Panamá, 17 de agosto de 2003
 
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Kaleidoskopio
Reseña
Sociales
Horóscopo
Mosaico
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
S. Espectacular
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SEPARATAS
Pulso de la Nación
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
VISITA
Defensoría del pueblo
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Con ganas de vivir

Con motivo de su próxima visita a Panamá, recordamos el drama de 72 días que vivieron Fernando Parrado y los demás sobrevivientes del accidente aéreo de Los Andes

María Mercedes de Corró
mcorro@prensa.com

Parrado y Canessa, junto al arriero chileno (al fondo) que los socorrió, 70 días después del accidente.
Me habría gustado sentarme frente a Fernando Parrado y buscar en su mirada las huellas del drama que vivió hace 30 años. Pero a Parrado no lo he visto nunca; y la imagen que tengo de él es la de un hombre barbudo, en sus veintes (la edad que tenía cuando el accidente), arropado con mantas y abrigos, que camina en medio de un paisaje desolador, sus piernas agotadas entrando y saliendo de la nieve...

El accidente

Era jueves, 12 de octubre. Atrás habían quedado las prácticas. Los integrantes del equipo de rugby al que pertenecía Fernando Parrado se encontraban abordo del Fairchild 227 de la Fuerza Aérea Uruguaya con destino a Santiago, donde disputarían un partido. El ánimo de los 40 pasajeros, entre los que se encontraban la madre y la hermana de Nando, estaba exaltado. Habían fletado el avión para ahorrar costos, y así garantizar la oportunidad de hacer el viaje.

El avión despegó del aeropuerto de Carrasco, Uruguay, a las 8:05 am. Al cabo de 3 horas de vuelo, las condiciones climáticas se complicaron. Y a las 11:30 am, el piloto se vio obligado a aterrizar en Mendoza, Argentina. Al día siguiente atravesarían la cordillera de Los Andes.

Salieron de Mendoza el viernes 13, a las 2:18 p.m. El copiloto, al comando, estaba consciente de que el avión no podía sobrevolar los cerros, sino que tendría que atravesar entre picos. El ambiente estaba tenso en la cabina. Nubes blancas bloqueaban por momentos la visibilidad; y en más de una ocasión el avión había descendido bruscamente por causa de unas bolsas de aire. De pronto, un pasajero vio la montaña a través de la ventanilla. El impacto lo sorprendió rezando.

Han pasado 30 años; si el accidente se debió o no a un mal cálculo del piloto, es irrelevante. La aeronave se estrelló contra uno de los cerros. La cola, las alas y el resto del fuselaje quedaron cada uno por su lado, en un valle de nieve y piedra. Doce personas murieron.

Parrado estaba entre los otros 32, pero estuvo inconsciente durante las primeras horas. Al reaccionar, le han de haber dolido el cuerpo y el alma. Su madre estaba entre los que habían perdido la vida.

Días después, también su hermana moriría. Para entonces, los sobrevivientes se habían organizado: unos habilitaban el avión-vivienda, secando las mantas al sol; otros derretían nieve para beber agua; mientras, los estudiantes de medicina cuidaban a los heridos.

Fue uno de ellos, Roberto Canessa, quien aproximadamente diez días después del accidente sugirió alimentarse con los cuerpos sin vida de los compañeros. El frío, el hambre y la desesperación arreciaban. Y, a través de una radio portátil, se habían enterado de que la búsqueda había sido suspendida.

La iniciativa de Canessa les dio una tregua; pero la naturaleza no se condolió. El 29 de octubre, a las 6:00 p.m., los muchachos se habían alimentado, rezado y resguardado dentro del cascarón. De pronto, una avalancha que descendió por la montaña irrumpió en el Fairchild. Ocho personas murieron sepultadas. La tormenta duró dos días. El primero de noviembre, los supervivientes salieron de la nave por primera vez.

El tiempo siguió pasando; el dolor, el hambre, la angustia y la desesperanza arremetían contra sus ganas de vivir. Pero llegó diciembre, y con él, la esperanza de la primavera austral.

