Panamá, 8 de noviembre de 2003
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Los compromisos de la nueva centuria

El centenario ha servido para formular votos de fe en las fuerzas democráticas como artífices de una política nacional respetuosa de los derechos humanos

Carlos Iván Zúñiga Guardia

Este año los actos conmemorativos del aniversario patrio han tenido repercusiones saludables. Han servido para ensayar algunas respuestas necesarias o para ratificar viejas posiciones nacionalistas. El pueblo ha sido un protagonista fundamental porque puso de sí en la conmemoración lo que posee de ponderación, de buen juicio y de patriotismo. En muy pocas ocasiones he visto tanto pueblo en las calles de la ciudad capital, fenómeno que se advirtió en toda la extensión geográfica, habitada, del país. El pueblo participó con espléndido orgullo en las celebraciones del centenario de la República.

Si los detractores de la independencia, por considerarla impuesta, expresan que antes de 1903 el pueblo panameño marchaba en las efemérides con el orgullo de ser colombiano, hoy marcha con el orgullo de ser panameño. La diferencia merece una reflexión.

Algunos críticos de nuestra identidad han expresado que la República nació sin que entre los istmeños existiera noción o sentimiento de patria. Antes de 1903, dicen, los panameños se sentían colombianos. “Cuando los revolucionarios armaron la independencia, Wall Street recurrió en apoyo de ella e inventó una nueva nación”. Es absurdo, antihistórico y ridículo el dislate de los creadores de esta fantasía. Si el panameño se sentía colombiano: ¿por qué los istmeños-colombianos de 1903, al surgir la República, no se tomaron las calles del país en señal de protesta por el desmembramiento que sufrió su amada patria? Al menos, como reacción popular la historia cuenta que el general Domingo Díaz encabezó una multitudinaria manifestación de apoyo a la separación y con rapidez, mediante consulta popular, fue elegida nacionalmente la Asamblea Nacional constituyente que aprobó la primera Constitución panameña del siglo XX. El mismo apoyo multitudinario a la independencia lo dieron los chiricanos el 30 de noviembre de 1903 al tomar posesión el gobernador de la provincia, designado por el nuevo gobierno.

En este centenario se han ratificado, igualmente, los principios nacionalistas. En esta fecha clásica por excelencia, la salutación patriótica ha sido desbordante y de un perfil cívico ejemplar. En la noche del 2 de noviembre la emoción llegó a niveles impresionantes y las lágrimas eran parte del rostro del pueblo. En mi carácter de abanderado del centenario, gracias al honor que me concedió la presidenta de la República, puedo dar fe de que el amor a la patria panameña era inocultable. El día 3 de noviembre cesaron las diferencias. Al paso, con la bandera en alto, no hubo un solo grito destemplado, solo hubo un tributo espiritual a la enseña patria que distingue y simboliza la identidad soberana del panameño.

El espíritu nacionalista del panameño es tan naturalmente propio, que durante los días patrios algunos medios de comunicación –atraídos por una especie de masoquismo civil– dieron cabida a los testimonios de algunos colombianos rencorosos y ofensivos que respondían al vano intento de empañar los festejos patrios. Felizmente, el presidente de Colombia y el editorialista de El Espectador abundaron en conceptos de extraordinario afecto a la República centenaria, manteniendo así un clima de cordial fraternidad, como debe ser.

El centenario ha servido, igualmente, para formular votos de fe en las fuerzas democráticas como artífices de una política nacional respetuosa de los derechos humanos. Al recibir de manos de la presidenta Moscoso la bandera de mi patria, expresé mi esperanza que en el próximo centenario “la bandera tenga por pedestal el corazón de un pueblo libre, democrático y civilista” y con un gobierno, como el actual, que garantice esas singularidades políticas. Traducido este deseo a las realidades presentes, anhelo para el 2103 un país sin presos políticos, sin desterrados políticos, sin muertos políticos y sin fosas comunes. Esta esperanza tan contraria a las aberraciones políticas estrenadas durante la dictadura militar y que tuvieron su ocaso con el advenimiento de la democracia en 1989, a fuer de honrados, también debe merecer una reflexión.

Una vez concluidos los festejos del centenario el panameño debe volver a sus faenas habituales, pero con un espíritu más comprometido con tareas que vigoricen y afinen su personalidad política. Me refiero, en primer lugar, al aporte que debe dar en bien del fortalecimiento del sistema democrático. Si las luchas de todas las generaciones del primer centenario estaban dirigidas al logro del perfeccionamiento de la independencia nacional, las luchas de las generaciones del segundo centenario deben estar vinculadas a la consolidación de un sistema democrático cada día más efectivo y funcional. Esta tarea obliga a cada panameño a proyectarse en la vida con mayor seriedad y probidad, sin afinidades con el deleite perpetuo de la juerga o de la vida disipada que tanto abunda en el medio. Se trata de una misión en defensa de la identidad nacional. También de defensa de la riqueza del panameño, de modo que el capital extranjero cumpla su papel en beneficio del desarrollo, pero compartiendo las mieles del capital y de sus utilidades con los proyectos sociales que exige con urgencia el pueblo panameño.

El nuevo centenario ofrece misiones tan complejas como las enfrentadas en el pasado. Advertirlo a tiempo es la responsabilidad indeclinable de los panameños que responden a los mandamientos ancestrales, lúcidos y heroicos de un Tomás Herrera, de un Justo Arosemena o de un mártir como León A. Soto.

El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá

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