Panamá, 27 de agosto de 2003
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Panamá, víctima de la anarquía y la corrupción

Es necesario hacer un análisis a fondo de nuestra situación actual, a fin de revaluar con serenidad lo que debemos hacer para erradicar del país todo viso de corrupción

José A. Reyes Geenzier

Es verdaderamente lamentable que justamente cuando nos preparamos para conmemorar el centenario de la República, la comunidad en general manifieste su preocupación por el alto índice de corrupción que se observa en diferentes estamentos del Estado, así como el desgreño y la anarquía en que está sumido el país.

Al cumplir los primeros 100 años de vida independiente, deberíamos de estar en capacidad de mostrarle al mundo que somos ciudadanos de un país que ha madurado a lo largo de estos años y que estamos preparados para cumplir responsablemente con nuestro augusto destino. Que somos un país que cuenta con un gobierno cuyas ejecutorias satisfacen las necesidades de las grandes mayorías del país. Que tenemos leyes bien estructuradas que garantizan la estabilidad y el desarrollo económico, social y político de la nación. Que contamos con un sistema judicial ágil y seguro, que actúa con independencia y equidad. Que, además, este es un país donde se vela por la seguridad personal de todos los ciudadanos. Un país en el que se exige el estricto cumplimiento de las normas legales y se aplican con severidad las sanciones que corresponden a quienes las transgreden.

Lamentablemente, esta no es la imagen que proyecta nuestro país en la actualidad. Contrario a ello, vemos que hay serios problemas, tanto de orden social y cultural como de orden público, causados por las graves deficiencias en diferentes áreas de la administración del Estado, tales como la ausencia de un adecuado plan de desarrollo económico y social que permita resolver el grave problema del desempleo y combata el alto costo de la vida; la queja manifiesta de una gran mayoría de ciudadanos respecto a la indiferencia, la incapacidad y la lentitud con que se atienden las urgentes necesidades del país; la creciente ola de violencia y criminalidad que hay en las calles, y que es consecuencia directa de la falta de seguridad pública.

Por otra parte, los asegurados del país sienten gran preocupación por los serios problemas que confronta la CSS. La falta de liquidez, el escuálido rendimiento de sus inversiones, el desabastecimiento de importantes medicamentos, como el recién sonado caso de la ciclosporina, utilizado en el proceso de las hemodiálisis; la pésima planificación en el programa de Invalidez, Vejez y Muerte, el injustificado aumento en la planilla de la institución, y la sustracción y malos manejos de sus fondos han generado un alto grado de incertidumbre y desconfianza en el sistema, ya que presagia un futuro incierto y sombrío para todos los asegurados del país.

La anarquía existente en el tránsito vehicular es achacada primordialmente a la incompetencia de la Dirección Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre. Frecuentemente se producen tranques en las vías y calles de la ciudad por la ausencia de una autoridad competente que imponga el orden. Por todas partes se ve transitar vehículos destartalados que carecen de las luces reglamentarias y cuyas condiciones mecánicas son un verdadero peligro para terceros. Los conductores de buses y taxis, así como de algunos vehículos comerciales y particulares, violan constantemente las leyes del tránsito, haciendo caso omiso a las luces rojas de los semáforos; manejan y rebasan los autos por el hombro de la carretera, o sencillamente sobrepasan la doble línea amarilla. Los vehículos de transporte de carga no cumplen con las medidas de seguridad que establece el reglamento del tránsito. Como consecuencia de este desorden, el número de accidentes fatales en las calles y carreteras del país se ha incrementado de manera alarmante.

Las recién aprobadas reformas tributarias, creadas de manera obstinada e inconsulta, están afectando aún más la débil economía del pueblo panameño, que ve en tales leyes una nueva forma de incrementar los ingresos que requiere el Gobierno para mantener el alto nivel de sus gastos. Por otro lado, la comunidad se pregunta por qué se grava al pueblo panameño con más impuestos, en tanto que se exonera a un consorcio extranjero del pago de cuantiosas sumas de dinero. De igual forma, la comunidad cuestiona el costo-beneficio de los viajes que se han realizado al exterior, y cuyas comitivas han estado integradas por un número plural de asesores y funcionarios del Gobierno, sin haber pruebas fehacientes de los beneficios que obtendrá el país como resultado de estos.

El escandaloso saqueo hecho al Patrimonio Histórico de la Nación con el robo de valiosas piezas de oro del Museo del Hombre Panameño; el robo millonario perpetrado contra los fondos del Banco Nacional de Panamá; las denuncias públicas que se han hecho en razón de la falta de control del gasto público y de las amañadas concesiones y contrataciones; las irregularidades contables denunciadas en casi todas las dependencias del Estado; la inconcebible demora en tramitar los pagos a los suplidores del Gobierno; la falta de solución oportuna a los problemas que confronta la educación panameña respecto a la carencia de insumos escolares y al deterioro de las instalaciones escolares, así como la ausencia de un concienzudo y consensuado programa de modernización de la educación; la utilización indebida de los bienes, equipos y recursos del Estado, así como otros tantos casos que han sido denunciados públicamente y que no han sido debidamente aclarados ante la faz del país, son señales inequívocas del gran deterioro que hay en el manejo de la cosa pública.

Estamos ante una alarmante y creciente realidad. La sociedad panameña se encuentra sumida en la más profunda crisis de valores cívicos, éticos y morales que registra nuestra historia. Esta lamentable situación ha engendrado cambios significativos en el orden social, cultural y económico de nuestro pueblo, al punto que al individuo que desempeña el papel del “juega vivo” se le califica como una persona poseedora de gran habilidad y agudeza intelectual. Y a quienes visten y hablan de manera grosera y chabacana, se les acepta en la sociedad como seres que están in y a la moda. De igual forma, observamos con estupor que la arrogancia, la diatriba y la falacia son las armas que de manera ignominiosa esgrimen algunos en detrimento de la honra y el buen nombre de otros.

Por ello, es necesario hacer un análisis a fondo de nuestra situación actual, a fin de revaluar con serenidad lo que debemos hacer para erradicar del país todo viso de corrupción; recordando, además, que donde no hay orden no puede haber control, y que donde no hay control prospera inevitablemente la anarquía y la corrupción.

Así mismo debemos señalar que es obligación de todo buen ciudadano luchar incansablemente para que la honestidad, el orden, la lealtad, la decencia, la integridad, el altruismo, la caballerosidad, el respeto al derecho ajeno imperen en nuestro país. Solo así podremos alcanzar la plena libertad, el progreso, la equidad y la justicia social que tanto anhelamos.

Este es, indudablemente, el mejor tributo que le podemos ofrecer a la patria en ocasión del centenario.

El autor es ex presidente del Club de Leones de Panamá


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