Ayer, un referente para hoy
Las circunstanciasque vive el país exigen ganarle tiempo al tiempo, para no retroceder en el camino recorrido
Flor Ortega
fortega@cableonda.net
“No se crean que la democracia ya está hecha. ¡No! Estamos en ese camino, pero todavía nos falta; cuesta”. Así se expresó con tono enérgico el cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Honduras, hace un mes acá en Panamá. ¡Y cómo cuesta! Incluso es contradictorio cuando hoy, pasados 13 años de aquellos trágicos acontecimientos de los que fue víctima el país a manos del régimen militar al mando del general Noriega y su colaboradores civiles, aún vemos una sociedad dividida que se deja sorprender por intereses ajenos al interés superior de país, dando al traste con el incipiente proceso de democratización que empieza a tomar forma después de alcanzada la libertad que nos había sido arrebata hacía ya casi 21 años.
En aquellos años, el pueblo como nunca en su vida republicana se unió de forma pacífica al movimiento cívico popular denominado Cruzada Civilista, que tuvo como norte recuperar la libertad arrebatada por los militares. Compartir este ideal no era una adhesión pasiva; había que estar dispuestos a defender el deseo de libertad con mucho sacrificio, sacrificio que para algunos representó la vida, para otros el exilio, para otros la cárcel, mientras otros eran objeto de la expropiación de sus empresas y se silenciaba a los medios de comunicación, víctimas de una continua persecución a través de subterfugios legales creados para reprimirlos ante el peligro que estos representaban para los oscuros fines del gobierno que asaltó el poder.
Vivíamos en un Estado regido por la fuerza; la fuerza de las armas. En 21 años, varias generaciones de panameños no conocieron un proceso de elecciones limpio, transparente, democrático. Muchos jóvenes habían abierto sus ojos a la vida bajo un sistema en el que la libertad como un derecho humano no era concebido en su expresión más pura y amplia; no habían conocido otra cosa que no fuera ver a los militares desarrollando un papel protagónico en la caricatura de sociedad civil que vivíamos. Cuando los pañuelos blancos quisieron acabar con el statu quo, los militares que sabían que un pueblo se puede armar con el ideal de libertad como norte, se sintieron terriblemente amenazados y actuaron como lo que eran: una jauría peligrosamente agresiva contra los civiles. Y fueron muchas las víctimas; víctimas hoy, casi olvidadas.
Pasados aquellos terribles días, los panameños respiramos aires de libertad y tal vez nos confiamos demasiado e ingenuamente pensamos que ya habíamos logrado la democracia plena. Tan fue así, que muchos de los líderes que habían conducido aquella expresión de unidad popular salieron de la escena pública, mientras otros –para nuestra decepción– se acomodaron en algunas posiciones en las que no hicieron gala de buen desempeño.
Sin entrar a analizar aquí los gobiernos que se han sucedido después del colapso de los militares en 1989, porque cada uno tendrá la capacidad de hacer su propio juicio, lo cierto es que la sociedad civil carece de instituciones y foros que responsablemente contribuyan a formar una cultura política madura tan necesaria para discernir frente a los accidentados acontecimientos que la propia democracia trae consigo y ante las opciones electorales que se presenten. Al mismo tiempo, tener la capacidad de exigir el cumplimiento de sus compromisos a quienes nos gobiernan, utilizando los recursos que la propia democracia pone a nuestra disposición, como sociedad civilizada.
La ausencia de una formación en este sentido nos ha llevado, como pueblo, a vivir la democracia de forma acomodaticia, sin reconocer el compromiso de participación activa y responsable. Conviene además, estar conscientes del riesgo que significa dejarnos llevar por la fuerza de la corriente imperante y experimentar, en consecuencia, el desencanto y la frustración cuando los hechos se empiezan a dar en contra de nuestras aspiraciones. Esto es lo que tiene a nuestros países latinoamericanos enfrascados en situaciones de desgobiernos con sus efectos nefastos para la convivencia social, así como para el logro del desarrollo de los pueblos. Cosas tan absurdas como que militares condenados por crímenes cometidos contra inocentes intenten volver al poder con el apoyo de grupos políticos y económicos; que golpistas alcancen la Presidencia, o que fascistas gocen del beneplácito de sectores que los postulan para dirigir sus países, deben ser motivo de preocupación de instituciones o asociaciones, incluso agrupaciones que tienen alguna responsabilidad frente a la sociedad.
La formación de una cultura política basada en el respeto, la tolerancia, la verdad, la justicia y la transparencia, debe ser una tarea que asuman responsablemente y con total imparcialidad: medios de comunicación, clubes cívicos, foros sociales y políticos, la iglesia, las escuelas, las universidades, las organizaciones profesionales y, prioritariamente, los políticos auténticos, no los politiqueros, que de esos ya el pueblo está cansado y decepcionado. Las circunstancias que vive el país exigen ganarle tiempo al tiempo, para no retroceder en el camino recorrido.
La autora es periodista y docente de la Universidad Católica Santa María La Antigua
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