¿Salario mínimo o mínimo salario?
El atajo hacia un mejor nivel de vida, al cual tanto aluden quienes propugnan por un salario mínimo, está por la vía de la disminución de costos y no por vía del aumento
John Bennett N.
gerencia@fundacionlibertad.org.pa
El salario mínimo es un anacronismo marxista que solo sirve para empobrecernos a todos. El mismo supone que en una economía pueden haber constantes que sean independientes del propio mercado; es decir, que se puede regular el valor de la remuneración por decreto. ¡Qué absurdo! Los izquierdistas saben muy bien que sus argumentos no están diseñados para calar en las mentes de los ilustrados, sino en el intestino de los más necesitados. De allí su éxito: juegan con la miseria de los demás.
El salario, sea el mínimo o cualquier otro, es imposible de establecer independiente del valor subjetivo de sus participantes y si se insiste en hacerlo, se corre el riesgo de crear distorsiones malignas. Pagar más por menos nos hace más pobres a todos, y pagar menos por más no es algo que se pueda hacer ni fácil ni constantemente.
Se repite como graznido de aves de mal agüero, que el problema en Panamá se debe "al modelo neoliberal". El único modelo que jamás ha tenido éxito es el comunista, el cual al fenecer, hizo que sus adictos pasaran de conocidos a anónimos, pues aprendieron que sus propósitos son mejor servidos desde las sobras. Por ello es que cada vez que se les atrapa en público y se les requiere que manifiesten su "modelo", gaguean y se tornan totalmente imprecisos y esquivos.
Yo me declaro liberal en el sentido original del término, que hoy día se define mejor llamándole libertario, para diferenciarlo del mal uso que se le ha dado al término liberal. En pocas palabras, creo en las libertades inalienables del ser humano y no creo en ningún sistema que pisotee esas libertades con la supuesta razón de una falsa solidaridad. La solidaridad que no emana del libre albedrío de los ciudadanos no es tal cosa.
Esas acusaciones que lanzan a diario ciertos "líderes" y que señalan a "los empresarios", son ilógicas y engañosas. Ilógicas porque todos los empresarios no pueden ser malos, al igual que todos los trabajadores no lo son. Engañosa porque se está usando el ardid de la generalización para fundamentar sus argucias. Cuando uno se refiere a "los empresarios" o a los "ricos", en realidad no se está refiriendo a nadie, sino solo se recurre a un instrumento de tipo visceral. Ojo: no creamos que los únicos actores en este drama son los individuos del sector laboral sindicalizado o del estudiantil radical, sino también los hay del sector empresarial y quizás allí estén los más perniciosos; los empresarios estatistas, aquellos que se nutren de gobiernos débiles y clientelistas, con los cuales conforman una dantesca alianza.
Quienes se pasan atacando de esta manera generalizada, son los representantes de una minoría; los trabajadores sindicalizados solo representan un 10% del total de trabajadores de la economía formal en Panamá. Si a ello le añadimos los que están en la economía informal y a los desempleados, entonces estaríamos hablando de una inmensa minoría, ante la cual me quito el sombrero, pues ha logrado doblegar a la mayoría hacia sus intereses, y más aún, ha logrado subyugar a todo el gobierno, dejándolo como una dañina no-entidad. No creo en las generalizaciones, por lo que huelga anotar que entre ese 10% de trabajadores sindicalizados, hay mucha gente buena.
El atajo hacia un mejor nivel de vida, al cual tanto aluden quienes propugnan por un salario mínimo, está por la vía de la disminución de costos y no por vía del aumento. Hasta el empresario más chambón sabe que en la disminución de costos está el éxito, y en Panamá hay mucha tela por cortar en este sentido, pero aun los propios medios de comunicación social se han dejado llevar por "la noticia".
Digo todas estas cosas con la mayor consideración a los trabajadores, estudiantes, periodistas, etc. porque todos son merecedores de la mayor consideración y respeto. Todos somos parte del mismo drama humano con todas sus imperfecciones y en mis palabras, aunque a veces son duras, no hay intención de malicia, sino todo lo contrario; la intención es de esclarecer para que prevalezca el bien.
Si la economía de mercado o la pobre implementación de la misma ha fallado o si la democracia nos ha defraudado, no es porque sean malos instrumentos, pues los éxitos abundan. No podemos increpar al martillo si al usarlo mal doblamos el clavo. Si no somos capaces de usar con éxito el único modelo que, aun siendo malo, es el menos malo, ¿qué esperanza tenemos en usar uno que ha fracasado en todos los casos?
Ningún sistema cuya filosofía está basada en usar a los seres humanos como peldaño de nobles propósitos puede ser bueno, y solo aquellos que logran el éxito sin herir los derechos a la vida, palabra, obra y propiedad -producto de esos derechos inalienables- pueden tener éxito. La democracia puede ser buen instrumento para lograr las libertades, pero mal usada también puede ser instrumento del dominio de mayorías sobre minorías o de minorías sobre mayorías.
El autor es presidente de APEDE y miembro de la Fundación Libertad
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