Diecisiete personas permanecían vivas cuando el día 11, Canessa, Parrado y Vizintin salieron en una expedición -no era la primera-, pensando que estaban cerca de los valles de Chile y podrían llegar hasta allá.

En el camino, encuentran la cola del avión; recuperan abrigos, dulces, algo de ron, y un material de aislamiento que les sirve como bolsa de dormir; intentan echar a andar la radio y no lo logran. Siguen caminando y Parrado llega a una cima. Allá arriba, descubre que no están cerca de los valles sino en medio de un vasto escenario de picos nevados. Entonces decide morir caminando hacia el oeste, hacia el sol... antes que congelarse en la cima.

Con Canessa, acuerdan que Vizintin regrese al avión; mientras ellos siguen avanzando.

El 18 de diciembre ven, por primera vez, señales de primavera. Y 2 días más tarde, Canessa reconoce a un hombre a caballo al otro lado de un río. Parrado le grita; y el arriero le responde: "mañana".

Lo que sigue es historia: Parrado escribe una nota, la ata a una piedra y la lanza al arriero. Este va por ayuda, y el día 21 aparecen los rescatistas. Parrado los guía al lugar del accidente. En el camino, desde el helicóptero, estos no dan crédito a lo que ven.

Ese día, logran rescatar a un primer grupo, mientras el resto pasa una noche más en la montaña.

El 23 de diciembre, todos son trasladados a Santiago de Chile, unos al hospital, otros al Sheraton. Ninguno imaginaba que los esperaba otra avalancha: la de periodistas ávidos de captar los relatos de la aventura más dramática jamás narrada.

La mayoría se anima a dar declaraciones, pero hay un tema del que no se habla. Por su parte, los rescatistas vieron algo y la información se filtra a la prensa. El Mercurio de Chile es el primero en mencionar la palabra antropofagia.

El 28 de diciembre, los muchachos llaman a una conferencia de prensa en el Colegio Stella Maris, en Montevideo. Uno de ellos habla de las condiciones extremas a las que estuvieron sometidos esos 72 días en la montaña. Y de cómo se habían alimentado con los cuerpos sin vida de sus amigos. Al terminar, el auditorio se ahogó en un gran silencio. Nadie los censuró. Los periodistas no hicieron preguntas.

Sin embargo, el escrutinio vino con el tiempo. Más de diez libros y al menos 2 películas se alimentaron de este drama de la vida real.


El contacto Parrado-Panamá

Enrique De Obarrio conocía muy bien la historia de los sobrevivientes de Los Andes. En noviembre de 2002, se enteró que uno de ellos, Fernando Parrado, daba charlas sobre liderazgo, trabajo en equipo y solidaridad; y sintió la inquietud de traerlo a Panamá.

Una serie de coincidencias facilitaron un encuentro entre ambos en Punta del Este, Uruguay: "Fue como estar ante la presencia de un personaje histórico, pleno de humildad, y al mismo tiempo sumamente exitoso, muy claro en cuanto a las prioridades en la vida. A partir de aquella visita, concertamos una cita para que viniera a Panamá."


¡Nando está vivo!

A los 20 años, Fernando Parrado era un estudiante de ingeniería mecánica que trabajaba con su padre vendiendo tornillos, jugaba de segunda línea para el club Old Christians y nunca se había enamorado de verdad. Entonces vino el accidente.

En la cordillera de Los Andes, Nando vio morir a su madre y a su hermana, pero no las lloró. No podía darse el lujo de derramar una lágrima. Se había convertido en una máquina de supervivencia.

Parrado fue quien, junto a Roberto Canessa, caminó entre los picos nevados para buscar ayuda. "Yo sabía que era prácticamente imposible", diría después, "pero necesitaba salir de allí...no podía dejar de pensar en mi papá. Me imaginaba lo que estaba sufriendo y me volvía loco".

Las noticias de los sobrevivientes llegaron a Montevideo el 23 de diciembre. Al señor Parrado, lo llamó una amiga de su hijo: "¡Nando está vivo!"

