Panamá, 6 de agosto de 2003
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Bush fuerte, prensa débil

Los actos del 11 de septiembre del 2001 le han dado a Bush una especie de inmunidad ante la prensa y el público estadounidenses

Jorge Ramos Avalos

Acabo de regresar de Europa y no deja de sorprenderme la forma tan distinta en que son tratados por la prensa el primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente estadounidense, George W. Bush. La prensa europea, en general, y la británica en particular han destrozado a Blair por mentir, exagerar y decir verdades a medias antes de la guerra contra Irak. En cambio, la prensa estadounidense sigue tratando a Bush con guantes de seda y no se atreve a atacarlo. ¿Por qué esa diferencia de trato si ambos utilizaron información falsa y equivocada para justificar la guerra contra Irak?

En su afán de sacar a Sadam Husein del poder, tanto Bush como Blair dijeron cosas que no eran ciertas. La misma Casa Blanca ya reconoció que era una mentira la frase que pronunció Bush (en su último informe sobre el estado de la unión) respecto al supuesto intento de Sadam de comprar uranio de Africa para crear bombas nucleares.

Tampoco son ciertas las sugerencias de que Sadam Husein estuvo involucrado con los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. Y, hasta el momento, no se han encontrado las miles de toneladas de armas de destrucción masiva que, de acuerdo con los gobiernos británico y estadounidense, tenía Sadam Husein antes de la guerra.

No quiero ni puedo defender a Sadam Husein, un despreciable y degenerado ex dictador responsable de miles de muertes. Pero sí es importante aclarar que ninguna de las razones por las que se comenzó la guerra contra Irak –y por las que han muerto miles de iraquíes y cientos de soldados estadounidenses y británicos– se han podido comprobar. Por eso los periodistas europeos están criticando tanto a Tony Blair. Por eso solo uno de cada tres ingleses apoya a Blair. Por eso el primer ministro, que tomó posesión en 1997, pudiera perder su puesto ante la oposición de los Tories.

A Bush, como a una buena sartén de teflón, no se le pegan las manchas. La popularidad de Bush también ha bajado pero aún goza de un saludable 55% de aprobación según un par de encuestas. ¿Por qué las mismas críticas que están poniendo en peligro al gobierno de Blair no están afectando a Bush? ¿Por qué la prensa estadounidense no se ha atrevido a criticar a su presidente de la misma forma en que la inglesa lo ha hecho con su primer ministro?

Creo que la gran diferencia tiene que ver con el 11 de septiembre del 2001. Tras los actos terroristas que ocasionaron la muerte de más de 3 mil personas, los estadounidenses –incluyendo a sus periodistas– sienten que apoyar a su presidente es una forma de apoyar, también, a su país. Conozco a varios políticos, reporteros y columnistas que no se atreven a criticar a Bush por temor a ser calificados como “traidores”, “antipatriotas” o “antiestadounidenses”. E incluso ante la evidencia de que las justificaciones dadas por Bush para iniciar la guerra no eran válidas, hay una enorme resistencia para criticar al presidente.

No he visto, escuchado o leído ni una sola entrevista dura con el presidente Bush. Ni una. Ningún periodista estadounidense quiere que lo acusen de estar del lado de los terroristas. En cambio, la prensa y los parlamentarios ingleses –haciendo caso omiso de las consecuencias– no dejan de denunciar los errores y las contradicciones de Blair. La actitud de escepticismo de la BBC no es la misma que la de ABC, NBC, CBS o CNN.

No se trata de censura. Se trata, en algunos casos, de autocensura. En las salas de redacción se siente la presión para pensarlo dos veces antes de criticar a Bush y, por asociación, a Estados Unidos. “¿Cómo te atreves a hablar así de Bush y de su gobierno después de lo que pasó en las torres gemelas de Nueva York y en el Pentágono?”, he escuchado varias veces. Ese constante e imparable cuestionamiento que caracteriza al buen periodismo en momentos de crisis –a Nixon durante Watergate, a Reagan durante el escándalo Irán-Contras, a Bush padre por la situación económica del país y a Clinton durante su affair con Mónica Lewinsky– ha estado ausente durante la presidencia de W.

Es cierto, los actos terroristas del 9/11 ocurrieron en Estados Unidos no en Gran Bretaña y por eso es más fácil para la oposición y la prensa británica cuestionar a Blair que para los políticos demócratas y los periodistas estadounidenses hacerlo con Bush. Pero, de todas maneras, una prensa débil, temerosa y cuidadosa en Estados Unidos ha permitido que Bush se mantenga fuerte. Tras el 9/11 Bush se ha querido envolver en un manto de infalibilidad que, hasta el momento, nadie –ni la prensa– le ha podido arrebatar.

A Bush no le ha afectado seriamente un reporte congresional de 900 páginas que asegura que los servicios de inteligencia (CIA, FBI, etcétera) bajo su mando no detectaron a tiempo la amenaza terrorista que representaba Osama bin Laden y su organización Al Qaeda. Y a Bush tampoco le ha perjudicado como a Blair las críticas de que exageró –o, en el peor de los casos, inventó– las razones para apresurar una guerra contra Irak. Los actos del 11 de septiembre del 2001 le han dado a Bush una especie de inmunidad ante la prensa y el público estadounidenses. Pero la pregunta es ¿cuánto tiempo más le va a durar? La respuesta habrá que esperarla hasta las elecciones presidenciales del 2 de noviembre del 2004.

El autor es periodista de Univisión

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