La señal
El estruendo de la caída del Arco Chato es una señal, un aviso con el que podemos despertar de nuestra autocomplacencia
Roberto L. Sánchez-Vallarino
Con el título de este escrito no pretendo adentrarme en una interpretación esotérica o pesimista de nuestra realidad socio-cultural. Pero pareciera inevitable ver lo tristemente acontecido a un símbolo de nuestra herencia arquitectónica, el Arco Chato, como un augurio, quizá desde lo más alto, sobre lo que anda mal con nuestra cultura.
Es justo saber valorar los esfuerzos que en las áreas de restauración/recuperación de monumentos y sitios históricos se han realizado en nuestro país en las últimas décadas. Un paseo por el Casco Viejo (declarado Patrimonio de la Humanidad) nos revela numerosos casos de excelentes esfuerzos tanto en la puesta en valor de inmuebles deteriorados para nuevos usos, como por supuesto monumentos arquitectónicos recuperados, ya sean plazas, iglesias o casas.
La mies es mucha y pocas las manos; sin embargo, esta situación característica de nuestras naciones con limitados recursos especializados, no debe hacernos indolentes o confiados, que pudiera ser un diagnóstico preliminar a lo sucedido con esta significativa estructura.
Me atrevo a preguntar: ¿creen Uds. que a los italianos se les va a caer la Torre de Pisa? Por supuesto que no, si lo pueden evitar; se han utilizado compensaciones desde que recién iniciadas (siglo XII), las bases comenzaron a ceder irregularmente y hoy siguen trabajando con las técnicas más avanzadas. Guardemos las proporciones, antes de que se diga con doblez “pero nosotros no somos europeos”. Claro que no pero, ¿y? ¿Acaso no se pudo tener un control de mediciones periódicas? No se requiere de equipo sofisticado ni de personal numeroso para llevarlas a cabo y es una forma de detectar cambios que hagan peligrar la estabilidad estructural de un monumento. En particular, por la fragilidad de equilibrio inherente a un arco segmentado horizontal (flat arch, en inglés), es decir con dos segmentos curvos en los extremos y uno plano central, de allí su nombre de arco chato.
Justamente esta era la condición de la que más de una vez nos ufanamos los panameños, hasta para lograr que nos ayudara a inclinar la balanza en nuestro favor para la construcción del Canal. Al repasar una postal conocida, vemos otro elemento: plantas creciendo en la parte superior, causantes de daños, y elocuente testigo de desidia que nos dice también que lo dejamos a la intemperie por tanto tiempo; ahora, ¿de qué nos vamos a quejar?
¿De qué señal hablo? Oigan, estamos en el centenario de nuestra separación de Colombia, ha habido tanta alegría popular unida a la pompa y circunstancia, que nos pudimos haber abstraído de nuestra situación, a veces un poco cruda. No es que me incluya dentro de los escépticos, todo lo contrario, comparto muy profundamente tan nobles sentimientos patrióticos.
Pero no bastan los sentimientos; los próceres nos demostraron que lo que sigue es la acción. El estruendo de la caída del Arco Chato es una señal, un aviso con el que podemos despertar de nuestra autocomplacencia.
Toca ahora su reconstrucción, ¡manos a la obra!
El autor es arquitecto, profesor de la Facultad de Arquitectura en la Universidad de Panamá
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