PSICOLOGO EN CASA
Parecía una buena persona
ALICIA REGO
ESPECIAL PARA LA PRENSA
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¿Considera usted que su vecino es alguien digno de confianza? ¿Se fiaría de él, por ejemplo, pidiéndole que le cuidara a un miembro de su familia? Probablemente dude en contestar; en todo caso, no deja de ser una persona con la que, por lo general, uno no establece un vínculo demasiado estrecho. Aun así, si le dicen que a éste lo acaban de arrestar por haber cometido varios crímenes a sangre fría, de seguro que se caería de espaldas. Una cosa es tener cierto recelo y mantener las distancias, y otra, saber que es un asesino.
Algo parecido opinaban los que vivían cerca de Alfredo Galán, un ex militar de 26 años que el mes pasado ocupaba las portadas de los diarios españoles. Aunque a veces no saludaba y parecía algo tímido, nadie sospechaba que él era el famoso asesino de la baraja, un personaje que iba matando a sus víctimas y dejando una carta a un lado del cadáver. "Yo lo describiría como un chico normal -comentaba una señora que vivía en su mismo barrio-. Me hubiera muerto de angustia de haber sabido que al lado de mi casa dormía un monstruo así". Y es que Galán llevaba una doble vida. Por un lado, realizaba su trabajo con normalidad, y se relacionaba sin dificultades con los que vivía, su hermana y cuñado. Pero, por otro -al igual que el famoso Dr. Jekyll y Mr.Hyde- se transformaba en un ser vil y despiadado una vez que la sed de matar le pegaba.
Cuando fue arrestado confesó que sus móviles no eran otros más que el afán de demostrarse a sí mismo que quitarle la vida a alguien era fácil. Menudas razones para justificar la orgía de sangre que dejó a su paso y el inmenso dolor con que llenó a todos los familiares de sus víctimas. Aun así, frío y sin un ápice de manifiesto arrepentimiento espera hoy en día su juicio en una cárcel madrileña.
Cómo actúan los asesinos en serie
Arrepentimiento tampoco mostraron otros criminales que también cometieron asesinatos múltiples, a la par que se desenvolvían en todas sus esferas sin levantar sospecha. Tal fue el caso del norteamericano Jeffrey L. Dahmer, que confesó haber asesinado, desmembrado y, en algunos casos, cometido actos de canibalismo con 17 varones. O de su compatriota, Edmund Emil Kemper, condenado por ocho cargos de asesinato en primer grado de mujeres, incluyendo a su propia madre.
La lista de criminales tipo "Jack el destripador" o "El estrangulador de Boston" desgraciadamente no es tan corta. Los medios de comunicación, la influencia genética, la educación en la casa y ciertas estructuras cerebrales tendrían que mencionarse a la hora de buscar los porqués. El debate entre herencia y ambiente vuelve, una vez más, a estar servido. En todo caso, dicen los expertos, cada vez son más los que se encuadran en este tipo de perfil.
Pero, ojo, que hay que hacer diferenciaciones. Comentaba un psiquiatra inglés, que colabora con la Scotland Yard, que los asesinos en serie actúan de distintas maneras dependiendo de su estado psíquico. Así, están los que involuntariamente van dejando pistas (como huellas), ya que no planifican bien sus ataques y son capturados fácilmente por la Policía. Son los llamados asesinos desorganizados; por lo general, enfermos mentales, como psicóticos que no tienen contacto con la realidad. En la mayoría de los casos no escogen a sus víctimas, y actúan movidos por voces imaginarias que les inducen a los crímenes, alucinaciones o sentir que su vida o la de algún ser querido está en peligro. La escena mental suele ser -como dice el facultativo- un reflejo de su confusión.
Y después están los organizados. Personas diagnosticadas con una patología de la personalidad, más no como enfermos mentales. Son los que cuidan y planifican muy bien sus actuaciones, no dejan huellas y, a diferencia de los desorganizados, tienden a alterar la escena del crimen. El resultado es que al investigador se le rompen los esquemas y pasa páramos para encontrarlos. Los más sádicos ritualizan los asesinatos o se llevan recuerdos para exponer como trofeos.
Pero, además de despiadados, son fríos y calculadores, matan de forma premeditada escogiendo a sus víctimas y los medios. Para ello engatusan, mienten y manipulan. Algo que hacen muy bien porque suelen ser inteligentes, locuaces y mostrarse de lo más encantadores. "Por eso -terminaba explicando el psiquiatra inglés- no hay que confiarse tan fácilmente. A más de un vecino de alguno de los ya célebres asesinos en serie se le ha oído comentar que este parecía una buena persona".
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