
Violencia reforma la vida de israelíes
y palestinos
Algunas carreteras antiguas han sido bloqueadas, dificultando la travesía mucho más, y la entrada a Jerusalén se vuelve imposible cuando Israel recibe informes de inteligencia sobre un posible ataque palestino
Greg Myre
JERUSALEN. -Es así como tres años de violencia han cambiado esta ciudad, y a la gente que vive y trabaja aquí: en una de las entradas a la amurallada Antigua Ciudad, en la cúspide del Año Nuevo judío, un rabino de 56 años de edad, Abraham Waldinger, tenía un rifle colgando de su hombro mientras trabajaba como voluntario con la policía israelí, ayudando a revisar carnés de identidad de palestinos.
“Este conflicto nos fortaleció”, aseguró Waldinger, quien dejó su vida como abogado en Denver para venir a la Antigua Ciudad hace dos meses. “Nos convenció de venir aquí y contribuir con la protección del pueblo de Israel”.
Tanto israelíes como palestinos dicen que han tratado de resistirse a una alteración de sus vidas, pero se les han impuesto cambios. Un ejecutivo de la construcción, palestino, construyó en fecha reciente un tramo de carretera entre Jerusalén y su poblado natal, Ramallah, aunque no puede transitarla sin permiso de Israel.
El ejecutivo Nasief Abu Shusheh, de 51 años, mantiene tanto a conductores como automóviles en ambos extremos de un retén para acelerar su recorrido, pero eso no es ninguna garantía de que logrará pasar a través de los soldados ubicados en medio. “Siempre nos sentimos paralizados”, dijo Shusheh.
El rabino Ephraim Shore, padre judío de siete hijos, afirma que ya no camina por barrios palestinos para ir a visitar a amigos judíos. El director de un centro educativo, el Fondo de Jerusalén para Aish HaTorah, Shore describió otra serie de constricciones. “Hay fronteras invisibles que ya no se cruzan”, dijo.
“Cuando subes al autobús, examinas a todos antes de ocupar un asiento”, prosiguió. “En los restaurantes, uno se pregunta, ¿será más seguro tomar un lugar adentro o afuera? Sabes que no deseas sentarte junto a una ventana. Tratamos de no volvernos locos, pero siempre te descubres haciendo todo tipo de cálculos”.
La violencia ha matado aproximadamente a 2 mil palestinos y 800 israelíes desde el 29 de septiembre del 2000, cuando una confrontación entre palestinos y la policía israelí se tornó letal, iniciando una nueva oleada de conflicto a causa de esta ciudad que, por siglos, ha sido un campo de batalla para judíos, musulmanes y cristianos.
Apenas unos cuantos años atrás, integrantes de todas las religiones podían caminar por las calles de esta ancestral ciudad y visitar algunos de los santuarios religiosos de mayor importancia en el mundo, sin temor a ser objeto de atentados suicidas o de una sofocante presencia del aparato de seguridad.
Shusheh hablaba a medida que se preparaba para negociar en el congestionado retén Kalandia, que efectivamente separa a Jerusalén de Ramallah, las oficinas centrales de los políticos palestinos en la Ribera Occidental. Antes de que comenzaran los enfrentamientos, los conductores podían efectuar el recorrido entre las ciudades en apenas 15 minutos. Era difícil precisar dónde terminaba Jerusalén y dónde empezaba Ramallah.
Nadie podría cometer ese error actualmente. Vallas, barricadas y bloques de concreto desvían a los palestinos en largas fila.
