Panamá, 22 de junio de 2003
 
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El hipismo y la política

Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net

La política panameña guarda una extraña pero constante relación con la hípica, ya sea porque en torno a ella han ocurrido hechos trascendentales, ya sea porque dirigentes políticos encuentran en ella solaz (y en algunas ocasiones su única razón de ser), ya sea porque es fuente de expresiones que resumen una situación política coyuntural.

El único asesinato de un presidente en ejercicio ocurrió en un hipódromo: el 2 de enero de 1955, José Antonio Remón Cantera fue ultimado a balazos en Juan Franco mientras departía con amigos luego de finalizadas las carreras dominicales. Su afición a la hípica lo había llevado a iniciar la construcción del hipódromo que hoy lleva su nombre (un raro ejemplo de perdurabilidad en un país muy dado a cambiarles el nombre a calles y coliseos). A Omar Torrijos le dieron un golpe mientras se encontraba en México viendo una carrera de caballos; al final él regresó y viniendo de atrás depuso a los golpistas.

Dirigentes políticos antes y después de Remón han sido distinguidos (si es que tal cosa honra) con clásicos y handicaps que llevan sus nombres, y es frecuente ver a sus descendientes, cuando no a ellos mismos, premiando a los ganadores de dichas carreras. El clásico Presidente de la República se convirtió en una oportunidad para que el público pudiera abuchear al jefe del Ejecutivo, razón por la cual desapareció del escenario hasta que la presidenta Moscoso lo reinstituyó prometiendo asistir al hipódromo para probar así que ella sería la excepción. Sobra decir que el respetable ha esperado inútilmente, año tras año, que ella aparezca, pero el instinto político la ha mantenido alejada del hipódromo y, desde luego, de la silbatina.

Pero lo que más llama la atención es la manera como la hípica se ha apoderado del léxico cotidiano y con cuánta frecuencia recurrimos a términos propios de ella para explicar situaciones políticas. Marco Ameglio afirma que José Miguel Alemán siempre llega detrás de la ambulancia; Guillermo Endara sostiene que él todavía no ha salido de la gatera; y de Martín Torrijos se dice que paga dos veinte (si usted no entiende las figuras, recomiéndole cesar aquí la lectura). Hasta para poner sobrenombres se ha recurrido a la hípica: recientemente el ex presidente Pérez Balladares bautizó y luego Endara confirmó al ungido de la presidenta como Mr. Ed, recordando un programa de televisión en el que un caballo con ese nombre hablaba (y era bastante más ingenioso que su homónimo panameño). A propósito de Alemán, el curriculum vitae que acompaña su plan de gobierno cita como uno sus mayores merecimientos para aspirar a la presidencia haberse destacado también como hípico y dueño de uno de los principales establos de Panamá. No tengo nada contra la afición a los caballos, pero me resulta ofensivo que una persona que aspira a gobernar (no a gerenciar un haras) exhiba como credencial su condición de hípico.

Cuando dos candidatos pretenden combinar sus fuerzas, se dice que van en dupleta, vocablo que se aplica a una manera de apostar en el hipódromo. Correr fuera de apuesta significa estar sobrado (así se decía de Fito Duque cuando casi todos los partidos lo postularon a legislador). Para describir la proximidad de las elecciones siempre se habla de la recta final, en clara alusión a una carrera de caballos, cuando bien podrían utilizarse analogías de deportes más populares como por ejemplo noveno inning, último asalto, o minuto noventa. Si un candidato no lleva opción se dice que no gana ni con batería, que según entiendo (aunque sin saber cómo funciona) es el artefacto que se utiliza para estimular indebidamente al caballo. O sea, para hacer trampa. Y cuando una votación es estrecha, en lugar de decir que el partido estuvo apretado, se dice que el ganador lo fue por una nariz (con lo cual se dignifica inmerecidamente el hocico de un caballo).

He indagado mucho sobre el origen de esta asociación verbal de hechos políticos con expresiones propias de la hípica. Pero un amigo conocedor de la hípica -y por supuesto de la política- a quien le consulté, me dijo que no es un asunto de léxico sino que los parecidos son reales. En un hipódromo tan pronto termina una carrera comienzan las apuestas para la siguiente, y en la política criolla ocurre lo mismo: tan pronto termina una elección, comenzamos a pensar en la siguiente.

El autor es abogado y ex canciller de la República


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