Panamá, 17 de agosto de 2003
 
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Una política a oscuras

La lección obvia de este apagón es que no se puede construir el mundo de mañana sobre la infraestructura de ayer

Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com

PANAMA, R.P. -Si en Panamá pensamos que los apagones son cosa de life in the tropics, siempre nos asombra descubrir que los apagones también son parte de life in the USA. La diferencia es que los apagones de allá -en el gran Coloso del norte- son mucho menos frecuentes pero mucho más catastróficos. Los estadounidenses han construido un estilo de vida que depende absolutamente de la confiabilidad de su sistema eléctrico. Cuando ese sistema les falla, las consecuencias son dramáticas.

Antes del gran apagón del jueves pasado, que afectó a unos 50 millones de personas en Canadá y el noreste de Estados Unidos, el apagón de 1965 era el único de comparable gravedad que había ocurrido en la historia de ese país. Recuerdo el hecho perfectamente, porque en 1965 yo estaba en mi primer año de universidad en Boston. Unos amigos de mis padres me habían invitado a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Boston y hacia allá nos dirigíamos en carro cuando repentinamente nos percatamos de una oscuridad inusual en la calle. Habíamos planeado cenar antes del concierto y nos sorprendió mucho cuando en el restaurante nos dijeron que no nos podrían atender porque no tenían corriente. Esa noche nos quedamos sin cena y sin concierto, pero no tuvimos problema con el tráfico o con el desorden pese a la oscuridad, la confusión y la falta de semáforos. Cuando llegué al campus de mi universidad, prevalecía un ambiente de fiesta callejera, aunque en los pasillos de mi dormitorio se veía que unas cuantas estudiantes muy serias intentaban estudiar a la luz de velas o de flashlight, mientras otras jugaban barajas. La radio reportaba que el apagón se había extendido por todo el noreste -llegando hasta Nueva York- pero eso nos parecía increíble. Demoramos varios días en comprender la magnitud del apagón que afectó a más de 30 millones de personas.

Antes del jueves pasado, yo jamás hubiera pensado que un apagón accidental de tal dimensión volvería a ocurrir en Estados Unidos. Por ello, confieso, mi primera reacción fue pensar que se trataba de un acto terrorista. Aunque no fue así, según insisten los funcionarios estadounidenses, la vulnerabilidad del sistema ha quedado a la vista de todos. Un experto le dijo al New York Times que sería "ridículamente fácil" que un ataque terrorista causara nuevos daños al sistema, por lo que el Times editorializó ayer que "La red eléctrica necesita claramente de mejor protección contra fallas catastróficas o, en la era del terrorismo, contra actos deliberados de sabotaje".

La lección obvia de este apagón es que no se puede construir el mundo de mañana sobre la infraestructura de ayer. Las deficiencias en infraestructura son menos evidentes en Estados Unidos que en Panamá -donde diariamente vivimos con las consecuencias de no haber hecho las inversiones debidas para sanear la bahía, construir alcantarillado, asegurar el suministro de agua, modernizar las redes de teléfono y electricidad, crear sistemas de transporte publico, y más-, pero el problema básico es el mismo: por razones políticas, las inversiones en infraestructura no guardan relación con el crecimiento en demanda.

En Estados Unidos, según informes del Congreso (ver www.fpc.state.gov/c6694.htm), la demanda general de energía se triplicó entre 1950 y 2000, pero la demanda de electricidad se multiplicó por 10 en el mismo periodo. Mientras esa demanda crecía, la construcción de nuevas plantas generadoras se paralizó y la construcción de nuevas redes para transmitir electricidad disminuyó. Las inversiones en infraestructura se quedaron atrás a tal punto que un analista dijo al New York Times que "el sistema eléctrico es un huérfano de la era digital".

Sin desestimar la complejidad del problema, yo agregaría que el sistema eléctrico estadounidense también es un huérfano del sistema político de EU. En los últimos años, los republicanos y los demócratas le han puesto escasa atención a la red eléctrica, mientras se peleaban por propuestas controversiales para conservar energía y extraer petróleo en Alaska. Mi opinión personal es que esto se ha agravado durante la presidencia de George W. Bush, quien pone los intereses de la industria petrolera por encima de todo lo demás.

Pero hasta Bush reconoció el jueves que este apagón fue "una llamada de alerta" y que todo el sistema tendrá que ser modernizado. Aunque nadie aprende de la experiencia ajena, esta crisis estadounidense también debiera ser "una llamada de alerta" para nosotros sobre la impostergable necesidad de invertir en infraestructura.

La autora es corresponsal en Washington

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