Por una libra de carne
Aristides Royo
Hubo un gran panameño que, no siendo funcionario durante la década del setenta, puso a la disposición de la causa panameña por la recuperación del Canal la amplia gama de amistades, contactos y conexiones personales que él tenía en Estados Unidos. En efecto, muchas puertas se nos abrieron gracias a Roberto Heurtematte, lamentablemente fallecido. Don Bob, como solíamos llamarle, hizo múltiples viajes a Nueva York, Washington y Miami, todos por su propia cuenta y costo, para hablar sobre las negociaciones y convencer a influyentes periodistas, senadores, militares, empresarios y políticos, de que entregarle el Canal a Panamá, luego de un razonable período de transición, le brindaría a Estados Unidos paz en el istmo y prestigio en el mundo, especialmente en el continente americano. Creo por ello que valdría la pena darle su nombre a una calle o avenida y quizás colocar un busto en su honor en el edificio de la Administración del Canal, como un ejemplo de desinteresado patriotismo para las generaciones presentes y futuras.
El 14 de abril de 1955, tres meses después de la firma del Tratado de Entendimiento y Cooperación entre Estados Unidos y Panamá, el Gobierno del norte anunció sorpresivamente que no enviaría el tratado al Senado para su ratificación, si antes no se le pagaba la deuda de 800 mil dólares que, en su opinión, se le debía en concepto de agua. Vale la pena recordar a las jóvenes generaciones que no conocieron cómo era la Zona del Canal, que los estadounidenses tomaban el agua de nuestro propio río Chagres, la procesaban en la planta instalada en Miraflores, que estaba bajo su jurisdicción, y luego nos la vendían a los panameños. En 1953 decidieron elevar en un 30% la tarifa del agua que suministraban a las ciudades terminales de Panamá y Colón, y como esta alza unilateral fue motivo de discusión entre ambos gobiernos, el de Panamá suspendió los pagos que hacía por el uso de nuestra propia agua, mientras se resolvía el diferendo surgido.
Bob Heurtematte era en ese entonces contralor general de la República y, antes de ocupar este cargo, había estado en Washington como embajador de Panamá. Raudamente expresó su sorpresa y, atónito, señaló que Panamá pagaría esa deuda el 30 de junio de 1960. Añadió que: "Estados Unidos estaba exigiendo una libra de carne. Esto se hace cuando se está muy disgustado con alguien. Por mi vida, no puedo comprender por qué Estados Unidos debe adoptar tal actitud contra Panamá. Tampoco puedo entender por qué un tratado negociado por nuestros dos gobiernos deba ser juzgado, en cuanto a su ratificación, basado en el pago de una deuda".
La alusión a "una libra de carne" hecha por Don Bob, hacía referencia a la célebre obra de William Shakespeare titulada El mercader de Venecia, en la cual un avaro acreedor exige el pago perentorio de una deuda, en dinero o, en caso contrario, en una libra de carne cortada a su voluntad del propio cuerpo del deudor.
El presidente Ricardo Arias Espinosa consiguió, un par de días después, el 16 de abril de 1955, una partida de un millón de dólares para pagar la deuda reclamada de modo tan inusual y de tan poca diplomática manera y, además, la suma adicional de 175 mil dólares, que representaba el monto de un viejo reclamo planteado en Estados Unidos por un grupo de ciudadanos de California, sobre un negocio de tierras en la finca El Encanto, ubicada también en la república de Panamá. Una acción parecida a esta adoptó años más tarde el presidente Demetrio Basilio Lakas, frente a los reclamos de una doctora en psiquiatría que había sido atropellada por un vehículo conducido por un diplomático panameño en la ciudad de Washington. Todas las semanas, entre una sesión y otra, los negociadores Bunker y Linowitz nos recordaban el tema de la indemnización solicitada por la psiquiatra y, de vez en cuando, algún acucioso periodista hacía lo mismo. A diferencia de la libra de carne por la acuática deuda de 1955, la cuenta del atropello se pagó antes de la firma de los Tratados Torrijos-Carter y menos mal que así lo hizo el presidente Lakas, pues de lo contrario nos habrían planteado la necesidad de dar satisfacción al reclamo extrajudicial, como requisito sine qua non para la ratificación. El gran Bob Heurtematte debió haber conmovido los cimientos del Departamento de Estado, pues -seguramente con su acostumbrada sonrisa y el característico achinamiento de sus ojos- cerró el mezquino incidente expresando que su intención no había sido la de ofender a ese país. La verdad es que, como buen patricio que sí era, no dijo Diego donde dijo lo que dijo, es decir, no dijo que dijo Diego y mantuvo su opinión con la entereza que lo caracterizaba.
El autor es abogado y ex presidente de la República
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