Panamá, 30 de junio de 2003
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Individuo y sociedad: fines y medios

Nuestra sociedad ha invertido la relación entre individuo y Estado, trastocando completamente los valores y reduciendo las libertades individuales a la categoría de un mero chiste negro

Jaime Raúl Molina
jrmolina@cwpanama.net

Desde la edad escolar nos inculcan de manera muy repetitiva que el hombre es un animal social. Esto es muy cierto, pero en lo que fallan los científicos sociales es en llegar de aquella premisa, a la conclusión de que el individuo debe supeditar sus intereses a los de la sociedad, y que por tanto esta, a través de la maquinaria estatal, tiene el derecho y el deber de regular y someter a los individuos.

Lo anterior es completamente absurdo, porque si bien es cierto el ser humano vive en sociedad desde hace millones de años, este se asocia con otros individuos precisamente porque vivir en grupo favorece sus propios intereses. Pensemos en nuestros antepasados por un momento: Un cazador solitario no es ni lejanamente tan eficiente en capturar presas importantes, en comparación con un grupo de cazadores organizados. Las presas logradas en actividades de cacería en grupo son, por mucho, más grandes y jugosas que la suma de lo que lograría cada uno de sus miembros por separado.

Lo mismo sucede con la agricultura y la ganadería, que ocurrieron en una etapa humana posterior, así como en cualquier otra actividad humana. La cooperación se da cuando varios individuos se percatan de que asociándose con otros pueden lograr mucho más para todos.

Pero observad bien que la asociación de varios individuos se da por el ejercicio libre de sus respectivas voluntades, y porque cada uno considera que asociándose logrará mayores beneficios que si se mantiene solo. En el momento en que una persona siente que en el grupo le va peor que si se mantuviera sola, inmediatamente se separa del grupo.

La sociedad entonces es claramente el medio que utiliza el individuo para lograr sus fines. Lamentablemente, esta naturaleza de la relación sociedad-individuo como de medio a fin, se trastoca e invierte cuando la agrupación se vuelve demasiado numerosa y aparece el Estado, es decir, un grupo de políticos que comienzan a hablar de 'grandes' y 'sagrados' fines y metas que requieren la cooperación de todos los miembros de la sociedad. Aquí ya el que habla no es cada individuo expresando sus intereses, sino que hay un grupo particular de individuos que dice representar la voluntad y los intereses de todos los demás.

Pero más importante aún es la terminología de "miembro" de la sociedad. Con esta terminología se transmite la idea de que el todo lo es la sociedad, y cada uno de los individuos no es más que un componente de aquella. Cuando esta terminología del individuo como "miembro" de la sociedad es aceptada, ya estamos a medio camino hacia la reversión de valores que resulta en el absurdo de considerar que la sociedad es el fin y que el individuo es el medio.

Y estos políticos están rodeados de otras personas que comparten sus mismos intereses, y en conjunto forman la clase dominante, que en diversas etapas de la evolución social del hombre ha tenido variados nombres: aristocracia, nobleza, clero... y ahora en la democracia moderna le llamamos la 'clase política'. Lo más característico de este pequeño grupo dentro de la sociedad es que:

1. Dice representar los intereses de todos los individuos asociados;

2. Dice tener conocimientos, habilidades y virtudes más elevadas que las del resto de la población, y por tanto, son ellos y más nadie quienes merece tener el cetro del poder;

3. Más temprano que tarde, alegan que los "intereses de la sociedad como un todo" (léase, los intereses de ellos mismos como pequeño grupo) son tan elevados y tan importantes, que la sociedad no puede permitirse que algunos miembros individuales (las ovejas negras) se separen del rebaño, pues esto puede poner en serio peligro la consecución de las grandes metas de la sociedad. De aquí nace la soberanía del Estado, es decir, la capacidad de un pequeño grupo de políticos de imponerle a los demás su propia visión del mundo, y por consecuencia una serie de obligaciones como impuestos, servicio militar, subsidios, tarifas de protección, etc.

Tener un Estado fuerte y activo es incompatible con la libertad. El llamado Estado solo puede actuar a través de la coerción. No hay tal cosa como un Estado sin coerción. Los impuestos, las regulaciones, los llamados incentivos, la dirección y la planificación estatal de la economía, necesariamente implican que el Estado tenga poder coercitivo. Es decir, que son unos pocos, los políticos, los que determinan qué es el Estado, con fundamento únicamente en su propia visión de las cosas, una visión que es exclusiva y excluyente de la de los demás asociados. Y entonces ese grupito de políticos determina en su planeación de las cosas, la función que cada uno de los individuos asociados debe cumplir, y ¡ay del individuo que desafíe tan "sagrada" visión y ponga en peligro el logro de sus sublimes metas.

Por lo anterior, hay que entender que mientras más poderes tenga el Estado (léase, los políticos) sobre los particulares, menor será la libertad de estos. Pretender que una mayor iniciativa individual pueda lograrse mediante la planificación centralizada por el Estado, es como decir que los presos en una penitenciaría serán cada día más libres si les aplican castigos liberadores.

El autor es abogado y miembro de la Fundación Libertad

Además en opinión

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