Panamá, 13 de julio de 2003
 
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Gente de Bagdad

Vargas Llosa visita Bagdad y encuentra una ciudad en la que reinan la inseguridad, la incertidumbre, la penuria económica y los atentados terroristas

Mario Vargas Llosa

El capitán Nawfal Khazal Aied Abdala Al-Dolame es un hombre alto, serio, escurrido, de ademanes elegantes y cara de pocos amigos. Estudió en la Academia Militar de Al Amiriya, en las afueras de Bagdad, y después pasó varios años en el Ministerio de Defensa. Pero cuando las cosas se pusieron bravas para el régimen fue destacado a un batallón de combatientes en Basora, resistiendo a los soldados de la coalición. Luego, su batallón se retiró hacia Bagdad y allí sus jefes decidieron que era inútil oponer resistencia y despacharon a oficiales y soldados a sus casas.

En su hogar se enteró que la CPA (Coalition Provisional Administration), que preside el embajador Paul Bremer, había licenciado al casi medio millón de hombres de las Fuerzas Armadas de Husein y que era un desempleado. Desde entonces, se gana la vida como guardaespaldas, profesión que, dada la anarquía reinante, se ha vuelto muy solicitada.

Armado de una pistola (autorizada por la CPA), y por la módica suma de cien dólares, me sigue por donde voy como una sombra. Como guardaespaldas, es de una inutilidad encantadora. La única vez que sus servicios fueron necesarios, en la mezquita del Imán Alí, en la ciudad sagrada de Najef, donde un chiíta exaltado intentó agredir a mi hija Morgana, que tomaba fotos en medio de la masa de fieles ululantes, solo atinó a llevarse las manos a la cabeza y a lamentarse de semejante manifestación de incultura.

Fueron otros creyentes los que salvaron a Morgana del manazo que le iba dirigido. Pero el capitán de nombre interminable a mí me cae muy bien. Sin que su cara dura de Fierabrás se altere lo más mínimo, suelta de pronto barbaridades de este calibre: "Soy musulmán de noche y de día cristiano, para así poder tomarme una cerveza helada". Lo comprendo: no hay trasgresión que un bípedo normal no esté dispuesto a cometer para aplacar este infierno de 50 grados a la sombra que es Baghdad.

El capitán conoce muchas historias de Uday, el hijo de Sadam Husein, que ha robustecido la tradición según la cual los hijos de los grandes sátrapas suelen superarlos en iniquidades y crímenes. Las historias que oigo a diario sobre los vástagos del dictador iraquí me recuerdan, como una pesadilla recurrente, las que oía en la República Dominicana, sobre los hijos del generalísimo Trujillo. Pero sospecho que Uday batió incluso el récord de Ramfis y Radhamés Trujillo, por ejemplo, haciendo devorar por una jauría de perros bravos al ministro de Salud del régimen, el Dr. Raja. La historia que el capitán conoce de cerca tiene como protagonista a una muchacha muy bonita, nacida en Samarra, de una familia que se ganaba la vida como maestra y cuyo nombre me oculta por pudor.

Uday Husein la vio en la calle, cuando la chica iba rumbo a la escuela. Ordenó a sus guardaespaldas que se la llevaran y cargó con ella a uno de sus palacios, donde la muchacha estuvo a su merced cerca de dos meses. Cuando la dejó partir, la familia, avergonzada, se trasladó con ella a Mosul, donde vive todavía. El capitán me asegura que la cifra de por los menos 300 mujeres secuestradas de este modo por el psicópata criminal (que todavía anda prófugo) es un cálculo absolutamente realista.

A pesar de no hablar árabe, yo entiendo todo lo que oigo a mi alrededor gracias al traductor de lujo que tengo: el Dr. Bassam Y. Rashid, que es profesor de la Universidad de Bagdad. Se doctoró en la Universidad de Granada. Allí nació su hijo Ahmed, quien vive todavía soñando con su infancia granadina como otros sueñan con el paraíso.

El profesor Bassam Y. Rashid fue misteriosamente llamado un día por Sadam Husein para que le sirviera de intérprete cuando vino a visitarlo Hugo Chávez, el demagogo que gobierna Venezuela, y estoy seguro de que debe guardar anécdotas sabrosas. Pero no lo interrogo al respecto porque, conociéndolo, sé que guardará el secreto profesional más estricto y no abrirá la boca.

Porque el profesor Bassam es una de esas personas decentes que son la reserva moral de un país, a las que las dictaduras frustran y arruinan, pero que son capaces de sobrevivir con sus valores morales intactos a la vileza, al miedo, a la corrupción y a la estupidez.

En estos diez días que hemos compartido no lo he oído quejarse una sola vez de los infinitos padecimientos de que es víctima, como casi todos sus compatriotas: la total inseguridad, la incertidumbre, la falta de luz, de agua, de autoridades, el avance terrorífico de las basuras por todas las calles y veredas, el caos reinante, la penuria económica, los atentados terroristas, los atracos callejeros.

La única vez que le vi la cara descompuesta por la tristeza fue mientras me mostraba las bibliotecas y las aulas saqueadas y carbonizadas de la universidad donde se ha pasado la vida, en la orgía vandálica que se apoderó de Bagdad a la caída del régimen de Sadam Husein y destruyó literalmente, entre otras miles de instituciones, viviendas y locales, las cinco universidades de la capital iraquí. Pero él no se da por vencido. La libertad siempre es buena, aunque haya que pagarla cara, dice.

En su muy modesta vivienda del barrio de Al-Magreb, él y su esposa me reciben con la magnificencia de Las mil y una noches, en la mejor tradición de la hospitalidad árabe, aunque ello les signifique, me temo, tener que ayunar luego varias lunas.

