Inversión fútil
Veremos cómo el poder de los consumidores se convierte en una palanca capaz de mover el mundo
Arturo Rebollón
Generalmente, cuando vemos una construcción en proceso pensamos que será una obra mejor de la que había antes en el mismo lugar. Pero con la construcción de las nuevas estaciones de gasolina de las petroleras transnacionales nos llevamos una gran desilusión, pues esto no es así, ya que estas empresas se han dedicado a escatimar el mínimo centavo en el valor agregado que dejan al país. En sus estaciones han sustituido el servicio personal y la atención que se brindaba al conductor y su vehículo, por simples estructuras tragadólares en las que pretenden que uno o dos operadores atiendan toda la pista y que los conductores se sirvan ellos mismos, revisen su aceite y demás, sin ningún beneficio para el cliente, ya que con tanto sube y baja de precios hemos perdido la referencia de si hay algún ahorro.
Hay que analizar a fondo la conveniencia de incentivar este tipo inversiones en construcciones de nuestro país, pues han representado la pérdida de varios miles de empleos de gente humilde, que han sido sustituidos por máquinas de alta tecnología que se han incorporado en sus estaciones no con el propósito de mejorar el servicio ni la atención al cliente, sino con el muy mercantil criterio de aumentar las ganancias en sus países de origen, beneficiándose de su régimen excepciones de impuestos a las exportaciones, pues como podrán suponer, estos equipos provienen de subsidiarias que los exportan a países donde no hacen falta, donde vienen a agravar el problema del desempleo existente, provocando la destitución de personal.
Se trata de equipo costosísimo (precios inflados por supuesto) para sustituir a unos humildes obreros; con esto incrementan el costo de la inversión inicial para hacer aparentar que la operación no es rentable, de manera que tampoco tributan lo adecuado en nuestro país.
Todos sabemos que en la libre empresa esas actitudes son legales, pero no por eso son morales, sobre todo que en sus lemas y propagandas pretenden aludir a que crean bienestar entre los humanos.
Estas compañías, cuyas utilidades anuales se cuentan por billones, no necesitan escamotear al país estos puestos de trabajo, mucho menos aduciendo crisis, pues es en estos periodos en que tradicionalmente multiplican geométricamente sus utilidades.
Si nuestro gobierno no tiene la creatividad para convencer a estas empresas a devolver los puestos de trabajo eliminados, los consumidores conscientes deberíamos tener un papel más beligerante para revertir esta situación; esto es, rehusándonos a servirnos el combustible y exigir el chequeo del aceite; de no lograrlo, demostrar nuestra inconformidad en la estación y luego comprarlo en otras estaciones de servicio criollas que aún no se contagian con esa modalidad. Los que vivimos en sociedad y que no contamos con un gobierno capaz de velar por los intereses ciudadanos, tenemos que protegernos y protestar por los abusos. Los consumidores podemos hacer mucho para restablecer los empleos, la atención y el servicio en las estaciones de combustible del país si nos manifestamos y lo solicitamos cada vez que vamos a una estación, y desviando la demanda a las estaciones que disponen de personal para atendernos adecuadamente.
Debemos hacerles sentir una fuerte baja en la demanda, y veremos cómo el poder de los consumidores se convierte en una palanca capaz de mover el mundo.
El autor es ingeniero civil
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