Rubén, con los pies pegados al suelo
A estas alturas de su vida de estrella, no olvida lo arduo que es el ascenso; expresa la sensatez de quienes saben que a mayor altura, peor es el golpe de caída
Danilo Toro Lozano
Rubén Blades vino a cantar, y esta vez ofreció su mejor concierto: formalizó el proceso con el que busca restaurar su relación con aquel amplio sector que lo vio como la mejor opción presidencial para las elecciones de 1994; comenzó con el acto de humildad de pedir disculpas, por lo que él mismo denominó “sus errores pasados”; dejó salir la espontaneidad y la sinceridad que normalmente esconden los políticos, y que él entrega sin esfuerzo; reconoció la grandeza de otros personajes que considera merecedores de aplausos; habló claro sobre sus compromisos laborales presentes y sus expectativas dentro y fuera de Panamá; cuando no ignoró a sus detractores, se refirió a ellos con respeto. Es decir, ha hecho todo lo que normalmente no suele hacer la mayoría de los que aspiran a un cargo en el sector público. Dejó de lado el guión de proteccionismo y utilitarismo que, una vez tras otra, practican numerosos actores del escenario político, sobre todo cuando están a la caza de votantes.
Como se dice en Panamá, Blades transmite la sensación de estar “claro” sobre qué y cómo debe hacer las cosas. A estas alturas de su vida de estrella, no olvida lo arduo que es el ascenso; expresa la sensatez de quienes saben que a mayor altura, peor es el golpe de caída; conoce muy bien el efecto hipnótico de los aplausos y las luces, y manifiesta respeto y temor por la exigencia de un público que mientras más recibe, más exige, y que al final, siempre pedirá “otra”.
De seguir así, está en vías de reconstruir el vínculo político que había establecido con una generación de votantes que apostó a su mensaje y a su estilo. A partir de este logro, no solo estará en condiciones de aportar su talento personal a la propuesta electoral del PRD, también podría estar en la capacidad de entregarle votos, uno de los factores que ayudan a explicar la movilidad en el escenario político.
Con ello Blades se juega, de antemano, el nuevo capital de credibilidad que logre levantar, activo supremamente preciado, por lo escaso que resulta en la sociedad política.
Quienes confunden la cautela con el pesimismo no distinguirán que, en este cuadro, las advertencias y las oportunidades son dos caras de la misma moneda. Ello se hace más comprensible cuando se alcanza cierto grado de madurez, dicho de otra forma, cuando queda la menor cantidad de prejuicios, la suficiente autonomía de criterios y la mayor tolerancia posible.
Un Rubén Blades con estas facultades, podrá cantar una canción que erizará más aún a los panameños y panameñas que Patria. Se trata de un canto de sincera identificación que les haga sentir que están incluidos en un proyecto. Por fortuna y por virtud, para este compromiso, él da muestras de cumplir con el primer requisito: tener los pies pegados al suelo.
El autor es analista
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