Panamá, 17 de agosto de 2003

 
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Un brindis por Panamá La Vieja

Panamá La Vieja –ahora Patrimonio Mundial– celebra hoy un aniversario más de su fundación

LINA VEGA ABAD
lvega@prensa.com

LA PRENSA/Archivo
Los fuegos artificiales que marcaron la inauguración del Centro de Visitantes de Panamá Viejo, volverán mañana a celebrar un año más de historia.

Según la historiadora española María del Carmen Mena García, autora de La Sociedad de Panamá en el siglo XVI, 400 vecinos estuvieron presentes en la fundación de Panamá, el 15 de agosto de 1519.

Casi cinco siglos después, la ciudad de Panamá, que abarca La Vieja, la nueva –el Casco Antiguo –y la moderna, ha superado el millón de habitantes.

Mucha agua ha pasado pues por el famoso Puente del Rey, desde que se construyera como entrada desde el Pacífico de aquel mítico Camino de Cruces, hasta nuestros días.

Y a pesar del tiempo transcurrido y de la desidia, siguen allí algunas de las piedras y muros del primer asentamiento humano llamado Panamá.

Afortunadamente, el tiempo del abandono parece haber terminado y el trabajo de quienes impulsaron la creación del Patronato de Panamá Viejo tuvo este año una especial recompensa: la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), incluyó a Panamá La Vieja en la lista de lugares considerados Patrimonio Mundial.

Se trata de un más que merecido honor para la primera ciudad española fundada en el Pacífico americano que, a partir de la segunda mitad del siglo XVI –con el descubrimiento de Perú, su conquista y su producción de plata–, se transformó en el lugar de tránsito de pasajeros y mercancías que aún es Panamá por imperativo de la geografía.

Según se señala en la obra de Mena García, “la invención de Perú sella el destino de Panamá por dos siglos. La que era terminal de las rutas del Caribe se convierte en lugar de tránsito de pasajeros y mercancías y en llave de dos mundos”.

Las ruinas como símbolo

El camino hasta el reconocimiento de la UNESCO ha sido largo, cargado de dificultades, pero también de fructíferas acciones de quienes entendieron la importancia del sitio y la necesidad de su rescate.

Después del traslado de la ciudad a San Felipe en 1763, las abandonadas ruinas sirvieron por un siglo como “cantera”, donde los panameños iban a buscar material de construcción.

En el siglo XVIII se produce la llegada al lugar de nuevos habitantes que hicieron de las ruinas y sus alrededores su hogar.

Según relatara el arquitecto e historiador, Eduardo Tejeira Davis (ver La Ciudad, 8 de agosto del 2003), “la historia de la ocupación de las tierras de Panamá Viejo empieza en el siglo XIX. Consta, por ejemplo, que a fines del período colombiano el área de ruinas estaba subdividida en varias parcelas que se utilizaban para la agricultura”.

La primera legislación que menciona el sitio —Ley 9 de 1918— se produce en la primera década del siglo XX, justo un año antes del cuarto centenario de la fundación de la ciudad.

Para la nueva República –aquejada de complejo de inferioridad por las circunstancias de su nacimiento– se convirtió en una necesidad reconstruir la historia de Panamá La Vieja, como símbolo de nacionalidad.

Para Tejeira, “Panamá La Vieja constituyó la prueba de la existencia de Panamá antes de Colombia y, por ello, un motivo de orgullo nacional al que acudieron los primeros gobernantes para contrarrestar las críticas”.

Por ello, los primeros gobernantes enviaron a Sevilla a Juan B. Sosa para que reconstruyera la historia de Panamá La Vieja.

Sosa logra la transcripción a mano de los documentos que encontró en los Archivos de Indias (transcripciones que están hoy en los Archivos Nacionales) y escribe en 1911, junto Enrique Arce, la primera Historia de Panamá.

A partir de ese momento, todas las generaciones de historiadores han investigado en los archivos de Sevilla para recuperar diferentes aspectos de nuestra historia.

Después de Sosa, le siguió el grupo de Juan Antonio Susto; luego, los historiadores de la generación de Carlos Manuel Gasteazoro, marcaron el inicio de la profesionalización de la investigación. En la actualidad, el liderazgo investigativo lo tiene sin duda Alfredo Castillero Calvo, cuya última obra “Panamá La Vieja, cultura material, economía y sociedad”, espera ansiosa la hora de la imprenta.

Por ello, y a pesar del abandono creciente de las ruinas durante los primeras años de la República –rodeadas de maleza e invadidas por precaristas–, siempre subsistió el interés por lo que se convirtió en símbolo de la nacionalidad panameña.

En los años 20 y 30, el lugar era visitado por aventureros excursionistas, destacándose Samuel Lewis García de Paredes, quien escribió un primer artículo sobre la catedral en la revista Nuevos Ritos publicada en 1912. Por ello, en la entrada del Centro de Visitantes del Instituto Panameño de Turismo (IPAT) en Panamá Viejo existe hoy una estatua en su honor.

