Encuentro
El epílogo de este extraordinario trabajo nos enseña que Hispanoamérica es un solo pueblo y que nuestro destino será generoso si pensamos en el futuro como algo que se obtiene con esfuerzo y sacrificio
Rubén M. Castillo Gill
rcastillo@mavclex.com
El mar tiene un impacto determinante en nuestras vidas, ya que a través de él nos llegó la conquista, se determinó nuestro papel como ruta necesaria para ir de un océano a otro y se solidificó una cultura que crece en medio de la musicalidad que viene de lugares tan disímiles como España y Africa, y de nuestras inmemoriales tradiciones indígenas que, generalmente, están vinculadas a ese espacio donde el azul y el verde se entremezclan y donde la mirada se pierde.
Recientemente pude admirar un monumental trabajo musical que patrocinó el Banco Popular de Puerto Rico en el cual se relatan las vivencias de tres grandes compositores latinoamericanos: Rubén Blades, Juan Luis Guerra y Robi Draco Rosa. El documental revela las afinidades entre el pueblo puertorriqueño, el dominicano y el panameño, y también la mágica influencia que ejercen en las inspiraciones de estos artistas las vivencias en los barrios de nuestras ciudades.
Rubén Blades, situado en el paseo de Las Bóvedas, recuerda su infancia en la Plaza Herrera y sus inicios como músico en el antiguo Club Unión. Para él, el histórico barrio de San Felipe era un continente donde se gestaron ilusiones y donde la condición de pobre se llevaba con dignidad y decoro. Allí entendió que se valora más lo que cuesta y que la mejor definición del fracaso es no intentar. Aprendió que al ver el mar, el horizonte se convierte en un secreto por descubrir.
Juan Luis Guerra, desde el balcón de un condominio, sigue el curso de la entrevista observando la inmensidad del mar y la inconmensurable belleza del cielo azul de Quisqueya. Guerra dice que su música se fue formando desde su infancia cuando escuchaba la música que le gustaba a su padre. Confiesa que el papá era un seguidor de Agustín Lara y que él admiraba a Los Beatles.
Extrañamente, Rubén Blades coincide en que el rock and roll de la década del 50 y del 60 determinó su apasionamiento por la música y que los acontecimientos del 9 de enero de 1964 le dieron un giro a su visión sobre las cosas. Blades, a raíz de esta gesta, escribió varias canciones con un hondo contenido social que lograron diferenciarlo del resto de los músicos que usaban el género tropical solo para darle alegría a las caderas.
Por su parte, Robi Draco Rosa evoca sus recuerdos en una calle adyacente al barrio de La Perla en San Juan. Allí reivindica su puertorriqueñidad, ya que a pesar de haber nacido en la ciudad de Nueva York sus raíces no se desvanecen. Para él su patria es Puerto Rico y sus sentimientos están anclados en ese bendito pedazo de tierra.
Musicalmente el especial es sensacional. Se repasan las canciones tradicionales de los tres artistas, en un escenario que evoca la vida cotidiana de nuestros barrios. Las escenas de la ropa colgada en los balcones, del vendedor de frutas y de la virtual inocencia de los niños jugando en la calle, me transportaron a los espacios más dulces de mis memorias.
Sentí una honda emoción cuando el sonido de la percusión anunciaba el tema Patria. En un sentido dúo Robi Draco Rosa y Rubén Blades anuncian que nuestra patria se extiende a toda Latinoamérica y que, al final, está presente en las manos de nuestras abuelas, en el abrazo de los amigos o en el recuerdo de la mirada de una madre difunta.
El epílogo de este extraordinario trabajo nos enseña que Hispanoamérica es un solo pueblo y que nuestro destino será generoso si pensamos en el futuro como algo que se obtiene con esfuerzo y sacrificio. Ojalá que en ese combate tengamos la determinación del mar que baña nuestras costas.
El autor es abogado
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