El vicio de la exageración
Jorge Eduardo Ritter
jritter@cwpanama.net
Por razones que desconozco, a los panameños nos resulta demasiado difícil ponderar con justicia los acontecimientos. Algunos países tienden a disminuir su peso específico en la arena internacional; a nosotros nos sucede lo contrario: tendemos a creer que nos encontramos siempre en la mira de los demás, quizá por aquella mentira que nos inculcaron desde niños de que éramos el centro del mundo y el corazón del universo. Aunque nos duela aceptarlo, no somos ni una cosa ni la otra.
Todavía hoy se oyen argumentos que giran en torno a nuestra relación especial con Estados Unidos. Tal cosa no existe. Así como antes Colombia gozaba de una consideración especial porque era vecina nuestra, ahora nuestra especialidad -si la hay- se basa en nuestra condición de país limítrofe de Colombia. Así es el mundo cambiante de las relaciones internacionales. La transferencia del Canal y el cierre de las bases militares nos convirtieron -para decirlo de alguna forma- en parte del montón. Y con esa realidad tenemos que vivir. Pero nos ha quedado como complejo, que todo lo nuestro es especial, ya sea en asuntos frívolos como la relación con Estados Unidos, o en asuntos de mayor importancia como haber sido los anfitriones del concurso Miss Universo.
Aclaro: como espectáculo de entretenimiento, Miss Universo fue un éxito, pues los televidentes en los distintos países lo disfrutaron y vivieron la emoción -si tal cosa es susceptible de generarla- por la incertidumbre de saber cuál sería la ganadora. Hasta allí. Lo demás es exageración, o magnificación que raya en lo ridículo. Las manifestaciones de protesta de ese día fueron repudiadas con el argumento de que mil 200 millones de ojos (600 millones de personas, excluidas las tuertas) nos estaban mirando. Eso -sobra decirlo- es una mentira. Probablemente la inmensa mayoría de los que vieron el espectáculo a estas horas ya no se acuerda dónde se realizó, y los que se acuerdan no van a decidir su destino de vacaciones por lo que vieron esa noche en la televisión. Pero nosotros nos llegamos a convencer que ese día el mundo entero tenía sus ojos posados en nuestro país, cuando la realidad era muy distinta.
Tampoco creo que el show de las misses vaya a influir en el monto de las inversiones que vendrán a Panamá en el futuro. Mejor dicho, ojalá no influya porque si ese fuera el factor determinante, lo más probable es que no llegue inversión extranjera alguna, pues el capital no se mueve por la belleza de las aspirantes a Miss Universo, ni por el entusiasmo con el que el país anfitrión las recibe, sino por factores un tanto menos vistosos como la seguridad jurídica, un sistema de justicia confiable, probidad gubernamental y seriedad en la administración pública. Y lo que mostramos durante esos días fue todo lo contrario. No puedo concebir que Panamá haya transmitido una imagen atractiva para los inversionistas si los más altos funcionarios se la pasaron correteando a las misses para fotografiarse con ellas, y si para organizar un espectáculo artístico a las 8:00 de la noche se cierran durante todo el día las escuelas de Panamá, San Miguelito, Arraiján y La Chorrera, y el gobierno en pleno cesa de trabajar desde la 1:00 de la tarde. La impresión que deja es que somos buenos para las parrandas, pero flojos a la hora de trabajar y estudiar. Credenciales de las cuales no debiéramos presumir como ahora presumimos, fuera de toda realidad, de la admiración universal.
Esa proclividad a la exageración se manifestó igualmente en los comentarios -cursis la mayoría de ellos- sobre el concurso mismo y el papel de las panameñas en él: el nombre de Panamá ha quedado en alto, las representantes de la belleza panameña nos han colocado en el firmamento de la atención mundial, etc. No es para tanto: el mundo no gira en torno a un concurso de belleza, ni Panamá se ha convertido por su obra y gracia en el centro del universo. Pongamos las cosas en su justa dimensión, no tratemos de dignificar la frivolidad ni demeritemos con exageraciones y ridiculeces lo que acabamos de organizar: un concurso de belleza.
Y al momento de colocar en la balanza los dólares y los centavos que nos costó, cuantifiquemos cuánto le costó al Estado -al margen de los 9 millones por el privilegio, la seguridad y las fiestas por cuenta del erario- clausurar durante medio día las oficinas públicas y cerrar durante todo el día la mitad de las escuelas del país. Y coloquemos también en la balanza lo mucho de positivo que nos deparó el concurso: la presidenta y los ministros se dedicaron a cortejar a las misses, lo cual les impidió, al menos durante dos semanas, meter las de caminar. Esa fue, sin duda, la mayor ganancia.
El autor es abogado y ex canciller de la República
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