Panamá, 13 de julio de 2003
 
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Por culpa del bachillerato

Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net

Las enormes carencias de los estudiantes universitarios y las caricaturescas acotaciones de algunos funcionarios tienen una raíz común: las deficiencias del bachillerato. Mientras que aquéllos no aprendieron bien las materias que ahora necesitan para proseguir estudios superiores, a estos -los funcionarios-, encima, se les cruzaron los cables y han terminado por refundir en sus mentes conceptos de asignaturas bastante disímiles entre sí. Lo cual ha dado por resultado descripciones absurdas, explicaciones disparatadas e interpretaciones aberrantes de algunos acontecimientos.

Una muestra de tal confusión fue la euforia desbordada de los que acompañaron a la presidenta Moscoso en su entrevista con Bush. Al principio creí que de verdad se había abierto la posibilidad de que Panamá iniciara con Estados Unidos la negociación de un tratado de libre comercio, y que nuestros funcionarios eran conscientes de lo que tenían entre manos. Pronto me percaté de que en realidad se habían aprendido, como los malos estudiantes, dos o tres frases, sin saber cómo articularlas aunque fuera para ofrecer una explicación única. En lugar de eso, al final todos quedaron repitiendo que lo más importante había sido que entre la presidenta y Bush hubo química. Quizás la haya habido. Lo malo es que la química sirve para entender las propiedades de la materia, no para negociar tratados. Dicho en términos de asignaturas, una cosa es la química orgánica y otra las relaciones de Panamá con Estados Unidos. Ojalá aprendan pronto a distinguirlas, porque sospecho que los funcionarios estadounidenses creen más en los intereses comerciales y diplomáticos de su país que en los insondables fenómenos químicos que tanto cautivan a los nuestros.

(A propósito del TLC: no he visto ni oído una sola declaración de ningún funcionario estadounidense sobre el compromiso de Estados Unidos. Mucho me temo que esta exultación unilateral de los panameños comienza a parecerse a la situación de un bogotano muy respetable que solía alardear de mantener una medio correspondencia con el Papa. Al final de sus días, sus herederos le pidieron que les dijera dónde guardaba las cartas del Papa, y solo en ese momento reconoció que la medio correspondencia consistía en que él siempre le escribía al Papa, pero éste nunca le contestaba. En ese sentido, podemos decir que ya medio que tenemos un TLC con Estados Unidos: nosotros lo estamos festejando, pero ellos no se han dado por enterados).

Y si a algunos se les ha enredado la química con las relaciones entre Panamá y Estados Unidos, a otros se les olvidaron por completo las clases de principios de contabilidad. Nos acaban de presentar un informe (si así puede llamársele) de las finanzas del concurso Miss Universo, en el que el comité organizador anuncia con bombos y platillos que obtuvo un superávit de más de un millón de dólares. Las cuentas son, en números redondos, así: ingresos, 12 millones; gastos, 11 millones; ganancia, un millón. Dicho así parece lógico (como lógicos parecen algunos sofismas). Lo que omitieron decir es que de los 12 millones de ingresos, 9 los aportó el Gobierno. En otras palabras, el Gobierno gastó 9 y recuperó uno. ¡Magnífico negocio! Salvo que los principios de contabilidad y de lógica elemental que se enseñaba en las clases de filosofía hayan cambiado, cuando se aporta nueve y se recupera uno, ese uno no es ganancia sino que la pérdida es de ocho.

Si nos hubieran dicho que desde la celebración del concurso los hoteles están atiborrados y que los aviones llegan repletos de turistas ávidos de conocer el Figali Convention Center, podríamos pensar que los funcionarios viven un mundo de fantasías. Pero contabilizar como superávit el millón de dólares que quedó de los nueve que se aportaron, constituye una forma tan tontiloca de hacer las cuentas que bordea las fronteras de la burla para con sus semejantes. Por lo cual, repasar también las lecciones de urbanidad y civismo se convierte en urgencia notoria para los funcionarios.

Tantas carencias en el bachillerato explican por qué las materias que se enseñan en la universidad les resultan a algunos funcionarios completamente desconocidas: ética, por ejemplo, para comprender que los presidentes no deben adquirir las propiedades estatales que ocupan; o principios de banca para saber que, a diferencia de los alimentos, el dinero se conserva mejor en los bancos que en las refrigeradoras. Por suerte nuestros gobernantes, conscientes de los males que aquejan al sistema escolar, han dado con el remedio: instalar computadoras e internet en escuelas sin electricidad.

El autor es abogado y ex canciller de la República


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