La cuarta mentira del panameño
El país resiste varios escándalos más porque se acostumbró a convivir con ellos, y los asimiló como parte de la vida cotidiana
Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net
Las tres primeras son harto conocidas y tan antiguas como la República. La cuarta se ha posicionado recientemente, pero en poco tiempo se ha repetido tanto como las anteriores: este país no resiste un escándalo más. Después de cada uno -es decir, por lo menos dos veces a la semana- se sentencia lo mismo, como si ese de verdad fuera a ser el último, y que el siguiente de seguro habrá de rebasar la copa. Falso. El país resiste varios escándalos más porque se acostumbró a convivir con ellos, y los asimiló como parte de la vida cotidiana, igual que los tranques vehiculares y los aguaceros tropicales. Esa es la verdad y nuestra tragedia: ni siquiera nos asombra el haber perdido la aptitud de asombrarnos.
La cúpula gubernamental conoce mejor que nadie que nuestra facultad de indignarnos yace en el fondo del mar, como el malhadado helicóptero hundido a balazos por los encargados de mantenerlo a flote. Y como para borrar todo vestigio de aquel escándalo (a su vez opacado por el de los durodólares), la casa de Punta Mala, gracias a un capricho y a una licitación cuidadosamente programada, acaba de dejar de ser una propiedad del Estado para convertirse en parte del patrimonio de la familia Moscoso.
Debo reconocer que en la licitación de la casa de Punta Mala se agotaron los últimos vestigios de pudor que quedaban en el gobierno: se preocuparon de llevarla a cabo el día que la presidenta partía para Washington (para lo cual tuvieron que posponerla dos veces). El chaparrón de críticas duró solo un día porque una foto con Bush ostenta el poder sobrenatural de hacer olvidar hasta la más grande de las desvergüenzas. Que en este caso es la compra, por parte de un hermano de la presidenta, de la casa propiedad del Estado que ella actualmente habita. Con el agravante de que la presidenta había dicho que no participaría en la licitación. Lo que no nos dijo fue que su hermano y sus amigos lo harían por ella. Una bofetada para la opinión pública. Y así como responde a las denuncias de corrupción con la exigencia de que le muestren las pruebas, ahora podrá argüir que ella nunca dijo que su hermano no iba a participar en la licitación, con lo cual jurídicamente queda a salvo de la corrupción y de las mentiras, aunque moralmente el país se esté deshaciendo por minutos. Pero en fin, el asunto quedó olvidado: el bochorno se tapó con la quimera de un TLC con Estados Unidos, cuyo Gobierno hasta ahora no ha avalado la euforia que exhibieron los funcionarios del Gobierno panameño.
Dos días antes de la licitación, la presidenta le había anunciado al país que solo lo sería hasta las 4:30 p.m. A partir de esa hora desaparecen dos personas y surge una simbiosis de ambas: José Mireya Alemán. Sé que la reacción fue de crítica (no de asombro), entre otras cosas porque la presidenta expresó, con nombres y apellidos, que ella no haría lo que hicieron (o haría lo que no hicieron) los ex presidentes Endara y Pérez Balladares. La ciudadanía les reconoce a los dos que presidieron elecciones pulcras cuyos resultados nadie jamás puso en duda; y la convicción que se tiene de que ambas elecciones fueron puras se fundamenta, entre otras cosas, en que ninguno de los dos volcó el peso de la presidencia a favor de ningún candidato. Lo cual parece no va a ser el caso, a juzgar por el tono despectivo con que la presidenta se refirió a la imparcialidad de sus predecesores.
Cada uno de esos dos actos por sí solo -el anuncio de que la presidenta de la República solo lo será hasta que el reloj marque las 4:30, y que un hermano de la presidenta sea hoy el propietario de una casa que la presidenta usa por cuenta del Estado- habría bastado, en otros países, para que la indignación nacional les hubiera exigido una retractación pública o se hubiera iniciado una investigación para determinar la licitud -y, ¡por Dios, la moralidad!- de ambos actos. Pero nosotros nos conformamos con repetir que estos sí serán los últimos, porque el país no resiste un escándalo más.
P.D. Tengo sentimientos encontrados con respecto al anuncio de que a las 4:30 p.m. los altos funcionarios dejan de trabajar para hacer campaña a favor del candidato arnulfista. Al margen de motivaciones y de los cuestionamientos éticos que pudiera generar, no me parece tan mala la idea pues ello significaría que, a partir de esa hora, el país va a funcionar mejor. Si es así, hasta podríamos pedirles que durmieran hasta las 4:00 de la tarde.
El autor es abogado y ex canciller de la República
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