La gran mentira
Estadísticas publicadas por organismos internacionales de comprobada credibilidad, indican que la globalización no ha tenido efectos beneficiosos para las economías de los países en vías de desarrollo
Juan David Morgan
jdmor@morimor.com
Escribo estas líneas mientras en el hermoso balneario mexicano de Cancún se debate el futuro de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Un nuevo grupo, integrado hasta ahora por 21 países que lideran la India, China y Brasil, comienza a intervenir activamente en el tema más sensitivo que desde sus inicios ha incidido en el desarrollo de la OMC: el subsidio que los países industrializados otorgan a sus agricultores, subsidio que se calcula llega a la exorbitante suma de 300 billones de dólares anuales. El problema que enfrentan los países en vías de desarrollo no es solamente que sus productos agrícolas deben competir con aquellos que subvencionan los grandes países desarrollados, sino que, para acceder a los mercados de esos países, tienen que atravesar toda una maraña de barreras, aduanales y fitosanitarias, para mencionar solamente algunas, que hacen prácticamente imposible su participación en el mercado global.
Antes de la ronda de Cancún, el debate sobre los subsidios se daba, fundamentalmente, entre Estados Unidos y Europa, y estaba dirigido a convenir la manera en que se permitiría a los productos agrícolas de las regiones más ricas del mundo penetrar sus respectivos mercados. Se trataba de determinar simplemente hasta dónde llegaría la ayuda que brindan a sus muy prósperos agricultores, sin tomar para nada en cuenta las necesidades del resto de los hombres y mujeres que en los países pobres tratan de subsistir, sin ayuda de nadie, de lo que la tierra mezquinamente produce. Sin embargo, a partir de Cancún el problema agrícola adquirirá una nueva dimensión y, si no se resuelve, amenaza con dar al traste con esa maniobra de los países ricos que ha sido hasta ahora característica fundamental de la traída y llevada globalización. Porque si bien es cierto que los avances en la tecnología de las comunicaciones y el transporte han provocado una estrecha interrelación entre países y mercados, es igualmente cierto que esta globalización tan solo ha producido los efectos que interesan a las siete economías más prósperas del mundo. No hay duda de que la apertura de los mercados ha conllevado un aumento del producto interno bruto a nivel mundial, pero tampoco la hay de que ese aumento ha beneficiado, casi exclusivamente, a los países más ricos. Las últimas estadísticas publicadas por organismos internacionales de comprobada credibilidad, indican claramente que la globalización no ha tenido efectos beneficiosos para las economías de los países en vías de desarrollo.
La explicación, para el que quiera entenderla, es muy clara: en los países más pobres la agricultura sigue siendo uno de los factores básicos de la economía y ha sido precisamente ese sector primario de la economía el que, gracias a los subsidios agrícolas que otorgan los países desarrollados, ha llevado la peor parte en la muy discriminante apertura de los mercados. Si tomamos como ejemplo el caso de Panamá, observamos que, aun cuando la agricultura es responsable en un magro 10% del producto interno bruto, de ella depende el 40% de los empleos que se dan en el país. Tampoco hay que olvidar que los índices de pobreza más altos se dan precisamente entre la gente de nuestros campos. Es allí, en ese Panamá profundo, donde el Gobierno debe trabajar con mayor ahínco para acortar la alarmante distancia que cada día separa más a ricos y pobres. Se requiere de una política agropecuaria definida que a la vez que promueva el desarrollo de nuestro interior, vele por mantener a raya la competencia desleal que representan los productos agrícolas que aquí nos llegan amparados por los millonarios subsidios de los países industrializados.
Si la dinámica de las fuerzas que se agitan en la geopolítica mundial –que son muchas, muy variadas y muy poderosas– le permiten a China, la India y Brasil, países que juntos contienen casi la mitad de los habitantes del planeta, continuar presionando con éxito para poner fin a los injustos subsidios agrícolas de los países ricos, es posible que la globalización de los mercados se convierta en el futuro en una verdadera herramienta para el desarrollo de la humanidad. Pero si, como ha venido ocurriendo hasta ahora, los países industrializados hacen caso omiso de las necesidades de los más pobres y pretenden mantener sus injustos privilegios y subsidios, entonces la globalización continuará siendo lo que hasta hoy ha sido: una gran mentira.
El autor es abogado y escritor
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