Derrumbe en Chiriquí, peligro anunciado
Es obvio que detrás de la terca insistencia de construir la dichosa carretera, hay intereses corruptos de políticos empeñados en acabar con un tesoro que es de todos los panameños
Rogelio Pretto
rogeliopretto@aol.com
Cuando me establecí en la región montañosa cerca del pueblo de Guadalupe, años antes de que el área fuera incorporada en lo que hoy es el PILA, entré a formar parte de la pequeña población de colonos en el hermoso bosque tropical de las afamadas tierras altas de Chiriquí. Nuestros orígenes eran tan diversos como lo eran nuestras razones por habernos radicado en la cordillera chiricana. Había, por ejemplo, los pequeños núcleos aislados de indígenas, que por la antigua presencia de su cultura en la región y su grado de pobreza eran obligados a mantener una integración armónica con la poca tierra que habitaban y que poco daño causaban al bosque.
Por otro lado, agricultores de menor pero variada escala económica forjaban su tajada del bosque en pastos de siembra poco favorecidos por el lluvioso clima típico de los Altos de Guadalupe. Estos eran la mayoría de los colonos, y su número crecía cada año, así como aumentaba el daño que ocasionaban al suelo y a los precarios ecosistemas forestales que alteraban.
Otro grupo creciente de colonos despojaba secciones de bosque para criar ganado o extraer madera, actividades que también eran impropias para la región y su clima. Así como los agricultores, estos también deforestaban la porción del bosque que ocupaban para darle paso al sol y secar el delicado suelo tropical que, por el contrario, necesita saturarse de agua.
Finalmente estaba el puñado de colonos recién llegados, como yo, que apreciamos el bosque de otra manera. Inspirados por principios ambientalistas, promovíamos los beneficios económicos y sociales que se obtienen con la preservación de su estado natural. Ante todo, reconocíamos la necesidad de salvaguardar la función clave del bosque en la producción de lluvia que alimenta el río Chiriquí Viejo, el cual a su vez abastece de agua a una gran cantidad de chiricanos.
Al poco tiempo de vivir en la región, nos dimos cuenta de que la tala indiscriminada provocada por los otros colonos amenazaba seriamente la frondosa naturaleza de las alturas de la provincia. La estabilidad de los ecosistemas forestales sufría violaciones constantes por los agricultores, ganaderos y sacadores de madera que sometían con sus letales sierras motorizadas el frágil equilibrio ecológico del bosque. Nos era claro que, de seguir así, acabarían con la riqueza singular de la foresta chiricana.
Preocupados por la incipiente catástrofe ecológica de la región que de seguro causaría esta gente, comenzamos a luchar para proteger el bosque. De nosotros, fue Carlos Alfaro quien más se expuso al fuego de los que se opusieron a nuestros esfuerzos. Irónicamente, no solo fue el gobernador de Chiriquí, sino el mismo ANCON e INRENARE quienes más le hicieron batalla. Fue una lucha enconada que aún no termina, pues ahora la amenaza al bosque es mucho mayor, debido a la obstinada persistencia del gobierno de Mireya Moscoso en construir un camino que atravesará el corazón de la región –hoy día una de las reservas forestales más valiosas de nuestra nación.
Según lo han señalado los expertos, la programada carretera Cerro Punta-Boquete contribuirá al rápido desgaste de la hermosa y nacionalmente beneficiosa naturaleza de las montañas de Chiriquí. Las consecuencias –tanto ecológicas como sociales y económicas– que tendrá la construcción del camino para los chiricanos y el resto del país han sido advertidas por personas de renombrada credibilidad. Sin embargo, el gobierno persiste en sus planes, ofreciendo justificaciones que han sido repudiadas por organizaciones ecológicas locales y extranjeras de gran prestigio.
El país entero –y el mundo– debe enterarse de la batalla que venimos librando para que este desprestigiado gobierno no acabe con uno de los más preciados recursos naturales de nuestra nación. Es obvio que detrás de la terca insistencia de construir la dichosa carretera, hay intereses corruptos de políticos empeñados en acabar con un tesoro que es de todos los panameños. Debemos, si es necesario, hacer uso de tácticas como la desobediencia civil para levantar nuestras voces de protesta con el fin de detener este imprudente propósito de la presidenta.
Mucho dependerá de la voluntad de lucha que demuestren los mismos chiricanos; y el que no conoce las consecuencias de la carretera, debe considerar lo siguiente:
Hace unos años en mi finca, en los Altos de Guadalupe, hubo un fuerte derrumbe. En un instante, un buen número de hectáreas de bosque prístino fue deforestado por el desastre natural. Poco después, una de las más severas consecuencias del daño se hizo notable. La cabecera del Chiriquí Viejo, parte del cual atraviesa por mis tierras, sufrió un cambio alarmante. Antes del derrumbe, el nutrido caudal del río, aun durante los meses de verano, nos ofrecía la oportunidad de bañarnos en una profunda y acogedora piscina natural al pie de un ruidoso chorro de agua fría cristalina. Hoy día el chorro y su piscina no son ni la sombra de lo que eran, y el abundante caudal del río es solo un recuerdo, como lo es la cantidad de lluvia que antes mantenía cargado de humedad el fecundo suelo de la región de mi finca. El derrumbe, aun habiendo desprendido solo el costado de un cerro, produjo un cambio drástico en el aspecto del río y disminuyó severamente el vigor del vital clima lluvioso del área.
Pongan atención chiricanos: un deslizamiento de tierra, aislado…y natural, alteró, por sí solo, la estabilidad ecológica de un área enorme a su alrededor, al punto que redujo al mínimo el volumen de agua en la cabecera del río más importante de la región. ¿Cual será entonces el grado del daño que les causará a ustedes la construcción del “camino ecológico” de Mireya Moscoso?
El autor es pintor y actor
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