Entre verdad y engaño
"The Panama Deception" ni siquiera tiene la virtud de la originalidad, ya que usa una fórmula copiada del documental que había ganado el Oscar el año anterior (1992)
Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com
PANAMA, R.P. -Por segunda vez en los 13 años que llevo de ser columnista de La Prensa, el martes caí en la mira de Edgar Soberón Torchia, quien criticó en términos nada gentiles el "tono visceral, desdén, y adjetivación hiperbólica" con que, según él, escribí recientemente del filme The Panama Deception (ver mi columna del 3 de agosto).
En su escrito, el señor Soberón defiende el filme y al joven Rocco Melillo hijo, un estudiante de artes cinematográficas que elogió la obra en un artículo reciente (28 de julio). Pero la primera vez que Soberón atacó un artículo mío fue en noviembre del 2000, cuando escribí que Fidel Castro es para mí una figura "repugnante". Para defender a Castro, Soberón acusó que de mi pluma "se destila un odio irracional" y que (entre otros ataques vitriólicos) "es muy fácil firmar peroratas desde la sede del Imperio...[y] es muy cómodo decir banalidades y firmar infundios y subjetivismos".
En esa ocasión, mi única respuesta al señor Soberón fue una nota privada en la que le decía que mucho había admirado sus artículos en Talingo, por lo que lamentaba que el sentimiento no fuera mutuo. Hoy, por contraste, sí voy a responder públicamente a lo que Soberón escribió el martes, porque encuentro allí una serie de incongruencias que no quiero dejar pasar. Una de las más curiosas es que Soberón me acusa en dos lugares de querer "imponer mi criterio" sobre los demás, como si fuera yo -y no su adorado Fidel Castro- quien manda al paredón a todos los que osen expresar un criterio propio. Quien admira a tiranos sangrientos, difícilmente puede acusarme a mí de "imponerle" mi criterio a nadie.
Otro reproche que Soberón me lanza es que "sin saber nada de cine" me atreva a afirmar que The Panama Deception no es documental sino propaganda. Pues en eso me acompañan los editorialistas de este diario, que en el "hoy por hoy" del 31 de marzo de 1993 aseguraron que el filme "antes de documental, es una obra de propaganda política que muestra una imagen deliberadamente distorsionada de lo que ocurrió antes, durante y después" de la invasión. Guillermo Sánchez Borbón lo tildó "un monumento a la deshonestidad" y muchos otros comentaristas han ventilado sus impresiones sin considerar que ello solo les es permitido a los expertos en artes cinematográficas como Soberón, quien ha escrito de cine para este diario.
Por otro lado, es lamentable que esos expertos omitan mencionar que, entre otras fallas, The Panama Deception ni siquiera tiene la virtud de la originalidad, ya que usa una fórmula copiada del documental que había ganado el Oscar el año anterior (1992). Su modelo fue una película llamada Deadly Deception -¿ven que ni el título es original?- que usó imágenes de racismo, enfermedad, degradación ambiental, y más para acusar a General Electric de ser una empresa criminal. Estos expertos tampoco señalan que el Oscar a The Panama Deception (en 1993) destapó una controversia en Estados Unidos sobre el proceso de selección de documentales a ser considerados para el premio. Hay quienes aseguran que Hollywood deliberadamente le da el Oscar a los "documentales" menos meritorios, para que los documentales de excelencia no sean competencia de taquilla para las producciones de los grandes estudios.
En todo caso, yo no veo cómo se puede negar que lo esencial de un supuesto "documental" es su relación con la verdad de los hechos. No necesito que nadie me diga que en las películas -como en el periodismo- casi siempre hay distintas versiones de un mismo hecho, pero el relativismo de la "verdad" no es absoluto. ¿Aceptarían ustedes como "documental" un filme que afirme que el Holocausto no ocurrió? Yo no. De igual modo, opino que un supuesto "documental" sobre Panamá que no indique que Torrijos y Noriega eran dictadores, es como un "documental" que no muestre que Hitler era antisemita.
Por eso, precisamente, es curioso que el señor Soberón ponga la película Ciudadano Kane como ejemplo de un "mosaico" de perspectivas sobre la vida un hombre, sin señalar que en la vida real ese hombre fue el magnate periodístico William Randolph Hearst. Lo crucial del asunto es que el productor de la obra, Orson Welles, jamás pretendió que su filme sobre Hearst era un "documental", así como Oliver Stone no pretendió que Nixon o JFK eran documentales.
De igual modo, si la productora de The Panama Deception quería hacer un docuficción sobre la invasión, la solución era muy sencilla. Como dice mi hermano Chale (que sí sabe algo de teatro y cine), todo lo que Barbara Trent tenía que hacer era ponerle al filme la advertencia de que "cualquier parecido con personas o eventos genuinos es pura coincidencia".
La autora es corresponsal de La Prensa
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