Callejón sin salida
En la cuestión del Seguro Social no se ve ninguna luz al final del túnel, ni razón alguna para sentirse optimista
Adolfo Ahumada
La principal característica de la situación actual de la Caja de Seguro Social es el encrespamiento. El encono preside las acciones y los protagonistas principales se encuentran a años luz de distancia. No veo la más mínima coincidencia conceptual y por eso las posiciones ahora mismo son irreconciliables. Todos los esfuerzos de acercamiento real, más allá de lo puramente protocolario, han resultado en un rotundo fracaso. El problema es tan grave que requiere mucha imaginación y creatividad. Desde luego, es imprescindible que el Gobierno nacional, principal responsable de la marcha de la administración pública, explique cómo ve el asunto, qué perspectivas vislumbra, qué alternativas tiene entre las manos.
El asunto hay que atenderlo con un enfoque de lo general hacia lo particular. De lo contrario, ninguna discusión será fructífera y todos los intentos de acercamiento serán inútiles. No hay que evadir el análisis de la concepción en que se funda la existencia y el funcionamiento de la institución de seguridad social. Esta existe por la aplicación de un sistema obligatorio de cuotas, basado en un porcentaje fijo. La variante, en todo caso, es el monto de cada salario. Los beneficios se derivan de las posibilidades universales de toda la recaudación, con independencia del monto que se aporta. Como el sistema se nutre del flujo constante de cuotas, deben esperarse estremecimientos sobre todo cuando en la economía no hay crecimiento del empleo, lo cual se agrava cuando, como ocurre actualmente, el desempleo no tiene forma de detenerse. La base filosófica, en el sentido de que hay una carga que se impone al que aporta más para financiar las prestaciones del que aporta menos, no tiene por qué variarse y mucho menos destruirse, pero el altibajo en los ingresos no se puede desconocer, y allí es donde tiene que entrar la imaginación y la inteligencia. El vendaval que sufre el sistema actualmente no es el producto de ninguna mentalidad diabólica, sino de su carácter corporativo. ¿Qué quiere decir corporativo? Sencillamente, que no depende del financiamiento del Estado central, de todo el país, sino de un sector, el que está trabajando, el que es productivo, el de los trabajadores y de los empleadores. No es privado, pero tampoco enteramente estatal. Se encuentra en el medio del espectro social, casi como una cooperativa, aunque gigante. El IFARHU también se basa en este principio corporativo. La complejidad del sistema estriba en que el número de actores baja o sube, según el comportamiento de toda la economía. Ellos deciden, pero hay factores que no pueden controlar. Este es el primer punto que debe discutirse: si las partes están de acuerdo en mantener el sistema corporativo o cooperativo. Si no hay discrepancia de fondo, entonces se verán los otros aspectos del problema. Por ejemplo, entiendo que Panamá es uno de los pocos países en los cuales la presidencia de la junta directiva de la institución de seguridad social no recae en el Ministerio de Trabajo. Por mucho tiempo, esta condición la tuvieron los ministros de Salud, lo cual indica que, en la visión general, se enfatizan las prestaciones médicas por encima de las pensiones.
Por otro lado, la cuestión ha introducido variantes en el mapa político-social. Los activistas más destacados del movimiento gremial panameño han ido ganando espacio en las simpatías del resto de la población. Muchos ciudadanos no participan en manifestaciones callejeras y menos si estas conllevan enfrentamientos con la fuerza pública, pero sienten que este movimiento, de algún modo, los representa. El enfrentamiento ha llegado a tan altos niveles, además, porque el Seguro Social es una especie de emblema o de símbolo en la consideración de los obreros organizados y esta circunstancia no es nueva, sino que es el producto de una acumulación que viene desde el resurgimiento del sector sindical en la década del 70, a raíz de la promulgación de la nueva legislación laboral. Si no se reconoce que hay una acción sindical revitalizada alrededor de este problema, se pueden cometer errores infantiles, como el de producir destituciones en la Caja de Seguro Social, lo cual echaría más leña al fuego y enrarecería mucho más el ambiente. Claro que no está en juego el poder, ni mucho menos, pero el predominio de la emoción parece presagiar nuevas tormentas. No se ve ninguna luz al final del túnel, ni razón alguna para sentirse optimista. Hasta el sol de hoy, esa es la realidad.
El autor es abogado
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