
Notas sobre el general Esteban Huertas
A los ocho años se enrola en el Batallón 10 de Soacha como ayudante de rancho y aguatero, luego le dan la alta como soldado, de allí, a los nueve años, se le asciende a Tambor Mayor
Jorge Kam Ríos
Al conmemorarse nuestro primer Centenario de la República, quise desempolvar una lectura que realicé de la obra Memorias y bosquejos biográficos del General Esteban Huertas, segunda edición, con una interesantísima presentación de Diógenes de la Rosa y que se publicó gracias a la “iniciativa del doctor Temístocles Díaz como un reconocimiento a la acción patriótica de su bisabuelo el general Domingo Díaz”.
En ella, Huertas deja por escrito su evolución como militar, su participación en los eventos del 3 de noviembre de 1903 y trozos de su vida desde Umbita (departamento de Boyacá) hasta sus últimos días como prócer panameño.
De estas memorias se puede resumir la hoja militar de Esteban Huertas de la siguiente manera:
A los ocho años se enrola en el Batallón 10 de Soacha como ayudante de rancho y aguatero, luego le dan la alta como soldado; de allí, a los nueve años, se le asciende a tambor mayor; a los 12 se le nombra cabo primero y pasa a las filas del Batallón Valencey; al terminar el año de 1890 era sargento 2°.
Cuando apenas cumplía 14 años, en 1890, llegó a Panamá como sargento 2°, tambor mayor instructor de la Banda de Cornetas. Al correr 1894 ostenta el grado de sargento 1° del Batallón Valencey N°12; un año después, en su ascendente carrera militar, se le eleva al rango de subteniente en la Cuarta Compañía del Batallón Colombia N°14, acantonado en el Istmo. Seis meses pasarían para que se le comunicara que era ayudante de la Comandancia militar de Panamá, ahora como teniente. Para 1897, es sargento mayor. En noviembre de 1899 es promovido a capitán; en 1900, a teniente coronel y en 1902, a general, tenía 26 años.
No quiero quitarle ni usurparle al lector su oportunidad de saborear, en la intimidad con el autor, esa parte de la vida del general vinculada a su vida dedicada a Panamá y a su familia y a su relación con los liberales del país; quiero permitirle, al que lea esta obra, que arme y dibuje, en su imaginación, ese cuadro biográfico y ese transitar de Huertas por nuestro Panamá. Tampoco quise adentrarme en el entorno novembrino, porque la literatura es abundante y se puede pecar de redundante.
Pero, debo confesar que con la lectura me pasó un poco lo de Diógenes de La Rosa, me quedó claro que “Huertas –dice Diógenes– cortó la asociación a Colombia y franqueó el paso a la república civil que edificaron hombres enterados de muchas cosas en el orden de las ideas” .
Pero, igualmente, no puedo ocultar mi aprehensión cuando leo y estudio sobre temas que giran alrededor de los militares, sobre todo cuando estos son acerca del militarismo o participación de los militares en política.
Recordemos que a lo largo de la construcción de la identidad nacional panameña (que se incuba en fechas muy tempranas y que logra su mayor sedimentación en el siglo XIX), la presencia de uniformados parece ir de la mano con la acción de los civiles. Por ejemplo, José de Fábrega y los independentistas del 28 de noviembre, José María Carreño, quién, como hombre de Bolívar en Panamá, intervino en los asuntos internos del departamento del Istmo; y otros ilustres, como José Domingo Espinar, Juan Eligio Alzuru, Tomás Herrera, Buenaventura Correoso, Belisario Porras, Victoriano Lorenzo, para citar, ligeramente, a algunos de esa centuria.
Pero el siglo XX nos trae la separación y en él también nacemos con un ejército y una policía provincial.
No pasa mucho y se elimina el ejército, por temores e intrigas, por presiones partidistas y norteamericanas y se crea un cuerpo de policía que tenía la función de velar por la seguridad del país y que no debía intervenir en asuntos políticos, pero la historia fue otra.
La policía, pese a estar desorganizada y falta de disciplina, se mantiene, en principio, en ese margen de no actuar en asuntos civiles. Pero después del golpe civil del 2 de enero de 1931, encabezado por el movimiento de Acción Comunal, del anuncio de la política del buen vecino y de la eliminación del Artículo 136 de la Constitución de 1904, que permitía la intervención norteamericana en Panamá, el papel de la policía nacional cambia y comienza a definir su rol político en el escenario nacional: no solo es un cuerpo uniformado es, también, un árbitro en las diferencias de los partidos políticos.
¿Cómo evolucionó la comandancia de la Policía Nacional hasta la creación de la Guardia Nacional, de las Fuerzas de Defensa y nuevamente a Policía Nacional?
De 1903 (la separación) a 1931 (golpe de Acción Comunal), la Policía Nacional tuvo nueve jefes, de los cuales siete fueron comandantes; uno, general y otro, coronel. En orden cronológico fueron: comandante José F. Arango (1903-1905), general Leonidas Pretelt (1905-1908), comandante Julio Quijano (1911-1912), comandante Rodolfo Estripeaut (1914-1917), comandante Santiago Anguizola (1917-1918), comandante Rafael N. Ayala (1918-1919), comandante Alberto R. Lamb (1919-1927), coronel Ricardo Arango J. (1924-1931) y el comandante Homero Ayala P. (1931-1932).
