Nuestra patria ajena
Luis F. De León Reyna
luis.deleonreyna@mail.mcgill.ca
Es doloroso ver cómo las esperanzas de nuestros pueblos pobres y desamparados son aniquiladas día tras día, gracias a la ejecución desalmada de las actuales corrientes neoliberales que no son más que extensiones tentaculares de quienes pretenden adueñarse del mundo de todos. En la implementación de estas políticas, óbice de los derechos, de la verdadera libertad y autodeterminación de los pueblos, todo está permitido y todo se basa no precisamente en la igualdad de derechos, sino en el dominio y la explotación de los pueblos a través de la sangrienta lucha de mercados que constituye, más bien, una forma moderna de antropofagia, canibalismo del siglo XXI.
Panamá es parte esencial de la regla; aquí todo está enmascarado baja la obscura excusa de un “modelo de desarrollo” antiprogresista y deformado que más bien se torna en pobreza y despojo. Un “desarrollo” que clama consignas ambivalentes y sesgadas: La apertura de mercados que se transforma en un embudo por medio del cual nuestros mercados, víctimas de la competencia desleal, ingieren la invasión de productos extranjeros y baratos que en muchos casos representan las sobras de los países ricos. Productos bendecidos con el sello de la bestia, representado en las marcas de las poderosas transnacionales que dominan los mercados, y que en sus galeones acorazados de subsidios, altos impuestos y “normas de control de calidad” castigan a mansalva nuestros productos nacionales. Nuestras sandías, por dar un ejemplo, ya han sido sentenciadas por el alza de impuestos en los mercados de Estados Unidos.
Se habla de un turismo que se torna en proyectos de fronteras impenetrables, abiertas exclusivamente al gozo y al disfrute de alcurnias definidas o a los viajeros acaudalados de los reinos prohibidos del capitalismo, a quienes están deparadas las exquisiteces de nuestros paisajes y recursos; en tanto que a la vera de las cercas, algunos niños nativos intentan vender sus collares de semillas y cobrar unas monedas a través de las mallas de los alambrados. Un turismo sin escrúpulos que basado en decisiones amañadas, invade nuestros bosques, costas e islas, y cuyos frutos no serán más que el reacomodo del grupo minoritario de siempre, el holocausto ambiental y la relegación de nuestra población nativa. Una falsa generación de empleos, con la que se pretende escudar un sinnúmero de obras dudosas y cuestionables como el famoso CEMIS o la rampa que se construye en nuestra bahía, aun en contra del querer y el bienestar ciudadano; obras cuyos beneficios y ganancias se sectorizan o simplemente retornan al César. Y qué decir de la inestabilidad que se le ofrece a un gran número de empleados estatales, fieles servidores de la hipnosis quinquenal del péndulo de la política y de su futuro sin seguridad social ni jubilación.
Entiendo que no puede haber nación ni patria, ni mucho menos soberanía, cuando nuestro país es subastado a pedazos entre mercaderes internacionales, apoyados por la incansable labor de los cancerberos del sueño capitalista ajeno que, amparados tras las cortinas de nuestro oficialismo (la Asamblea Legislativa, los ministerios, o bien, las asociaciones de empresarios y políticos), se han tomado el derecho de decidir de manera absoluta e inconsulta los destinos del botín nacional: el INTEL, el IRHE, nuestros puertos, isla Coiba, Bahía Honda, un pedazo de la bahía de Panamá, y así sucesivamente nuestra “tacita de oro” desaparece repartida entre los desalmados mercaderes. De seguro Urracá y Victoriano Lorenzo se retuercen en sus tumbas ante tan sacrílega repartición. Hoy nos jactamos en decir que celebramos 100 años de soberanía, pero cabe cuestionarse qué clase de soberanía hemos alcanzado, cuando la mayoría de los ciudadanos de este país yace esclavo de la miseria, de la falta de empleo, de la violencia en las calles, de las constantes injusticias económicas y sociales, y de la corrupción (hoy la más estable y segura profesión pública en nuestro país). Necesitamos un Panamá realmente nuestro, cuyo rumbo no sea decidido por sectores de banderas e ideologías, sino por la suma de las mentes y de los corazones de quienes forjan el territorio entero. No dejemos a nuestra patria languidecer en manos ajenas...nunca más.
El autor es estudiante de biología
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