Panamá, 17 de agosto de 2003
 
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Perspectiva: El apagón y la incertidumbre

Los problemas del ambiente, los más universales de todos, resumen como ninguno otro el potencial de riesgo incalculable al que nos enfrentamos en la contemporaneidad

Eduardo Ulibarri

En su libro Un mundo desbocado, el prolífico pensador británico Anthony Giddens, ideólogo de la "tercera vía" y del nuevo laborismo de Tony Blair, emitió una memorable sentencia: "Las naciones afrontan hoy riesgos y peligros en lugar de enemigos".

Dos años después de publicada la obra, los atentados del 11 de setiembre de 2001 desmentirían la contundencia de su afirmación: los enemigos aún existen, pueden ser muy poderosos, crueles y eficaces, y emprenderla tanto contra naciones como contra modelos de vida y civilización.

Pero solo hasta allí llega el desmentido. Porque la razón de la otra parte de su frase se hace cada vez más evidente: los riesgos y peligros generados por la modernidad pueden ser tan destructivos o más que los enemigos deliberados. Además, como también apunta Giddens, no conocemos con certeza cuál es su verdadero nivel y en muchos casos lo sabremos demasiado tarde. Todo esto alimenta una de las características más evidentes de la vida actual: la incertidumbre.

Los apagones del jueves en el nordeste de Estados Unidos y parte de Canadá se inscriben en esa realidad. Son resultado de un riesgo mal calculado que, al llegar a su clímax, pasó la factura con dramatismo de catástrofe cinematográfica.

Lo que, hasta el momento, parece haber sido una mezcla de mal planeamiento, obsolescencia, insuficiente inversión, creciente demanda, y débil monitoreo en los sistemas de transmisión eléctrica, colapsó a lo grande. No hubo -o si existieron, no fueron tomados en cuenta- efectos puntuales de corto alcance que alertaran para corregir a tiempo. Se produjo una acumulación de factores que, como en cadena, llevaron el nivel de peligrosidad a un extremo inédito: el apagón más severo y masivo en la historia estadounidense.

Como resultado, en la mente de todos aumenta el sentido de vulnerabilidad, también alimentado en los últimos años y meses por otros factores de consecuencias diversas.

Pensemos, por ejemplo, en la epidemia del SARS, amplificada en su extensión y alarma por ese instrumento tan común y necesario de la vida moderna como es la aviación.

Dolly, la famosa oveja clonada en Escocia, nos jugó una mala pasada: nació vieja y pronto murió anciana. Su mensaje, más allá de la dimensión ética de los seres vivos (en especial, los humanos) es que los riesgos de la clonación, y de la manipulación genética en general, están lejos de ser adecuadamente descifrados y medidos.

Los productos agrícolas transgénicos dan enormes esperanzas sobre la relación costo-beneficio en un campo tan vital como la alimentación, pero mantienen abiertas profundas interrogantes a futuro sobre sus efectos en quienes los consuman. Probablemente no se produzcan malas consecuencias, pero si existen y salen a la superficie, quizá ya sería demasiado tarde para quienes las sufran.

Los problemas del ambiente, los más universales de todos, resumen como ninguno otro el potencial de riesgo incalculable al que nos enfrentamos en la contemporaneidad. ¿Qué compañía de seguros, por ejemplo, estará dispuesta a vendernos una póliza contra el calentamiento global? Obviamente, ninguna, porque no pueden -y quizá nunca podrán- calcular el riesgo. Y cuando esos peligros actuales se conviertan en realidad, será imposible conjurarlos con rapidez o con acciones nacionales.

Frente a las dudas y ansiedades que generan estas realidades, una tendencia puede ser la simple "vuelta al pasado", entendida como una apuesta deliberada en contra del desarrollo. En esta tendencia se inscriben, por ejemplo, los conservacionistas dogmáticos o los grupos que rechazan el uso de cualquier agroquímico y solo aceptan la agricultura orgánica de bajo rendimiento. Olvidan, sin embargo, que muchas necesidades humanas solo se solventarán mediante el progreso y la producción y que, además, una vuelta a la "vida simple", para que sea eficaz, deberá ser impuesta y, por tanto, requeriría de poderes despóticos centralizados.

La verdadera alternativa razonable es la cooperación global frente a los problemas globales (desde el terrorismo hasta la destrucción de la capa de ozono), el diseño de claros lineamientos que orienten la investigación y desarrollo de productos y servicios en ciertos campos -especialmente salud y alimentación-, el monitoreo constante de las áreas de mayor riesgo y, como actitud, una mayor parsimonia en la velocidad del progreso: es mejor bajar el ritmo cuando se pierde la visibilidad del camino.

La que perdieron 50 millones de estadounidenses con el apagón del jueves es un excelente recordatorio: poco destructivo, pero muy dramático y, por ello, invaluable como señal de alerta. Hay que leerla adecuadamente.

El autor es periodista y ex director de La Nación de Costa Rica

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