![]() Panamá, 27 de julio de 2003 |
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A las 9:00 de la noche del miércoles 16 de julio se escucha por los altavoces las órdenes que indican a la tripulación las diferentes pruebas que debe ejecutar antes del zarpe. Cinco minutos después, el comandante de la embarcación A-401 SMN- Independencia, teniente de navío José de Jesús Rodríguez Carrera, ordena levar anclas y la embarcación inicia su recorrido hacia Ecuador. Durante las maniobras iniciales, en el puente de mando Rodríguez instruye a la tripulación, en tanto que todos los oficiales le proporcionan reportes de lo que acontece en sus diferentes departamentos. El viaje se inicia sin mayores contratiempos. Las luces verdes y rojas de las boyas del Canal de Panamá señalan el camino. Lentamente quedan atrás las luces de la ciudad. A la mañana siguiente -12 horas después- las cosas transcurren normalmente en el puente; pero, en los camarotes se registran los primeros padecimientos, los primeros mareos y vómitos típicos en los novatos del mar. ¡Este barco es un trompo! El mareo se acrecienta con cada vaivén del barco. Y un continuo vértigo se aloja en el cuerpo de aquellos primerizos del mar. Con penosa frecuencia se les ve correr a devolver los pocos alimentos que han ingerido. Este malestar es acompañado por un permanente dolor de cabeza: lo único que provoca es permanecer acostado. "Ve a la cubierta y toma aire", recomiendan los marinos experimentados. "Siempre pasa al principio, pero no deje de comer, porque es peor", aseguran. ¿Pero cómo puede uno comer con este malestar? La respuesta es fácil: mordiendo bien y luego tragando fuerte. Durante este lapso se siente un frío terrible, que te agarra todo el cuerpo. "Luego de comer, sube al puente", recomienda un buen súbdito del reino de los mares, cuyo consejo logrará terminar con los padecimientos.
Agobiado por el mareo, cada escalón que lleva hasta el puente se convierte en una tortura. El barco no deja de moverse, pero, subir y mirar el cielo es un regalo invaluable: ver las estrellas clavadas en un hermoso cielo nocturno justifica plenamente el padecimiento y el esfuerzo. Estaban todas, no quedó ni una por fuera, y como para completar el cuadro, la caída de un par de astros fugaces. Lentamente, la brisa del mar va dejando atrás el mareo. A la mañana siguiente, después de un sueño reparador en el que no hubo el menor riesgo de ser interrumpido por una inoportuna llamada telefónica, la calma se instala por fin. Por el altavoz truena el anuncio de que pasamos de aguas panameñas a las de Colombia. Un marino se apresura a izar la bandera de este país. La temperatura desciende paulatinamente mientras el barco, pesado, se arrima al paralelo 00, que divide al mundo en dos mitades: los hemisferios Norte y Sur. En el segundo día escuchamos hablar del tradicional bautizo de los moros: cada persona que cruza la línea del Ecuador debe ser bautizada por diablos enviados por el rey Neptuno. De esta tradición, dijo el teniente Rodríguez, no se escapan "ni los reporteros". Nervios al filo de la cuchilla A las 2:00 de la tarde, moros y diablos -en semejanza a la tradición de moros y cristianos en tierra- se encuentran en el comedor. La ceremonia es iniciada con la escritura en la frente de cada moro de un nombre de pez con el cual será bautizado.Cada iniciado tiene además un padrino, que se encarga personalmente del azote. Este reportero es bautizado Orca, mientras que el camarógrafo Julio Melais (Telemetro Canal 13) es Boquipenda. Los nombres son escritos por una simpática diablita de nombre Michelle, quien usa un piloto negro para marcarnos la frente. Los diablos pasan ante los moros. Llevan cadenas en las manos y los azotan con garrotes hechos de cartón. "Esta noche será el bautizo; jajajajajajajaja", adelantan los diablos. Los moros, mientras tanto, gritan. Luego son obligados a dar una vuelta por el barco. La ceremonia es aplazada (para imprimirle suspenso) y se advierte que se reanudará a las 8:00 de la noche. Durante la tregua de cinco horas, se le anuncia por los altavoces a los moros que se preparen para lo que les espera. Al caer la noche, estos son recogidos en sus camarotes o donde estén y llevados a un pasillo en la parte delantera del barco, en las cubiertas interiores. ¡Motín a bordo!
Una vez en el pasillo, los moros bloquean una entrada y se preparan para el ataque. "¡Vamos!", grita el líder, mientras la turba le sigue hasta el camarote de la tropa, en donde se amotina. Pero al tomarse el camarote, se percatan de que un diablo es sorprendido a mitad de faena en el sanitario. Así, pues, los moros logran capturar a un rehén, y los diablos, por su parte, apresan al moro-sargento Elio Castillo. Empatadas las acciones se arma la estrategia para recuperar a la víctima. Pero el teniente Janis, segundo a bordo, interviene y ordena a los moros que se bauticen y sigan el ritual. Los moros claudican y continúa la fiesta. Ya recapturados, todos son llevados a un camarote de donde los sacan uno a uno. Luego de atravesar un pasillo hasta llegar a la cocina, son vendados y se les amenaza con cortarles el cabello al rape, lo cual nunca ocurrió. Después, cada uno recibe en el cabello una combinación de mostaza y mayonesa. "¿Cómo es tu nombre?", preguntan los verdugos mientras ponen sal con café en la lengua de cada iniciado. Transcurridos unos cuantos minutos son llevados a la cubierta, donde reciben un baño con agua fría del mar. Ya en el rito final, y como rehenes, cada moro debe cruzar vendado por una piscina llena con todos los condimentos encontrados en la cocina; ha de sacar, con la boca, un ojo de pescado sembrado en un tanque rebosante de vinagre y otras especias (el ojo de pescado es simulado por una aceituna grande), y para rematar echarse agua limpia con una manguera. Pasada esta fase, todo el mundo baja a sus camarotes a descansar. Más tarde, como a las 2:00 a.m., serán despertados al pasar por el paralelo 0. A esa hora sale el rey Neptuno y su mujer, la Nereida (representados por miembros de la tripulación disfrazados) para bautizar a los novatos y quitarles el nombre de moros. Así fueron los primeros días en altamar. A la mañana siguiente, arribamos al puerto de Manta, Ecuador, para iniciar las maniobras navales Panamax 2003.
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