Panamá, 20 de agosto de 2003
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El poder de un voto

El pueblo panameño ha soportado dictaduras y recesiones, matanzas e invasiones, pero es ahora que sufrimos el efecto pleno de lo ocurrido

Manuel Ferrer de la G.

La mayoría de los panameños, al participar en un acto corrupto, nos atacamos de la risa y seguimos nuestro camino, felicitándonos por nuestra capacidad de comunicación y la calma con que manejamos el soborno. “Le di dos palos na’más –alardeamos– y la boleta costaba 50”. Así celebramos, dichosos de poder representar con tanta certeza el modelo ideal del panameño juega vivo. El problema es –tristemente– que este modelo ideal es en su mayoría una reacción fatalista a la ineficiencia de nuestra burocracia gubernamental. Como el aparato gubernamental no funciona, recurrimos al soborno y a la viveza para recibir servicios que –siendo públicos– deberían estar garantizados sin costo alguno.

La situación política en Panamá es bochornosa. Punta Mala, durodólares, reglamentación de la Ley de Transparencia, Marc Harris y Mónaco, ya son palabras que hablan por sí mismas. ¿Cómo combatir la corrupción cuando nuestra presidenta afirma que el “nepotismo no es pecado” (La Prensa, abril 10, 2002), después de haber declarado la eliminación de éste como la primera recomendación de la Comisión Presidencial para Combatir la Corrupción solo unos meses atrás? ¿Cómo mejorar nuestra posición de 69 sobre 102 entre los países más corruptos del mundo según el análisis de Transparencia Internacional? El cambio empieza con una nueva actitud y las herramientas necesarias ya existen en el sistema democrático.

El pueblo panameño ha soportado dictaduras y recesiones, matanzas e invasiones, pero es ahora que sufrimos el efecto pleno de lo ocurrido. Los duros tiempos del pasado han dejado su marca en la maquinaria gubernamental. Sí, somos un país democrático –contamos con un proceso de elecciones transparentes–, pero aún no hemos desempeñado nuestro verdadero papel como ciudadanos. Hasta hoy pocos panameños creen en un cambio, aunque tengan la capacidad para provocarlo con un simple acto: el voto. Con nuestro voto podemos exigir transparencia, requerir preparación y eliminar la corrupción e impunidad en el gobierno ¡No podemos vivir más en dictaduras temporales! ¡Hay que tener fe en el cambio!

Una vez que tengamos fe en nuestra capacidad de movilizarnos como sociedad civil y que con nuestra conciencia elijamos a los representantes más capaces, empezaremos lo que es un lento y meticuloso viaje hacia una democracia –como dijo un sabio barbudo hace más de un siglo– “para el pueblo, por el pueblo”. Seremos nosotros los que, al asumir responsabilidad por el futuro, obligaremos a nuestros gobernantes a rendir cuentas por sus acciones. Con nuestro voto elegiremos a candidatos que estén en contra del favoritismo y los sobornos en las oficinas públicas, candidatos que manden con su ejemplo.

Panameño: sé tu propio ejemplo. Combate el clientelismo, que todas las libras de arroz y la cerveza gratis no cambiarán la condición de tu pueblo. Con fatalismo y resignación no surgirá nunca un gobierno del cual podamos estar orgullosos; nuestra moral será acribillada, y nos dirigirán nuestros gobernantes como cabras hacia el precipicio. Hay que actuar. Si nos dormimos ahora, ¿será demasiado tarde para despertar? Juega vivo: vota con conciencia.

El autor es licenciado en estudios latinoamericanos

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