Panamá, 17 de septiembre de 2003
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Cartas desde Europa

Con balas ecológicas, los cadáveres de los terroristas se pueden usar más tarde para hacer jabón

Camilo José Cela Conde

La conciencia ecológica tiene, como todo en este mundo, su cara y su cruz. Por una parte ha logrado convencernos, gracias a la calor bárbara de este verano, de que los trastornos climáticos del planeta no son el cuento del lobo que llega. Pero la vertiente buena existe. Como prueba de lo que significa una idea bien entendida del ecologismo, el diario español El Mundo publicaba hace poco la noticia de que el Departamento de Defensa estadounidense va a invertir 5 millones de dólares con la esperanza de lograr una bala ecológica. Como dice el portavoz del Pentágono, Bob DiMichele, las balas actuales, de plomo, son un peligro para la salud.

Parece un chiste: el burócrata en busca de balas verdes, de proyectiles que maten pero no contaminen. Sobre todo cuando viene de un país que tiró dos bombas atómicas sobre sendas ciudades del Japón. Pero no; se trata de una oportunidad para el pensamiento creativo. El mismo episodio, vivido hoy, plantea dilemas muy serios. ¿Cómo acabar con la mayor cantidad posible de los habitantes de un sitio cualquiera, pero sin afectar ni a los de la ciudad de al lado ni a los vecinos del año próximo? Las balas de plomo son una versión menor del mismo problema. Ya me gustaría estar presente cuando los encargados del estudio se planteen las variables a tener en cuenta y las soluciones factibles.

Imaginemos, por ejemplo, que una bala de las de ahora impacte, sin matarlo, contra un presunto terrorista ya sea afgano, iraquí, iraní, coreano o de cualquiera de los otros muchos lugares que albergan fuerzas del mal. Si el herido se muere a consecuencia de los órganos maltrechos que la bala ha destrozado, cabe considerarlo como todo un éxito. Pero si la sangre se le envenena por culpa del plomo que contiene el proyectil, entonces estamos ante una catástrofe ecológica. Menor en ese caso particular, pero catástrofe. Si se multiplica por todos los heridos en situación parecida, nos encontramos ante cifras tremendas. Qué horror, tener que curar a las víctimas del saturnismo –o lo que sea– provocado por el plomo para poder matarlas más tarde de una forma limpia y adecuada.

Hay que tener en cuenta que, después de todo, se trata del caso mejor entre la amplia variedad de los posibles: el de un enemigo de la civilización al que estamos aplicando la terapia democrática. Queda pendiente el detalle de que no debería ser enterrado con la bala dentro por el riesgo para la salud –del muerto y de los demás–; un hecho lamentable, según los patrones ecologistas del Pentágono. Incinerarlo tampoco es la salida. ¿Habría que lanzar su cadáver tal vez al espacio? ¿O extraerle la bala y depositarla, con todas las otras, en un ataúd de cemento hundido en las fosas del pacífico? Pero lo peor de todo es que el proyectil falle su objetivo, esquive también a los niños que pueda haber en el entorno del terrorista –alevines de lo mismo– y hiera a un observador de la operación de salvamento. O se ponga a contaminar el terreno en el que se levantará un campo de golf para las fuerzas de ayuda humanitaria. O en el colmo de los males, Dios no lo quiera, vaya y mate a un ave de las que están en peligro de extinción esparciendo además plomo por su nido.

Riesgos de ese estilo justifican invertir todos los millones de dólares que hagan falta para lograr las balas verdes. Se trata de un gasto sensato y, además, recuperable. Con balas ecológicas, los cadáveres de los terroristas se pueden usar más tarde para hacer jabón.

El autor es periodista y escritor

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