Si, por casualidad, alguno de estos días las circunstancias de la vida lo traen a Bagdad, procure conocer al Dr. Bassam Y. Rashid, porque solo hablar con él unos minutos le levantará el ánimo.

Y, después, dese una vueltecita por el viejo centro de la ciudad y vaya a la Torre del Reloj, a orillas del Tigris. No para gozar del espectáculo de los jardines del antiguo edificio que fue sede del Gobierno en los tiempos de la monarquía, donde fue coronado, en 1922, el rey Faisal I. Todo eso ha sido destrozado y volatilizado por los Ali Babás. Y los saqueadores, no contentos con llevarse las ventanas, las puertas, las vigas, los fierros, las baldosas de la histórica construcción, lo que no consiguieron arrancar lo desportillaron, quebraron, desventraron y astillaron, de modo que, allí, tendrá usted la impresión de estar pisando lo que fue el epígono de un devastador terremoto. No. Peregrine usted hasta allí porque, como me ocurrió a mí, es muy posible que se dé de bruces con el simpático y afable Jamal N. Hussein, un bagdadí cuarentón, pequeñito y formal, que trabaja en la Biblioteca del Museo Nacional y saborea el inglés como si fuese azúcar. Es efusivo y estará encantado de contarle su historia. El vivía allí, en los altos de un local contiguo a la gobernación. Cuando estallaron los saqueos, estaba en la calle y corrió hacia aquí, pensando en su departamento. Cuando llegó, acezante, los Ali Babás ya habían dado cuenta de todas sus pertenencias -sus libros, sus ropas, su música- y estaban prendiéndole fuego. Desde estos jardines vio cómo el humo daba cuenta de todo lo que no le habían robado.

Pero, lo verdaderamente interesante no es esta ocurrencia banal que han compartido cientos de miles, acaso millones de iraquíes, sino que, a estas alturas de su relato, el delicado Jamal N. Hussein alzará un poco la voz y con ademanes enérgicos le hará saber que a él que los Ali Babás le birlaran sus cosas y le quemaran su casa no le importa tanto, que él puede sobrevivir a esa prueba. Lo que lo angustia, desespera, mantiene desvelado en las noches, y lo que lo trae aquí todos los días y lo mantiene inmóvil y suspenso en estos jardines destrozados, es su Fiat.

Y entonces, agitando su manita de niño, Jamal N. Hussein le dirá: "Venga, señor, venga a conocerlo". Era la niña de sus ojos, más que un perro o un familiar: una amante o un diosecillo personal. Lo limpiaba, lo cuidaba, lo mostraba a los amigos con regocijo y admiración. Y cuando usted vea los restos mortales del Fiat, en una esquina del desvestido jardín, esa madeja de fierros retorcidos y carbonizados asoleándose bajo el fuego inclemente del verano iraquí, verá que los ojitos pardos de Jamal N. Hussein se humedecen de melancolía. Le recomiendo que, en ese momento, parta. Márchese de puntillas y deje a ese hombre triste sumido en su nostalgia.

Si está muy deprimido, a menos de 200 pasos de allí, entre casas en escombros y basurales pestilentes, en una calle ruinosa que hace esquina con la angosta calle de Al-Mutanavi, donde todos los viernes hay una abigarrada feria de libros viejos, se encuentra un atestado cafecito inmemorial de nombre sorprendente: "Café del Adalid de los Mercaderes". Vaya allí y le mejorará el ánimo, se lo aseguro. Sin dejarse intimidar por la espesa muchedumbre masculina que lo atesta, entre usted en el café, y, dando codazos, hienda aquella clientela y siéntese en el hueco que encuentre. Pida usted un té, un café, o una narguila, y póngase a charlar con su vecino. Si tiene suerte, conocerá al abogado sin nombre con el que yo compartí un estrechísimo asiento llameante que me escaldaba el trasero.

Ancho y jocundo, bañado en sudor, masticaba la boquilla de su narguila y arrojaba nubecillas de humo, mientras soltaba sus amables impertinencias. Tenía unos anteojos oscuros y una gran melena negra y ondulada. Me contó que su profesión era la abogacía pero que, como, dados los últimos acontecimientos, este país se había quedado sin tribunales, sin jueces, sin leyes, y por lo tanto sin litigantes, él, después de una exitosa carrera en el foro, había pasado a ser una nulidad, una "no persona", casi una no existencia. "Imagínese, el país que dio al mundo la primera recopilación de leyes de la historia -el Código de Hammurabi- es ahora un país sin leguleyos". Su sonrisita burlona mariposeaba por el abrasado local como dando por sobreentendido que eso, a alguien como él, le importaba un comino. El mientras estuviera aquí, rodeado de los poetas, literatos y vagos que son los parroquianos del "Café del Adalid de los Mercaderes", con un lento narguila en la boca, en las manos y en la cabeza, era un hombre risueño y sin problemas.

"¿Quién cree usted que gobierna Bagdad?", preguntó de pronto, manoteando en el aire y adoptando una postura de diva que atrajo la atención de todo el mundo, "¿Los norteamericanos?". Unos segundos de silencio y expectativa. Por fin, el abogado dio la esperada respuesta: "No, habibi. Los verdaderos dueños de Bagdad son los Ali Babás, las cucarachas, las chinches y los piojos". Una educada risita colectiva lo festejó. A los otros parroquianos, que le deben de haber oído muchas veces esos chistes, no les hizo mucha gracia. Pero, a mí, sí. El cinismo estoico es una bocanada de civilización en estos casos, una excelente estrategia de los seres pensantes contra la desesperación.


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