Panamá, 6 de agosto de 2003
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Diablos para la Virgen y un desierto salado

Por: Darma Zambrana Olmos

Un rugido sobrecogedor anuncia la presencia de cientos de diablos que emergen de una densa humareda multicolor. Su retorcida cornamenta, sus dientes de cristal y sus capas bordadas de pedrería destellan bajo el sol del altiplano, mientras la calle se estremece al ritmo de su acompasada danza que año tras año cautiva a miles de turistas nacionales y extranjeros que invaden Oruro, antigua ciudad minera de Bolivia, para disfrutar de la Diablada, una de las danzas más representativas de la Entrada Folclórica del Carnaval, declarada Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Una vez al año, en febrero o marzo, Oruro, capital folclórica de Bolivia, realiza en honor de la Virgen de la Candelaria, patrona de los mineros, conocida localmente como la Virgen del Socavón, un espectáculo pagano-religioso que tiene sus orígenes en la colonia y que refleja el sincretismo de las creencias nativas con la fe impuesta por los españoles en el intento de conversión de las almas del nuevo mundo, y que es resultado de un mutuo influjo religioso.

La Diablada surge, según la leyenda, cuando aparece una imagen no mestiza de la Virgen de la Candelaria en el interior de una mina, y los mineros al adoptarla como su patrona deciden que, a partir de entonces, y para honrarla debidamente, se disfrazarían de diablos para dar mayor realce y colorido a una fiesta en la cual se conserva al mismo tiempo la tradición del “Tío de la Mina” (el diablo), sin que faltara “Satanás” y el “Arcángel San Miguel” para representar melodramáticamente la lucha del bien contra el mal.

El drama teatralizado de la lucha entre el Arcángel San Miguel y la Virgen de la Candelaria, frente a los diablos y satanaces, tiene una doble interpretación. En el sentido cristiano, resultaría ser exponente de los siete pecados capitales de la corte del “príncipe rebelde de Luzbel”. Pero como una “sátira al conquistador”, la diablada implica una rebeldía del mitayo minero que, disfrazado del diablo contra sus opresores, utilizaba la danza religiosa para expresar su ansia de libertad y de lucha para lograrla.

Otra de las danzas importantes en este festival folclórico es la Morenada, cuyo origen se remonta al empleo de esclavos negros en el Potosí colonial, donde eran comprados por los mineros para reemplazar a los mitayos indígenas. Luego de su remate público, las “piezas negras”, iniciaban el largo y despiadado viaje desde Lima o Buenos Aires hacia Potosí, pero el hambre, la sed, el frío, la alta presión arterial, la insuficiencia de oxígeno, el rigor del látigo y las marchas forzadas presagiaban una muerte segura. Los negros ya habían desembarcado en América junto a los conquistadores y los indios quedaron sorprendidos con su color. Fue así que “angolas y congos bolivianos”, vistos con sorpresa y conmiseración por quechuas y aymaras, dieron lugar a esta danza.

Otras danzas folclóricas y autóctonas como los caporales, tobas, waka-tokoris, incas, sicuris, tinkus, kullawas, se agrupan en casi medio centenar de conjuntos integrados por miles de bailarines, que junto a “diablos” y “morenos” realizan, el sábado de Carnaval, un recorrido de 5 kilómetros por las principales calles de la ciudad durante más de 10 horas, encantando a propios y extraños.

Todos los danzarines son creyentes y tienen una fe incuestionable en la Virgen del Socavón, por eso basados en una programación especial, desfilan de rodillas delante de su altar para testimoniarle su devoción, pedirle favores especiales y ofrecerle a cambio una “manda”, que consiste en bailar por lo menos tres años seguidos en su honor. Dicen los orureños que el danzante que más lágrimas derrame frente a la Virgen morirá sin duda ese mismo año.

Desierto de sal y lagunas de colores

A pocas horas de la ciudad de La Paz, capital administrativa de Bolivia, en pleno altiplano y cerca de la frontera con Chile, se encuentra el desierto de sal más grande del mundo: el Salar de Uyuni, nívea extensión con más de 12 mil kilómetros cuadrados, suspendida a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar.

Con la cordillera de los Andes a lo lejos, este desierto blanco permite observar imágenes en suspensión por la radiación solar, espejismos e imágenes ópticas por la cristalización en el suelo, con colores cambiantes según la hora del día. El Salar de Uyuni formaba parte de un lago salado o mar interior prehistórico, el lago Minchín, que abarcaba la mayor parte del sudoeste boliviano y que cuando se secó dejó los lagos de Poopó y Uru Uru como zonas húmedas y los salares de Uyuni y Coipasa.

En el centro de este inmenso mar de sal se encuentran varias islas desperdigadas, siendo la más famosa la Isla del Pescado, que alberga a enormes cactus de alturas superiores a los 8 metros. Los expertos recomiendan visitar el Salar de Uyuni acompañados de guías especializados, pues es muy fácil perderse en él.

Hace pocos años un empresario boliviano construyó en esta maravilla de la naturaleza un hotel de sal que estuvo funcionando un tiempo, las camas, las mesas, mostradores y asientos eran también de sal y hasta tenía un campo de golf construido sobre este lecho de sal. Hoy en día la construcción puede ser visitada por los turistas, pero ya no proporciona albergue.

Otra de las grandes maravillas de la naturaleza en esta zona es la Laguna Colorada, cuyos tonos rojizos se deben a finos sedimentos y a los pigmentos de diversos tipos de algas. Este depósito de agua es llamado también “el nido de los Andes” pues cobija a más de 30 mil flamencos de tres especies diferentes que anidan en él. Las rocas de las vizcachas, los géisers, los pozos geotérmicos donde hierve la lava, las rocas de Dalí y las fumarolas que emiten vapores mixtos que alcanzan una altura de 10 a 50 metros, cierran un cuadro de impresionantes paisajes.

(La autora es vicepresidenta de la Asociación Panameña de Prensa Turística, APPTUR)


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