intereses egoístas.
Ignorar las objeciones a este proyecto es contravenir compromisos con la UNESCO de salvaguardar la Reserva Mundial de la Biosfera La Amistad que comparten Panamá y Costa Rica; es ignorar que es Sitio de Patrimonio Mundial de la Humanidad. Me sumo a los que le solicitan a la presidenta desistir de este ecoicidio; se lo pido en nombre de Lagartín y sus amigos del bosque, de los ríos, y de todos los que pagarían las consecuencias. Si lo hace, prometo no volver a mencionar el escandaloso helicóptero HP-1430 hundido a balazos.
La autora es comunicadora social
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