Libre comercio y listas negras
La empresa privada ha decidido cerrar filas y trabajar hombro a hombro con el gobierno para lograr que algún día seamos parte de varios TLC
Juan David Morgan
jdmor@morimor.com
Con motivo del reciente viaje de la señora presidenta a Washington, se ha despertado en el país un renovado interés por los tratados de libre comercio (TLC). Existe en los panameños el convencimiento de que en materia de libre comercio estamos a la zaga de los demás países de la región, sobre todo ahora que los países centroamericanos, sin la participación de Panamá, comenzaron a hacer avances significativos para alcanzar un TLC con Estados Unidos de América. Según informaciones suministradas por los funcionarios del gobierno que acompañaron a la primera mandataria a sus reuniones con el presidente Bush, éste ofreció –¿prometió?– ayudar a Panamá en su esfuerzo por concretar en un futuro no muy lejano el anhelado TLC con la primera potencia mundial. Y aunque de parte de las autoridades estadounidenses ha prevalecido un elocuente silencio sobre el tema, los panameños parecen estar dispuestos a unir esfuerzos en torno a lo que, después del rescate del Canal y su zona, se vislumbra como la próxima meta trascendental de nuestra nación. Ya se celebró uno de tales convenios con El Salvador y se habla de concretar TLC no solamente con Estados Unidos, sino con países del Lejano Oriente, como Taiwan, ya muy adelantado, y con otros países de la región, como es el caso de México.
A pesar de que se escuchan voces disidentes, bajo el liderazgo de la Cámara de Comercio la empresa privada ha decidido cerrar filas y trabajar hombro a hombro con el gobierno para lograr que algún día seamos parte de varios TLC, instrumentos que, como una varita mágica, nos liberarán del subdesarrollo económico.
Pocos panameños conocen, realmente, el significado y alcance de un Tratado de Libre Comercio. Para los propósitos de este artículo, basta decir que, a diferencia de los convenios comerciales tradicionales, donde dos o más países se ponen de acuerdo en liberar de impuestos de introducción ciertos productos, un TLC supone que todos los productos que no sean expresamente excluidos del convenio podrán ingresar libres de cargas impositivas al territorio de los países contratantes. De aquí que los anexos que acompañan a los TLC contengan listas interminables de aquellos productos que cada país desea dejar fuera del ámbito de aplicación del convenio. La pregunta que surge enseguida, por supuesto, es si para fomentar exportaciones Panamá, país en el que la producción agropecuaria y la industrial, sumadas, no alcanzan ni el 20% del producto interno bruto, debe lanzarse a la negociación de un tratado tan complicado como abarcador, como son los TLC, o si debe limitarse a celebrar convenios sobre bienes y servicios específicos, para cuya producción y posterior exportación posee alguna ventaja competitiva. La respuesta a esta interrogante será objeto de un análisis más profundo en otro artículo posterior. Sin embargo, considero necesario llamar desde ahora la atención sobre lo que a continuación expongo.
Es bien sabido que hay países que mantienen a Panamá en listas negras que perjudican, sensiblemente, nuestra capacidad de hacer negocios a nivel internacional. Tales listas oscurantistas fueron creadas en su momento por la tristemente célebre Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), club de países ricos que, para enriquecerse aún más, pretenden imponer al resto del mundo su manera de cobrar impuestos. Actualmente son varios los países que nos mantienen en esas listas, a pesar de que Panamá ha demostrado hasta la saciedad que cumple con todas las normas que la convivencia internacional exige. La peor de tales listas, la que más daño hace a Panamá, es aquélla en la que nos ha colocado México. Cualquier transacción comercial que una empresa, sociedad o individuo celebre desde Panamá con la nación azteca es castigada con un impuesto especial del 40%, lo que, naturalmente, nos pone fuera de mercado. Tan injusta es la actitud de los países que discriminan contra el nuestro, que tuvimos que aprobar la denominada Ley de Retorsión, cuyo propósito no es otro que el de reciprocar la iniquidad. Otros países “hermanos” de Hispanoamérica nos han incluido en listas similares, situación que de mantenerse e implementarse provocará una merma significativa en nuestra capacidad de competir en el mundo de los negocios internacionales.
Y la pregunta que surge es ¿cómo podemos estar pensando en celebrar TLC si antes no logramos que nos borren de las listas negras en las que gratuitamente nos han metido? ¿Cómo es posible que nos sentemos a negociar tratados de libre –óigase bien, libre– comercio con los mexicanos, que de salida ya ponen trabas y castigan nuestras exportaciones? ¿No deberíamos los panameños, antes de embarcarnos en negociaciones de Tratados de Libre Comercio con cualquier país, exigir que ese comercio sea realmente libre y, en consecuencia, se nos excluya de las listas que tanto daño nos hacen?
Es tarea fundamental de los dirigentes de un país establecer prioridades que ayuden al bienestar de los panameños. Una de esas prioridades es, precisamente, la de lograr que el nombre de Panamá desaparezca de las odiosas listas negras a las que hemos sido sometidos, especialmente la elaborada por países como México que, a pesar del publicitado Plan Puebla-Panamá, diariamente pone trabas a la rueda de nuestro desarrollo. No hacerlo equivaldría a condenar al fracaso cualquier negociación que tenga como objetivo la celebración de tratados de libre comercio.
El autor es abogado y escritor
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