Como se contara en “Una calle de espaldas a la historia” (ver La Ciudad, 11 de agosto del 2003), en los años 50 se inauguró la Vía Cincuentenario, que sirvió como paseo para que las familias panameñas vieran las ruinas sin bajarse del vehículo. Este recorrido se convirtió en un muy popular paseo dominical de los capitalinos.

En contrapartida, la calle destruyó el original trazado urbano de la ciudad y, más grave aún, partió en dos varias ruinas.

A partir de los años 70 del siglo XX, el IPAT empezó a recibir un subsidio estatal de aproximadamente 200 mil dólares para el mantenimiento de las ruinas.

Incluso, durante los años de la dictadura, en sus inmediaciones se instaló un cuartel militar y los establos de la caballería.

Fin del abandono

En 1994, el Club Kiwanis le encargó a Eduardo Tejeira Davis los planos de una maqueta que reconstruyera Panamá La Vieja.

Tejeira, que había regresado a Panamá en 1985, graduado de arquitecto y con un doctorado en Historia del Arte por la Universidad de Heidelberg, Alemania, empezó a colaborar en 1985 con la Enciclopedia de la Cultura Panameña, publicación de La Prensa a cargo de Julia Regales.

“Empecé a acompañar los artículos con dibujos de reconstrucciones de los conventos, las iglesias y por primera vez se divulgó el verdadero trazado urbano de Panamá La Vieja”, relató Tejeira.

Por estos dibujos publicados en La Prensa hace casi 20 años, surgió el interés del Club Kiwanis que, después de obtener en donación el dinero necesario, ordena la construcción de la maqueta que, finalmente, pasó a ser exhibida en una sala de los antiguos cuarteles militares, reconvertidos en centro de artesanías.

Todavía no existía el Patronato, por lo que el embrión de museo pasó a ser responsabilidad del Instituto Nacional de Cultura (INAC).

Un año después, en 1995, se crea el Patronato de Panamá Viejo, integrado por el Club Kiwanis, Banistmo, el INAC y el IPAT. Su primera acción fue la limpieza del sitio y su delimitación, de manera que pudiera empezar a separarse de las barriadas que habían crecido hasta el borde mismo de las ruinas.

En 1996, la Asamblea aprueba una ley que le permite al patronato el manejo de fondos, y el entonces presidente Ernesto Pérez Balladares le traspasa un millón de dólares que se convirtió en el fondo semilla para sus actividades.

Banistmo ha aportado unos 60 mil dólares anuales al Patronato, y este año patrocinó la restauración de las ruinas del Convento de las Monjas de la Concepción, por un monto de 350 mil dólares.

Luego de las primeras acciones de limpieza, en 1995 el Patronato inició un proyecto de arqueología dirigido por Beatriz Rovira y que, habiéndose iniciado en la Plaza Mayor, se ha estado realizando en diferentes partes del sitio, lográndose importantes descubrimientos incluso de la época precolombina.

Lo cierto es que ya la Dirección de Patrimonio Histórico del INAC había realizado en 1993 un primer plan de emergencia para el sitio. El documento, elaborado por el entonces subdirector de Patrimonio Histórico, Ariel Espino, era una agenda de 10 puntos que se constituyó en una especie de primer plan de acción. Estos puntos incluían cosas como el rescate de la Plaza Mayor, el apuntalamiento de las ruinas y otras acciones de emergencia que dieron al Patronato las primeras pautas para su trabajo.

En 1997, la entonces directora de Patrimonio Histórico, Carla López, llevó a cabo los términos de referencia para el concurso internacional que permitiría elegir la empresa que haría el plan maestro.

Desde el Centro de Visitantes de Panamá Viejo, se divisan los restos de la primera ciudad española fundada en el Pacífico.

El concurso fue ganado por la empresa puertorriqueña Law Enviromental Caribe, S.A., convirtiéndose Tejeira en el gerente local del proyecto que terminó en 1999 con la entrega del plan maestro, pieza esencial para lograr la declaratoria de la UNESCO.

Hoy, el Patronato de Panamá Viejo ha crecido enormemente ya que maneja proyectos con alrededor de 10 países. Entre ellos se destaca la recuperación de la Torre de la Catedral y la original traza urbana, financiada por la Agencia de Cooperación Española; o el proyecto arqueológico, apoyado por Alemania.

En cuanto a las instituciones estatales, se destaca la inversión de 1.6 millones hecha por el IPAT para el Centro de Visitantes, donde en estos momentos se termina de instalar el museo del sitio, cuyo costo de 300 mil dólares ha sido cubierto por la Caja de Ahorros.

Y aunque los retos aún son muchos para que las ruinas de la primera ciudad española construida en el Pacífico americano logre su merecida dignidad, este año hay motivos para alzar la copa y celebrar.

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