Panamá, 17 de septiembre de 2003
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Buen comer
Restaurante Sol Azteca

Imposible hablar de Veracruz, a la orilla del mar, sin probar mariscos

Aristologa
Especial para La Prensa

revista@prensa.com

LA PRENSA/Geovanni Hernández

Sol Azteca nos ofrece la cocina de Veracruz, con algunas propuestas interesantes y otras, non troppo.

Me van a caer encima los peruanos cuando diga que la cocina mexicana es la máxima expresión de la gastronomía americana, pero ahí está el pronunciamiento, y p'atrás, ni p'a coger impulso. Son tantas las regiones de México, es tan virtuosa y fecunda su flora y tan entretejidas las técnicas e ingredientes pre y poscolombinos, que crearon, en esta superimposición de español sobre maya y azteca, una mezcla de sabores complejos y radiantes que deslumbran al conocedor y aturden al neófito.

La cocina veracruzana -pues se basa en ésta, y en particular en la del restaurante Campestre Texolo de Xico, Veracruz, cuyos chefs capacitaron al personal del que hoy nos ocupa- tiene los distintivos de disfrutar tanto de tierra como de mar, siendo su ciudad capital, Veracruz, el más antiguo e inquieto puerto de México, por lo que la propuesta intriga y complace, al menos desde el punto de vista de un crítico gastronómico que se enorgullece de la diversidad étnica de "su" ciudad.

Quise darle al restaurante un tiempo prudente para que dominaran su tema, pero creo que se me fue la mano. Para cuando llegué, ya parece que a la cocina se le había olvidado algunas de las lecciones de los chefs instructores.

Nos trajeron, de cortesía de la casa, un caldo de mariscos que a los RDT les gustó, pero que a mí me pareció insulso; de entrada pedimos los chicharrones aztecas, que prometen estar tostados, pero llegaron totalmente ahogados en salsa roja (puedes elegir roja o verde), y que aunque sabrosillos no se distinguieron mayormente. Los tacos tradicionales los pedimos de cerdo, y vinieron tres normalitos, comunes y corrientes, con sus debidos quesos, lechuguita, tomate y cebolla, y frijoles refritos. Nada que correr a contarle a mamá.

Los camarones veracruzanos fueron un cóctel de camarones cuya distinción básica yace en tener una cucharada de salsa de soja al fondo, y un par de bolas de aguacate; nuevamente sabrosillos, no más. El queso a la Vicente Fernández es un trozo de queso blanco a la plancha, cuya única distinción es que viene con julianas de nopal (cáctus) asado y cebollita dorada: excelente para quienes no deseen algo picante, totalmente autóctono mexicano gracias a la inclusión del nopal, pero ninguna ganga a B/.3.95.

La joven me recomendó las enchiladas de Techolo, que tampoco me impresionaron. La cocina saca las tortillas de maíz demasiado aceitosas y esto sustrae agrado al relleno de pollo, crema y aguacate, y la salsa Sol Azteca (con tomate) no es capaz de permear la tortilla y contrarrestar la oleosidad. Lástima.

Con los platos fuertes tuvimos experiencias mixtas. El plato insignia del estado de Veracruz es el huachinango (pargo) a la veracruzana, que cada familia, ciudad y restaurante hace a su manera, y lo más cercano al mismo que ostenta el menú es la corvina mexicana "empapelada" (léase envuelta en cartucho de aluminio) que viene con una salsa delicada de tomates frescos, cebollas, acuyo (hierbita autóctona) y mantequilla, y aunque la salsita, muy al natural y sin mucha especia, hace de ésta una elección natural para los estómagos delicados, la corvina (si es que lo era) sabía injustificablemente mariscosa. Mejor suerte corrí con el pulpo a la José Alfredo (ofrecen tres tipos de pulpo), absoluta, totalmente glorioso, picadito y sofrito con mucho, mucho chile guajillo, que es uno delgadito que casi no pica pero confiere un sabor espectacular, y cuya textura resquebradiza hace perfecto calce al pulpo chiclosito, además de contrabalancear el dulce de la salsa, melosa mas no abrumante.

