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Por una cultura laica

El autor considera que la idea de Aznar de incluír una referencia directa a la ehrencia cristiana y a Dios en la naciente constitución de la comundiad europea es un disparate antidemocrático

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

En 1905, el Parlamento francés decidió implementar una ley para separar la iglesia y el Estado. Esta conquista histórica debió afrontar enconados debates y manifestaciones. Fue una victoria de la libertad del individuo, promovida por grandes pensadores y filósofos de los Siglos XVIII y XIX. Desde entonces, el laicismo se funde con la República. Esto no significó el rechazo o la negación de la religión cristiana, sino la garantía del ejercicio de todas las confesiones en el marco de la tolerancia y el respeto. Durante los primeros años de promulgada la ley, el ejército tuvo que entrar en las escuelas para remover de las paredes crucifijos, velas y estampas divinas. La iglesia, al percatarse de que su influencia, iba en decadencia, se apresuró a fundar escuelas privadas que enseñaban tanto ciencia como catecismo, con el principal objetivo de diseminar su evangelización para conservar poder político y económico.

El despojo de ataduras doctrinarias y progreso intelectual de España fue mucho más tardío. En los tiempos de Franco, la iglesia católica constituyó un pilar importante de la ideología política del régimen. La religión se entrometió en todo, interviniendo para censurar obras de arte, escritos filosóficos y modos de pensar. Esta nefasta influencia contribuyó a su aislamiento y a su subdesarrollo económico y cultural.

Con la afortunada desaparición del tirano, España ha vivido una transformación extraordinaria y hoy puede presumir de ser uno de los países europeos más desarrollados en todos los ámbitos del conocimiento y tecnología. Esta etapa de renacimiento cultural y libre pensamiento ha emergido en fraternal paralelismo con el fortalecimiento de una cultura laica tanto en la modificada constitución como en las instituciones educativas.

Hace tan solo un par de semanas, sin embargo, Aznar intenta incluir una referencia directa a la herencia cristiana y a Dios en la naciente constitución de la comunidad europea y pretende equiparar la asignatura de la religión católica a la de otras materias en el currículo escolar. Este disparate antidemocrático obedece a la profunda influencia del Opus Dei en las huestes, de tendencia fascista, del partido popular, similar a la de los predicadores protestantes en los cimientos ultra-derechistas del partido republicano en Estados Unidos. Europa está en la fase de consolidar la democracia de sus miembros tradicionales y de estimularla en sus nuevos integrantes pero, paradójicamente, el presidente español procura alinearse con la iglesia, uno de las instituciones más antidemocráticas que existe.

El futuro de Europa -y del mundo- dependerá del fortalecimiento del multiculturalismo y de la tolerancia pacífica entre las etnias y culturas que integran la emergente comunidad. Todas las creencias y costumbres deberán tener cabida, bajo un clima de respeto y cumplimiento con los derechos humanos, las libertades públicas y privadas y la naturaleza laica de la Constitución y del sistema educativo. La Constitución europea -ojalá también la nuestra- deberá ser aconfesional y permisiva al libre ejercicio de todas las corrientes religiosas y no religiosas, garantizando la convivencia pacífica y armónica entre creyentes y no creyentes, entre cristianos, musulmanes, judíos y budistas, entre negros, blancos, amarillos y aborígenes.

En el plano educativo, es menester reforzar las asignaturas que implican conocimiento (ciencias, letras, matemáticas), comunicación (informática, idiomas), valores morales (civismo, ética), expresiones culturales (teatro, pintura, poesía) y entretenimiento (recreación, deporte). La religión debe enseñarse en el hogar, de acuerdo a lo que crea y profese cada familia. Si se desea impartir en la escuela, esta debería ser incorporada a la materia de historia, con el propósito de conocer, sin sesgo alguno, los fundamentos históricos y preceptos de cada una de las doctrinas que existen en el mundo. Quizás, para evitar enfrentamientos estériles iniciales, convendría establecer un período de transición en el cuál la religión sería una asignatura optativa, pero nunca un requisito para pasar de grado. El conocimiento se mide con exámenes y calificaciones, la fe no puede ser objeto de similares requerimientos.

En estos tiempos de globalización, los individuos que demuestren conocimientos, productividad, eficiencia y habilidad comunicativa serán los triunfadores del nuevo milenio. Si a estas cualidades, se les suman la ética, solidaridad, tolerancia y respeto hacia los demás, el mundo no solo será más próspero y placentero, sino más justo y pacífico. Así quiero que sean educados mis hijos, independientemente si deciden venerar a Dios, Alá, Jehová, Buda o solamente a la naturaleza.


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