Panamá, 13 de julio de 2003
 
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'¡Yanqui, come home!'

Es solo de EU (y de ningún otro) del que las naciones o los grupos enfrentados esperan alivio o ayuda para mitigar sus desdichas

Carlos Alberto Montaner

MADRID. -Así decía la pancarta: "¡Yanqui, come home!". Traducción libre: "Estados Unidos: invádannos". La opinión pública mundial no estaba preparada para contemplar el espectáculo de muchedumbres de manifestantes que pedían la intervención militar de Estados Unidos en Liberia para poner fin a la guerra civil que sufre el país. No solicitaban tropas de la ONU, la OTAN, Rusia o la Unión Europea. Tampoco de la Organización para la Unidad Africana. Querían a los gringos. ¿Por qué? Sin duda, porque hay unos viejos lazos históricos. Liberia fue fundada por ex esclavos estadounidenses que regresaron a su patria africana. Pero, también, y en mayor grado, porque es evidente que Estados Unidos posee el poder militar y la capacidad económica para separar a los contendientes, restaurar el orden, organizar la burocracia y echar a andar el país. Solo falta saber si en esta oportunidad, tan cerca de la aventura iraquí, tiene la voluntad de hacerlo.

Los liberianos no son los primeros ciudadanos del planeta que intentan atraer el enorme peso de Washington en su propio beneficio. Churchill, durante la Segunda Guerra, puso en juego toda su astuta capacidad de seducción para arrastrar a Estados Unidos al conflicto. Y los cubanos, desde fines del siglo XIX, hasta 1933, fueron unos maestros en el sibilino arte de involucrar al vecino en sus querellas internas, incluidos los conatos de guerra civil de 1906, 1912 y 1917. "Si uno convive con un elefante, el truco consiste -decía un político de aquella época- en adiestrarlo para que aplaste a tus enemigos y luego te lleve los niños a la escuela".

Estados Unidos, especialmente tras el 11 de septiembre, siente que se han intensificado sus urgencias de liderazgo. Durante su campaña presidencial, George W. Bush defendió la posición pragmática de cierto republicanismo aislacionista. Pero como presidente le ha tocado ejercer dentro de la tradición intervencionista wilsoniana, comprobando que la opinión pública, en general, se entusiasma con ese papel de superpotencia hegemónica, promotora de "grandes-causas-en-favor-de-la-humanidad".

Es conveniente examinar con toda frialdad este fenómeno: Estados Unidos no solo tiene un poder descomunal, sino que su población no pone mayores reparos en ejercerlo. Lo que nos lleva de la mano a la aceptación de un dato muy incómodo para las vastas tribus antiamericanas que pueblan el universo: es solo de ese país (y de ningún otro) del que las naciones o los grupos enfrentados esperan alivio o ayuda para mitigar sus desdichas.

Cuando la antigua Yugoslavia saltaba en pedazos, Europa demandó el liderazgo estadounidense para poner fin al matadero. Cuando palestinos y judíos decidieron comenzar a hablar en serio de la paz, llamaron a los estadounidenses como garantes. Es verdad que hay cinco potenciales actores internacionales (la ONU, Rusia, la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos), pero el único con capacidad real para actuar solo, sin ayuda de nadie, es Estados Unidos, mientras los otros cuatro difícilmente se moverían sin la complicidad directa o indirecta de la Casa Blanca.

En realidad, esa asimetría no es una ventaja, sino una tremenda y costosa responsabilidad. Mucho más cómoda es la posición de Brasil, un gigante territorial del tamaño de Estados Unidos, o de Japón, la segunda economía del planeta, pero países de los que se espera muy poco como factores de pacificación y estabilización internacionales. Ni los gobiernos ni las sociedades de esas naciones -o de casi el resto del mundo- sienten la menor pulsión moral u obligación política que los precipite a la intervención en los asuntos internos de otros pueblos, aunque esos asuntos internos sean terribles genocidios como los llevados a cabo en los Balcanes, Burundi, Sierra Leona, o ahora en Liberia.

Y no se trata de distancia o de escasos vínculos históricos o culturales. Dentro del ámbito de nuestros propios pueblos iberoamericanos: ¿cuántas naciones -gobierno y pueblo incluidos- de América Latina estarían dispuestas a respaldar militar y económicamente a Colombia en su lucha contra las narcoguerrillas comunistas, en el caso de que esa República sudamericana estuviera a punto de un colapso? Lo probable es que América Latina en bloque llamaría a la puerta de Washington implorando ayuda para evitar una catástrofe de esa magnitud, pero no sería capaz de utilizar la fuerza para asistir al país "hermano" en peligro.

Ojalá que Estados Unidos encabece una fuerza internacional que pacifique a Liberia y a esa especialmente torturada región de Africa. No es mucho lo que se puede lograr, y sería absurdo generar grandes expectativas, pero al menos hay una débil esperanza: poco a poco parece que Senegal va creando una cierta tradición democrática en la zona, mientras fortalece las instituciones que le dan vida a un embrionario estado de derecho. Con una combinación de suerte, tiempo y asesoría, tal vez el ejemplo se propague en la zona. Estados Unidos acaso sea la última esperanza de esa pobre gente. (Firmas ¨Press)

El autor es periodista y analista internacional

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