El retén forma parte de la barrera que Israel está erigiendo a lo largo del extremo oriental de Jerusalén, diseñado como un escudo en contra de atacantes con bomba en la Ribera Occidental. Sin embargo, uno de los resultados es un obstáculo que separa a los más de 200 mil palestinos en la porción oriental de Jerusalén de los más de 2 millones de palestinos en la Ribera Occidental. Los palestinos que viven en poblados de la Ribera Occidental y comunidades justo en las afueras de Jerusalén siempre han dependido de la ciudad para conseguir empleos, escuelas, hospitales y tiendas. Algunas carreteras antiguas han sido bloqueadas, dificultando la travesía mucho más, y la entrada a Jerusalén se vuelve imposible cuando Israel recibe informes de inteligencia sobre un posible ataque palestino y cierra los retenes por horas, o incluso varios días en algunas ocasiones.
Antes de los combates más recientes, el sitio sagrado de mayor inquietud estaba abierto para todos. Conocido para judíos como el Templo del Monte y como el Noble Santuario para los musulmanes, está construido encima de las ruinas de templos judíos de épocas bíblicas. El complejo que alberga la mezquita está bajo el control cotidiano de la Waqf islámica, una de las autoridades religiosas, en tanto que Israel reclama soberanía sobre él.
En el interior de las estructuras musulmanas, el Domo dorado de la Roca, donde hombres árabes ya entrados en años se sientan en el suelo para leer el Corán, grupos de soldados israelíes con uniformes color olivo solían ir de visita como parte de su entrenamiento sobre sensibilización cultural. Nadie les dedicó más de una mirada fugaz.
Eso cambió después de que Ariel Sharon, el actual primer ministro israelí, visitó el complejo el 28 de septiembre del 2000. El día posterior a la visita de Sharon, en ese entonces un líder opositor, los palestinos crearon disturbios y la Waqf islámica empezó a obstruir las visitas de personas cuya fe no era musulmana. Las restricciones fueron relajadas hace poco, pero el asunto sigue estando muy lejos de estar resuelto.
Israel teme que podría estallar la violencia en cualquier viernes después de los rezos de mediodía y, de manera rutinaria, limita a los fieles musulmanes. El pasado viernes, la policía israelí prohibió el ingreso de todos los varones menores de 40 años de edad al complejo de la mezquita, y la concurrencia fue de aproximadamente 15 mil, casi la mitad del número habitual.
Israel afirma que las medidas son esenciales para mantener el orden en sitios tan volátiles. Sin embargo, los palestinos afirman que muchas iniciativas israelíes están más relacionadas con limitar la actividad palestina en Jerusalén.
La Cámara Arabe de Comercio e Industria en Jerusalén, la cual ha representado a empresarios desde su fundación en 1936, fue obligada a salir de la ciudad hace dos años por parte de las autoridades israelíes, quienes aseguraron que no contaba con un permiso adecuado.
“Estuvimos en Jerusalén 12 años antes de que existiera un Estado de Israel”, destacó Azzam Abu Saud, director de la cámara citada. El plan respaldo por Estados Unidos, conocido como el mapa del camino, incluye una cláusula donde se asienta que a la cámara se le debería permitir reabrir sus puertas en Jerusalén.
Pero, por el momento, el grupo se reubicó en frente del límite municipal.
“Hoy solo vemos problemas, no soluciones”, dijo Saud.
Unas cuantas personas aún se las ingenian para zanjar la brecha, como Yossi Schwartz, abogado por los derechos humanos de 58 años de edad. Durante el día trabaja casi por completo con árabes. Un caso típico podría involucrar a un palestino cuyo hogar está bajo amenaza de ser demolido porque carece de permiso. Con todo, Schwartz vive en un barrio judío y vuelve a casa a una comunidad que podría ser blanco de atacantes palestinos.
“Pertenezco a ambas comunidades”, dijo Schwartz. “Escucho historias de ambos pueblos”.
El atentado palestino más reciente, una explosión el 9 de septiembre que mató a siete personas en un café de Jerusalén, llevó malas noticias hasta Schwartz. Una de las víctimas era uno de los empleados palestinos del café, quien también era primo de uno de los colegas de Schwartz.
“Cuando ocurren cosas malas”, dijo, “termino sufriendo doblemente”.
The New York Times News Service
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