Al volver a casa, 73 días después del accidente, Nando era un sobreviviente que quería tragarse la vida de golpe. No paraba; corría autos, motos, viajaba.

Un día conoció a Verónica, quien hoy es su esposa y madre de sus dos hijas; y su vida cambió. Con ella viajó a Canadá (ambos trabajan en producción de televisión) para asesorar en la filmación de Alive , la película basada en el libro de Piers Paul Read, la única versión oficial autorizada por los sobrevivientes.

"Es un pic nic al lado de lo que vivimos. Ahí no se ven el frío, la sed, la muerte ni el sufrimiento... Si hoy yo no tuviera la familia que tengo, preferiría no haber nacido antes que pasar por todo eso", dijo después de ver la película.

Hoy, Parrado es un empresario de 51 años que dicta conferencias sobre temas de liderazgo. Mosaico lo contactó vía internet, para conocer su visión sobre temas como la vida, la muerte y la predestinación.

- ¿Crees que "estaba escrito" que tú sobrevivieras y los otros no? O te salvó tu determinación.

-Hablar de predestinación es demasiado complicado. La vida es mucho más simple de lo que parece. Lo que tiene que suceder, sucede, y lo que no tiene que suceder, no sucede. La vida es un rompecabezas, conformado por buenas y malas cosas ...simplemente espero que las malas mías hayan terminado. Mirando hacia atrás, analizando la tragedia y sus consecuencias, creo que la "determinación" fue la parte más importante. Sería muy romántico decir que sentimos la mano de Dios llevándonos sobre las montañas. Tal vez nos dio las fuerzas y la determinación, pero el resultado es más un triunfo del espíritu humano que de la religión.

- ¿Practicas alguna religión? ¿El accidente cambió algo en este sentido?

-Soy católico, educado en esta religión. Tal vez sea ahora más religioso que antes, aunque no vaya a misa tanto, ni me confiese. A través de mis viajes de trabajo y filmación para mi productora de documentales, he estado en contacto con diferentes religiones y hay algunas muy interesantes también. Creo en un Dios universal, alimentado por las enseñanzas católicas, pero ese Dios que aprendí a conocer en el colegio y en las clases de catecismo, ha crecido notablemente. Es una Entidad que va mucho mas allá de Cristo, de la Biblia y de lo que pasó hace 2 mil años.

- ¿Sientes temor a la muerte?

-Sí, mucho. La he visto de cerca muchas veces y no me gustó. Prefiero las sensaciones de la vida a lo desconocido del más allá.

- ¿Crees que la muerte es el final?

-¿Quién se atreve a contestar con certeza? No lo sé; me gustaría creer en la posibilidad de que hubiera algo después. Pero no es fácil aceptar la idea. Creo que tenemos el derecho a dudar. ¿Y si no hay nada después? ¿...Y si lo que nos espera es simplemente la nada?

- ¿Cómo se vence el miedo a vivir?

-Yo tengo una alegría tan grande de vivir, que no puedo concebir el "miedo a vivir". La vida es algo fantástico, que nos da la oportunidad de experimentar algo tan esencialmente divino como es el amor. Solamente eso hace que valga la pena vivir.

- ¿El consejo más valioso?

-"Sigue siempre tu corazón".

-¿Qué has aprendido de la vida?

-Que lo más importante es la familia y el afecto familiar. Es lo único que importa cuando uno está definitivamente enfrentado a la muerte.

Fernando Parrado estará en Panamá el 25 de agosto para presentar la conferencia "El triunfo del espíritu humano", en Atlapa. Se trata de una gestión de APEDE a favor de Casa Esperanza.


Además en mosaico

. Con ganas de vivir
. Sentido de lo antiguo
. El paraíso de los Liechtenstein
. El pecado nefando
. Relaciones peligrosas





¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ La Ciudad¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios¦ UH Deportes¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦

Corporación La Prensa TEL (507)222-1222
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá