Preso por vender galletas
Carlos tuvo que cambiar unas horas de clase por una noche en la cárcel
ROBERTO LOPEZ DUBOIS
rlopez@prensa.com
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LA PRENSA/ Víctor Arosemena
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Carlos Moisés Quintero Ledezma
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El estudiante Carlos Moisés Quintero Ledezma tuvo que cambiar la silla del colegio por un espacio en la fría celda N° 3 del Centro de Detención de Tinajita. La razón: vender galletas y chocolates en la farmacia del Complejo Hospitalario Metropolitano Dr. Arnulfo Arias de la Caja de Seguro Social.
Carlos, de 20 años, estudia el sexto año del bachillerato
en letras en la Nocturna Oficial. Sueña con graduarse pronto para ingresar
a la universidad y estudiar para abogado.
Dos veces por semana vende su mercancía en las inmediaciones del hospital y aprovecha cualquier descuido del personal de seguridad para mercadear sus productos dentro del edificio, lo que está prohibido por el reglamento interno de la institución.
Carlos se dedica a la buhonería para sufragar sus gastos y ayudar a su madre, Analía Ledezma, quien fue despedida del Municipio de Panamá y ahora tiene que trabajar en una casa de familia. El muchacho, su madre y otros familiares viven en el barrio de El Chorrillo.
El miércoles 13 de agosto, Carlos salió a las 8:30 de la mañana a comprar mercancía al área de la Vía España.
Cada caja de galletas tiene 30 paquetes que vende a 25 centavos, lo que le deja una ganancia de cuatro dólares con 50 centésimos. También vende chocolates: la caja cuesta cuatro dólares y trae 24 unidades. Cada chocolate lo ofrece a 50 centésimos, lo que le reporta ingresos por ocho dólares. Diariamente, Carlos lleva a su casa unos 17 dólares.
Ese día, una vez comprada la mercancía, Carlos inició su recorrido vendiendo por la calle, hasta llegar al hospital.
La jornada no había sido mala, ya que mucha gente se reunía para conversar sobre el temblor que esa madrugada sacudió a Panamá. Carlos aprovechó cada grupo para vender algo.
Como a las 11 de la mañana, cuando ya casi había salido de toda la mercancía, se le ocurrió desafiar la prohibición de ingresar a las instalaciones de la CSS. Al vocear sus productos en la farmacia que está en el segundo piso, un miembro de la seguridad le pidió que lo acompañara a la oficina.
En ese lugar fue puesto a órdenes de la policía, que lo condujo a la corregiduría de Bella Vista. Debieron esperar dos horas más, hasta que la corregidora Lourdes Guerra Duffau atendiera el caso.
Ante la autoridad
Un agente de seguridad de la CSS, de apellido Aizprúa, tomó el papel de acusador. "Me acusó de ir todos los días a vender, cuando trabajo sólo dos veces por semana. Además, tenía dos meses que no vendía porque estaba en casa de mi papá", argumentó Carlos.
"Dijo que yo le contesté con groserías y que era un liso". Otro seguridad -que no fue identificado- lo acusó de meterse en las salas donde están los pacientes. "Eso es totalmente falso", alegó. En cada entrada de las salas hay personal de seguridad y se impide el paso a extraños.
Para Carlos, no es posible que haya sido conducido a la cárcel por trabajar, cuando en este hospital se dan robos y el personal de seguridad no atrapa a los culpables. Aizprúa interrumpió y dijo que eso era mentira, que allí "nadie robaba nada".
"Yo le dije entonces que si nosotros no interrumpimos, por qué ellos sí lo hacían. La corregidora me dio el favor y nos mandó a callar". Al final la sentencia fue una multa de 15 dólares.
Carlos solo tenía 13 dólares y se lo comunicó a la secretaria judicial. La funcionaria dijo que si no tenía los 15 dólares iba preso.
Carlos propuso un abono de 13 dólares para luego pagar el resto, pero la secretaria judicial se negó.
Le dieron oportunidad para hacer una llamada. Intentó comunicarse con su hermana, pero no lo logró. Un rato después fue trasladado a Tinajita.
Carlos pasó la noche detenido en la celda N° 3 del citado centro de detención; pasó la noche en vela. El relato de Carlos impresionó a sus compañeros de celda, "quienes no pensaron que en este país apresen a las personas hasta por vender galletas".
En la mañana, los familiares de Carlos iniciaron las gestiones, pero no fue hasta las 8:35 de la mañana cuando llegó la funcionaria de recaudación, Iris Avila, para cobrar la multa.
Como a las nueve de la mañana fue expedida la boleta de libertad y, posteriormente, llevada al centro de detención, donde hubo que esperar más de tres horas para la liberación de Carlos.
Lo bueno de la noche fue que los detenidos pudieron compartir con Carlos las galletas que le quedaron. Lo malo fue haber perdido una jornada de clases durante la cual perdió un ejercicio de Lógica.
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