De 1932 a 1933, el entonces comandante del Cuerpo de Bomberos, Juan Antonio Guizado, es nombrado Comandante interino de la policía y, de allí en adelante, se va delineando la intervención de los uniformados en la vida socio-política de Panamá.
Luego, Harmodio Arias nombra a su cuñado Aurelio Guardia V. comandante de la fuerza pública (1933-1935), el cual es reemplazado por el coronel Manuel Pino Raphael (1935-1940), quien da estructura, organización, formación y sentido de cuerpo a la Policía Nacional, hasta la llegada de Arnulfo Arias Madrid en 1940, quien lo destituye y nombra al periodista Julio E. Briceño I. (1940-1941) en esa posición y al coronel guatemalteco Fernando Gómez Ayau (1940-1941) como asesor policial.
Pero con el derrocamiento de Arnulfo asciende el coronel Rogelio Fábrega (1941-1945), quien es reemplazado, en 1945, por José Antonio Remón Cantera (1945-1951), quien fuera uno de los jóvenes panameños enviados por Pino a prepararse en Venezuela.
Remón le da, por motivos geopolíticos y por seguridad del Canal, una función de casi ejército a la policía, con el patrocinio norteamericano, elevándola a Guardia Nacional, una especie de para-ejército.
Al asumir la Presidencia, nombra en su lugar al general de brigada Bolívar Vallarino (1951-1968), quien mantiene el rango y su influencia en política hasta el retorno de Arnulfo Arias en octubre de 1968.
La historia de lo sucedido de 1968 hasta 1989 es lo suficientemente fresca como para ahondar y saber que es el período dorado del militarismo panameño. En su orden fueron sus comandantes: coronel Bolívar Urrutia P. (un día de 1968), coronel Aristides Hassán (1968-1969); además, Boris Martínez, general de división Omar Torrijos Herrera (1969-1981), coronel Florencio Flores A. (1981-1982), general de brigada Rubén Darío Paredes (1982-1983) y el general de las Fuerzas de Defensa Manuel Antonio Noriega (1983-1989), quien durante su período hizo renacer el ejército panameño, hasta el 20 de diciembre de 1989. De 1990 a la fecha, volvemos a un cuerpo parecido al de 1904, una Policía Nacional que se hace cargo del orden público y saca sus manos de la cosa política.
Pero Huertas es de una estirpe militar diferente a la que podríamos conocer. Es un militar pundonoroso.
La obra, en definitiva, es panegírica y en ella queda clara la participación de Esteban Huertas, desde su perspectiva, en los eventos de noviembre de 1903 y el tipo de militar que era, pero, a pesar de que él lo dice, la historia patria lo menciona tímidamente entre sus próceres.
Por ejemplo, Sosa y Arce, en su
Compendio de historia de Panamá
, historia oficial de los panameños, dicen de Huertas que por tener un futuro incierto “se decidió por la causa del Istmo...”.
Las Memorias y bosquejos biográficos del general Esteban Huertas
aclara por qué abrazó la causa panameña.
Historiadores más recientes sostienen que a partir de 1904 se trasladó a su finca en Natá y abandonó la acción política, después de su fallido intento de golpe de Estado contra Amador Guerrero. La obra también aclara lo de este pretendido golpe.
Eduardo Lemaitre, escritor colombiano, quien al referirse a los panameños siempre lo hizo en tono sarcástico, tiene una mejor concepción de Huertas. Entre las cosas que opina dice:
“Huertas era el producto humano de un cuartel...”.
Huertas, cuando le tocó desempeñar su histórico papel en la separación de Panamá, se hallaba en el vigor de su juventud...”.
La carrera militar de Huertas fue intachable hasta los sucesos de 1903. Antes, la opinión pública general en toda Colombia lo tuvo por soldado eficiente y hombre bravo.
Creo que Lemaitre nos da la pista: “se necesita mucho valor para decir no a la patria que nos ve nacer y crecer... se tiene que ser realmente hombre, en el sentido ecuménico de la palabra, para saber en que lado está la verdad y la razón”.
El relato de Huertas pone en su justa dimensión no solo su participación, sino la de muchos panameños de principios del siglo XX.
Estoy seguro de que tarde o temprano los panameños tendríamos una patria Panamá, pero sin la participación de Esteban Huertas, el coraje de los Díaz y del pueblo de extramuro (sin restarle valor a los próceres), no tendríamos un suelo soberano de los panameños el 3 de noviembre de 1903.
Huertas, realmente, debe ser rescatado para la historia de los panameños. De allí el mérito de la obra: esclarecer las dudas y los temores de quienes mencionan su nombre con reservas, nombre que se quiere asociar únicamente a la detención de los generales colombianos... Hay más tela que cortar en esta
Memoria...
sobre la participación ciudadana de Huertas, por eso no me extraña que Julio César Aizprúa afirmara de él que su coraje superaba su estatura... ¿Quién le hará justicia a Huertas?
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