Panamá, 13 de julio de 2003
 
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Entre ayer y hoy

Husein y Bush son dignos uno del otro y merecen ser enterrados en la misma fosa

Guillermo Sánchez Borbón

En su niñez, George Washington derribó un cerezo con su hachita. Cuando el papá le preguntó quién era el autor del desaguisado santeño, Georgie confesó: "No puedo mentir: fui yo". Esta bobada le ha hecho un gran daño a Estados Unidos. Cuando yo vivía en ese país, un amigo me dijo: "Aquí es más peligroso mentir que matar". Lástima que este amor a la verdad se aplique selectivamente.

Cuando el percance de Clinton con Mónica Lewinsky, los cavernícolas gringos vieron la oportunidad de deshacerse de un político demasiado inteligente, progresista y hábil para su gusto. El affair, que en cualquier otra nación civilizada de la Tierra no habría producido ni siquiera un fruncimiento de cejas, en Estados Unidos se convirtió en un escándalo mayúsculo. Los medios de comunicación gringos se prestaron a las siniestras maniobras de los fundamentalistas cristianos y otros homínidos -quienes nombraron como vocero del puritanismo a Kerr, un degenerado sexual- dedicando todos sus espacios noticiosos y editoriales a esa bagatela; se rebajaron al nivel del peor amarillismo. En el proceso se desacreditaron irreparablemente.

El resto del mundo no podía contener la risa ante aquel ataque colectivo de histeria, que tanto recordaba aquel de Salem. Pero los comentaristas gringos insistían en que lo grave no era la felación de Clinton, sino el haber mentido, que es lo mismo que hubieran hecho todos los maridos que conozco colocados en parecida situación. Además, ¿qué pretendían los homínidos? ¿que cada vez que un hombre se acueste con una mujer salga a pregonarlo a los cuatro vientos? Eso no lo hace ningún caballero. El Congreso, que en ninguna parte retrocede ante al ridículo, también se deshonró soldándose a la cadena de indignidades: pese a las advertencias de los mejores juristas de la nación, le siguió un juicio político a Clinton para sacarlo "legalmente" de la Presidencia.

Pues bien, el Gobierno estadounidense acaba de reconocer que Bush y sus cómplices mintieron descaradamente, no para tapar una indiscreción tipo Clinton, sino para algo incomparablemente más grave: arrastrar a su país a una guerra sin sentido. Voceros oficiales acaban de reconocer que las famosas pruebas sobre las arms of mass destruction de Husein eran falsificaciones. Y que el presidente et. al. no tenían absolutamente nada que avalara el cargo absurdo de que había una colusión entre Husein y al qaida, enemigos irreconciliables. Cualesquiera sean las defensas que eructen los homínidos, hago notar la diferencia fundamental entre los dos casos: nadie murió por la mentira de Clinton; por las mentiras de Bush han muerto (y siguen muriendo) decenas de miles (aquí incluyo las bajas iraquíes) de seres humanos, y se han gastado cientos de miles de millones de dólares, que hubieran podido servir para aliviar la situación de los 9 millones de desempleados, consecuencia de la política económica de Bush, tan desacertada como su política exterior.

A propósito del cerezo: la revista MAD (que Dios tenga en su gloria) mostró a un Richard Nixon -era en pleno escándalo Watergate-, quien, aunque de corta edad, ya tenía sombra de las cinco en las mejillas. El cerezo había sido tronchado por el hacha arboricida que el niño tenía en la mano. Nixon le decía a su padre: "No puedo mentir: yo no fui". Vamos a ver si el niño Bush nos viene con el mismo cuento, coreado por Rumsfeld, Cheney, Condolessa Rice, et, al. Y si los homúnculos de la televisión se hacen cómplices de una mentira tan costosa (en vidas y recursos). Porque sí fue él, como lo han corroborado todas las agencias de espionaje, cuyos informes el presidente se daba el lujo de ignorar, empeñado como estaba George Corazón de Ratón en embarcarse en una cruzada anacrónica.

Husein y Bush son dignos uno del otro y merecen ser enterrados en la misma fosa.

****Te recomiendo de todo corazón el simposio que va a celebrar ILDEA el lunes 14 de julio, en el Salón Coral del hotel El Panamá "El surgimiento del Istmo y sus efectos mundiales", tema que va a tratar el paleogeólogo Dr. Anthony Coates. La emergencia del Istmo no solo unió a todo el hemisferio, sino que produjo cambios en la Tierra que influyeron decisivamente en la evolución del hombre "We Are All Panamanians", como dice Kathy A. Svitil. Esta tesis la suscriben, además, científicos como Ernst Mayer (en su libro "What Evolution?"), Steven M. Stanley ("Children of the Ice Age") y muchos otros.

Por su parte, el conocido arqueólogo Dr. Richard Cooke, que ha dedicado su vida al tema, disertará sobre "La llegada del hombre a Panamá y su influencia en el medio ambiente". No dejes de ir.


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