Panamá, 22 de julio de 2003
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El paradójico crimen de Lula

Estamos ante un político moderado que quiere mejorar el sistema, no destruirlo ni sustituirlo

Carlos Alberto Montaner

Poco antes de las últimas elecciones brasileñas escribí un artículo totalmente errado. Predije que Lula sería una catástrofe para su país y para América Latina. Me basaba en los documentos del Partido de los Trabajadores y, muy especialmente, en los acuerdos y proclamas firmados en el seno del Foro de Sao Paulo, donde Lula se codeaba con Fidel Castro, Hugo Chávez, Daniel Ortega y toda esa izquierda rencorosa y totalitaria, intelectualmente deficiente, representada en Uruguay por los tupamaros, y en Colombia por los narcoguerrilleros comunistas Tiro Fijo o Mono Jojoy, gente de rompe y rasga que persiste en el sanguinario disparate de intentar construir una sociedad de acuerdo con el recetario estalinista.

Afortunadamente, me equivoqué. Hasta ahora casi todas las medidas tomadas por Lula han sido acertadas. ¿Qué otra cosa se puede decir de un gobernante comprometido con la responsabilidad fiscal, el control de la inflación, la reducción del gasto público, la protección de la propiedad privada, la atracción de inversiones extranjeras y la compasiva asignación de fondos especiales a esas decenas de millones de brasileños que sufren el síntoma más tremendo y urgente de la pobreza extrema: el hambre.

Pero es ahora, tras el viaje de Lula a Europa, cuando mi error se ha hecho aún más evidente. El mensaje de Lula en Europa ha sido totalmente liberal en el sentido exacto de la palabra: lo que se necesita es más comercio internacional, menos tarifas proteccionistas, más inversiones. Lo que se necesita, se deduce de lo que ha dicho Lula, es más globalización, no menos, pero globalización real y profunda. Y tiene razón: es un escándalo que los 30 países más desarrollados del planeta subsidien con nada menos que 360 mil millones de dólares anuales a sus ineficientes agricultores, o que la Casa Blanca encarezca artificialmente el consumo de acero con impuestos a la importación encaminados a proteger la carísima siderurgia nacional estadounidense.

La Unión Europea impone a las carnes importadas tarifas que sobrepasan el 800%, mientras los cereales, azúcar y productos lácteos se gravan en torno al 60%. ¿Quiénes pagan las consecuencias de esta política? En primer lugar, el 94% de la sociedad, esos consumidores de estos productos, que se ven obligados a abonarles un escandaloso sobreprecio al restante 6% de sus conciudadanos, astutos agricultores que han tenido la capacidad de intriga (o de soborno) necesaria para que los parlamentos los protejan de la competencia externa con tarifas abusivas. En segundo lugar, los millones de campesinos del Tercer Mundo, exportadores de productos primarios, que no pueden acceder a los mercados más ricos, mientras escuchan constantemente el cínico discurso de las virtudes del comercio libre.

Naturalmente, los argumentos de Lula, aunque incluyan una protesta contra la conducta del primer mundo con relación al proteccionismo, no lo acercan sino lo alejan a una velocidad sideral de la visión política y económica de sus hasta ahora compañeros de ruta. Ni Castro ni Chávez ni Daniel Ortega ni el uruguayo Tabaré Vásquez o Tiro Fijo creen que la humanidad necesita más globalización. Ellos son y se sienten antiglobalizadores, y cada vez que una multitud de descerebrados en cualquier lugar del mundo se manifiesta violentamente contra el comercio y los organismos internacionales, o cuando un energúmeno le pega fuego a un restaurante de fast-food, lo celebran como si acabaran de tomar La Bastilla. Lo que piensa esta secta herrumbrosa es que lo conveniente es no participar en acuerdos globales con las naciones desarrolladas, y mucho menos en transacciones realizadas con empresas privadas. Esa izquierda es antimercado, antioccidental, dirigista, inflacionaria, y el Estado en el que cree, precisamente, es el de la protección, los controles y el abultado gasto público. O sea, exactamente lo contrario de lo que Lula está haciendo en Brasil.

¿Cómo va a manejar Lula ese sordo enfrentamiento doctrinario con la familia ideológica de la que supuestamente proviene? Probablemente relegue su izquierdismo al ámbito de la política exterior como una forma de compensación, maniobra en la que fueron maestros los políticos mexicanos del PRI durante sus siete décadas de gobierno. Lula seguirá abrazando a Chávez, pese a estar convencido de que el coronel venezolano es un loco escapado del museo de cera de la Guerra Fría. Continuará apoyando a Fidel Castro con el débil argumento de que se necesitan relaciones cordiales con La Habana para mitigar los rigores de la dictadura. Persistirá en una suerte de antiamericanismo light de baja intensidad concebido para calmar los ardores revolucionarios de sus frustrados partidarios, siempre tan sensibles a cualquier ataque a los odiados yanquis. Pero esa diplomacia de izquierda es solo una cortina de humo para ocultar la esencia de su gobierno: estamos ante un político moderado que quiere mejorar el sistema, no destruirlo ni sustituirlo. Y en el raro mundo ideológico del que proviene, la sensatez hay que ocultarla como si fuera un crimen terrible. (Firmas Press)

El autor es analista internacional y periodista

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