Bajo el epígrafe "Especialidades veracruzanas" me alegré tantísimo al ver un chile en nogada, ya que éste es, en mi opinión, una de las más lindas expresiones del enlace entre Cortés y Monctezuma. Se trata de un chile (poblano en este caso) asado, despellejado, relleno de picadillo de carnes, a veces con frutas (como en este caso) luego rebozado y frito y finalmente, cubierto en una salsa de nueces de Castilla (almendras en este caso) y semillas de granada (ausentes en este caso), que forman un perfecto equilibrio entre dulce y salado (inexistente en este caso). En primer lugar, no se cuidaron de pelar el chile, que parecerá una tontería pero que es paso indispensable para la perfección del platillo, y en segundo, tenía tanta fruta (generalmente peras, manzanas y duraznos, pero aquí, imposible saber) que ni siquiera se sentían las especias y condimentos, y que hacen que el sabor tambalee y caiga en un vaho empalagoso. Tampoco las rajas de chile poblano me "mataron". No les sentí la cebolla (puede haber estado rallada) y el chile, nuevamente, no se asó ni se peló antes de echarlo al aceite, y quedó (horror de horrores) ¡crocante! La crema, untuosa y decadente, no logró rescatar la mala técnica (además de que, pequeña idiosincracia mía, si me hablan de rajas, espero precisamente eso: rajas o julianas, no tucos). He de decir, no obstante, que a los Reclutas de Turno les encantaron. Moraleja: si nunca las has probado éstas sirven para comenzar, ya que en el país de los ciegos, el chile crocante es rey.

Pedí también una pechuga de pollo Sarape, que el menú anuncia como una pechuga envuelta en hojas de plátano con hinojo y salsa verde. Vino media pechuguita microscópica, como de pollo desnutrido, en una salsa chocolate que podría ser el fondo de un frasco de mole, con mucho pimentón en polvo, pero que ni de verde ni de hinojo ni de los ocho dólares que cobraron por ella. Las costillitas de cerdo a la naranja estuvieron sabrosas, rehogadas en naranja con especias, pero más estilo guiso seco, en tuquitos, que un costillar de esos de mero ranchero. No obstante, sabor y textura se equilibraban y complementaban.

Todos los platos vienen con arroz verde y frijoles refritos, pero también puedes pedir puré de papas (totalmente regular).

De postre pedimos una calabaza en almíbar que, más que hervida, fue ahogada, lo que la dejó insípida y empapada; como ves, no me impresionó mucho. Un dulce de coco con cubierta de chocolate muy rico y un flan mexicano hecho con queso, que aunque sencillo, fue muy satisfactorio. Ofrecen una variedad limitada de vinos, varios tequilas (Herradura, Sauza, Cuervo), sangritas, sangría, micheladas y toritos (de maní, guanábana y coco, este último bastante sabroso) y por supuesto, margaritas. Las frozen son de mezcla prefabricada, las "en las rocas" te las hacen enfrente con Triple Sec, limón y tequila. Tienen menú para niños, la decoración es alegre y campechana y el servicio es amistoso, pero no muy versado en las especialidades de la casa. Dixit.

Calificación: **1/2
Presupuesto: $$
Dirección: Bella Vista, calle 51 núm. 28

Horario: de lunes a domingo, de 11:00 a.m. a 11:00 p.m. excepto los sábados, de 5:00 p.m. a 12: a.m.

Teléfono: 214-3910
Acceso: Varios escalones en la entrada, niveles distintos adentro.
Aceptan: VISA, Master Card, American Express y tarjeta Clave
Recomendamos: Pulpo José Alfredo ($10.25), flan mexicano ($2.50)
Relación costo-calidad: Costillitas de cerdo a la naranja ($8.25)


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