Panamá, 17 de agosto de 2003
 
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El sancocho político del centenario

Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net

Una de las tentaciones que más fácilmente resiste el hombre es la de reconocer los méritos ajenos. En Panamá somos por completo inmunes a esa probabilidad, y preferimos por el contrario encontrarle siempre la segunda cola al mono si de ocultar los merecimientos de los demás se trata. Las elecciones primarias que celebró el PRD la semana pasada estimuló esa creatividad a los que, por la razón que fuere, les cuesta demasiado admitir el hecho de que solo en ese colectivo se practica la democracia partidista interna.

Dirigentes de partidos cuyas convenciones se pueden realizar en un ascensor (tanto por el número de directores como por el tiempo que tarda en subir o bajar), se lamentaban de que la votación había sido algo baja. Para ello armaron unas ecuaciones en las que se mezclaban, como en sancocho, el número de candidatos, las mesas habilitadas, los inscritos y el dinero que se gastó. Algunos, por temor de aparecer tratando de ocultar lo inocultable, se protegieron con un barniz de objetividad admitiendo que había sido un buen ejercicio. Solo José Miguel Alemán tuvo la gallardía de felicitar sin postdatas al partido adversario. Todavía no logro entender cómo puede descalificarse con malabarismos numéricos una elección en la que participan, sin estar en juego el poder político ni la candidatura presidencial, más de 270 mil personas.

Algunos de los candidatos a la reelección que resultaron triunfadores no gozan de la simpatía general (tampoco de la mía). Los procesos democráticos no siempre arrojan los resultados que a uno le gustan, pero hay que aceptarlos aunque nos parezcan inconcebibles. Además, el sistema en su conjunto se encuentra tan grandemente contaminado de clientelismo que constituye una proeza derrotar a un legislador, alcalde o representante en ejercicio. Pero la única manera de medir el grado de aceptación o de popularidad que conservan es obligándolos a someterse al escrutinio de sus propios electores. Que fue precisamente lo que se hizo el domingo pasado en las elecciones primarias del PRD. Más allá de las cifras, de los hechos marginales y de las impugnaciones propias que desafortunadamente se han convertido en parte de nuestros procesos electorales, los llamados a orientar a la opinión pública en su gran mayoría optaron por ignorar el hecho de que un partido hubiera realizado el esfuerzo monumental de hacer una consulta interna para todos los puestos de elección popular, desde el presidente de la República hasta los representantes de corregimientos.

Pero la más insólita de las opiniones sobre las elecciones provino de un organismo llamado a velar porque la paz y la justicia reinen en las elecciones. Le preocupaba a su vocera que se había gastado mucho dinero y que la ciudad se había ensuciado. No le preocupó en lo absoluto que en los demás partidos no hubiera elecciones primarias -ni siquiera para presidente. La democracia, en efecto, cuesta dinero. O dicho de otra manera, resulta más barato no hacer elecciones. Para un partido político es mucho más fácil resolver el asunto de sus candidaturas en un almuerzo entre los dirigentes. La otra opción -engorrosa pero a la larga mejor- es dejar que sean los propios miembros los que decidan a quiénes quieren como candidatos. La ciudad capital, es verdad, quedó tapizada de propaganda política que, de acuerdo con la ley, debe ser removida, obligación que, según entiendo, se cumplirá hoy.

En resumidas cuentas, los que abierta o solapadamente adversan al PRD trataron, con poco éxito, de minimizar el impacto de unas elecciones primarias, a pesar de ser la únicas que van a ver en este torneo electoral. Los demás partidos completarán su oferta electoral (es el término de moda), cuando las cúpulas de los partidos -unipersonales la mayoría- así lo decidan. ¿Qué sistema es mejor: Aquel en el que todos los miembros votan aunque cueste plata y ensucie la ciudad, o aquel que no cuesta ni ensucia pero tampoco permite la participación de los militantes de base? En lo personal, me inclino por lo primero, por la razón adicional de que cuando uno va a entrar al bachillerato (la elección general), le va mejor si ha cursado con éxito la primaria que si la influencia de los padres o de los profesores (el dedo en términos políticos) lo llevaron hasta allí sin tener que presentar exámenes. Pero es solo cuestión de gustos.

El autor es abogado y ex canciller de la República

Además en opinión

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