Raíces
Un personaje que nunca se podrá olvidar
Lucho Azcárraga fue un magnífico embajador no sólo de la música panameña sino de la música de los países donde se presentó, cuyos aires también supo popularizar aún más
Harry Castro Stanziola
Foto: Todos los derechos reservados por R.
López Arias
revista@prensa.com
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Corrían los años de la década de los 30 en el siglo XX cuando muy cerca de la Playa de Bella Vista de esta ciudad se construyó lo que fue el Club Miramar. Como en este centro constantemente se organizaban reuniones -por cierto, muy concurridas- ya que ese club no tenía socios exclusivos, a él podía concurrir el que tuviera a bien, con tal que se comportase aún mejor. Quien mejor entonces que Lucho Azcárraga para que organizase junto a amigos y algunos familiares el alegre y popular conjunto que es el que aparece en "Raíces" de hoy. Algunos de sus músicos eran jóvenes zoneítas, otros como Che Quintero o Roberto Azcárraga fueron amigos o familiares, de su alegre director. Lucho tuvo varios conjuntos después. Y fue tan enorme su aceptación que fue contratado en Costa Rica, en Estados Unidos o por líneas de vapores de turismo que lo llevaron a Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, durante varios años, convirtiéndose en un magnífico embajador no sólo de la música panameña, sino de los países mencionados, cuyos aires también supo popularizar aún más. Lucho tocó en el Fuerte Bragg, en la fábrica de órganos Hammond de Chicago, ante presidentes como Dwight Eisenhower, y en muchos lugares y ante personajes importantes más. Aquí en su país fue condecorado con toda razón con las órdenes de Amador Guerrero y Vasco Nuñez de Balboa. Ernesto De La Guardia y otros presidentes nuestros siempre reconocieron y admiraron su enorme labor. En San José de Costa Rica paraba el tráfico frente a los lugares en donde solía tocar. En Estados Unidos y en las fábricas de los instrumentos que dominaba, solía colocar un mantel sobre el órgano que tocaba y así, tocando a ciegas, llenaba de entusiasmo el auditorio y lo hacía vibrar. A intérpretes extranjeros supo también sorprender, y qué decir del pueblo y de otras clases sociales que en su Panamá, debido a su pericia interpretativa, lo convirtieron en figura nacional. Y era que Lucho no sólo fue un músico, compositor e intérprete excepcional. Lo acompañaba un carácter más que jovial. Son innumerables las anécdotas que de él se pueden contar. Para algunos Carnavales se colocaba una peluca y vestimenta de mujer para tocar. Decía entonces que por ello llegaba un momento que no le gustaba, ya que al baño de las damas no lo dejaban entrar, y si accedía al de los varones lo intentaban manosear. También se burlaba de su debilidad en una de sus piernas exagerando su defecto para así ganarse el cariño de los que lo veían caminar. Pero si eran damas las que venían enfrente, caminaba más recto que nunca, para así poderlas atraer. Para bailar inventó un paso en el que rodeaba al cuerpo de su pareja con la pierna afectada provocando también admiración e hilaridad. Damos las más expresivas gracias a Frank Azcárraga por el rato tan agradable que nos hizo pasar, recordando a Lucho, su padre, y a la vez, nuestro personaje de hoy.
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El es el personaje que aparece en esta foto sentado,
a nuestra mano derecha, y detrás del que toca un violín, y el que va acaparar en este nuevo domingo nuestra atención. Se le ve la pierna derecha para mayor precisión.
De familia chiricana, todos sus hermanos habían nacido en esa región. Mas como él iba a ser diferente, aprovechó el traslado de sus progenitores a la capital para nacer aquí. Sin embargo, como lo hizo en la Calle Primera del Casco Antiguo -la que va a terminar en lo que se llamó el Cuartel de Chiriquí, o sea la Plaza de Francia y las Bóvedas de hoy- él a todo el mundo le decía que por ello él era chiricano también. Su abuelo, de nombre Francisco, había sido el alcaide de la cárcel que hubo allí.
Más tarde, pero aún muchacho, vivió en la Calle Cuarta de esa misma área, cerca de la Bahía de Panamá. Tenía entonces una panga o canoa con la cual salía a navegar. Eran muchas las frutas que de las pequeñas embarcaciones, que hasta allí llegaban, caían al mar; él las recogía y les sacaba provecho después.
Ya había sufrido la poliomielitis que le dejó como secuela una gran debilidad en su miembro inferior izquierdo, pero esto no fue obstáculo para que hiciera lo anterior, ni para que aprendiera a comprender lo que era el piano que existía en la casa de su hermana mayor, América. Mas fue María Inés Endara la que le dio las primeras clases de piano para que lo pudiera utilizar. El Club Unión quedaba por allí cerca y allí él acudía para poder practicar. Algo que muy pronto dominó, hasta el punto que ya le pagaban con morrocotas de oro por usar aquel instrumento en algunas de las fiestas de aquel exclusivo lugar.
Las morrocotas se las guardaba su abuela y él se contentaba con algún sencillo con el cual compraba helados en el negocio popular del griego Puruñoti que también quedaba por allí.
También eran tiempos en que los teatros más famosos de Panamá, tales como el Variedades, El Dorado y el Cecilia proyectaban películas, cuando aún el sonido no se había inventado.
Nuestro novel artista de hoy interpretaba desde un piano situado abajo del escenario las escenas que el numeroso público acudía a ver, y con tal convincente exactitud que lágrimas, risas, angustias o lo que fuese les hacía producir. El dólar que por película, tres veces diarias, aquel pianista recibía, ya constituía un verdadero capital.
Pronto el piano del Cecilia fue reemplazado por un órgano, y entonces era un gringo el que lo debía tocar, mas este resultó ser demasiado amigo de los tragos y con frecuencia no cumplía por estar en la cercana cantina Tiperary. Para qué decirles que la administración del teatro le entregó ese trabajo a nuestro personaje de hoy, que era de aquí, no chupaba, sí trabajaba y lo tocaba mejor.
Poco más tarde, Lucho Tapia, famoso locutor de radio de esas épocas, organizó un programa de radio basado también en música de órgano. Era a la hora de almuerzo, se transmitía desde el Jardín El Rancho por la
Radio Panamericana
, y lo oía todo el público local. Nuestro personaje no es otro que Lucho, Lui, o el cojo Azcárraga, el que con toda su genialidad continuaba su ininterrumpido camino hacia su enorme y bien ganada popularidad.
Lucho es, pues, el personaje de la saga anterior, y el que no se contentaba con poner a todo el mundo con su música a llorar, cantar o bailar, ya que poseía tan grande buen humor que con sus cuentos, frases y actuaciones arrancaba risas también.
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