Globalización y regionalismo (I)
No puedo ocuparme aquí en otros fenómenos, como el paradójico provincianismo del que adolecen los nativos de las grandes ciudades
Guillermo Sánchez Borbón
Nadie puede vivir en una ciudad de siete, ocho ó 12 millones de habitantes. Es por eso que los que tienen la suerte, o la desgracia, de haber sido encerrados en una de esas megalópolis (hasta donde sé, el término lo acuñó Spengler) las fragmentan, reduciéndolas a dimensiones humanas. Con un ejemplo se ilustrará bien el fenómeno: en París conocí a un matrimonio español, que parecía llevarse razonablemente bien: ella era militante comunista, él era anarquista y se la pasaba hablando mal de la URSS, de sus satélites y de los partidos comunistas del mundo entero, especialmente del francés y del español, a los cuales pertenecía su esposa. Cómo se las arreglaban para no vivir a las greñas, es uno de esos misterios que no tienen explicación. Una tarde, después de un prolongado almuerzo, el guía que me había destinado el Partido Comunista Francés dijo que yo no podía irme de París sin haber visto de cerca la torre Eiffel. La señora de la casa decidió acompañarnos. ¡Ella tenía 20 años de no visitarla! Cuando le manifesté mi extrañeza, respondió que todos sus vecinos se hallaban en el mismo caso, a pesar de que la mayoría eran parisinos de nacimiento. Aquello se me grabó indeleblemente en la sesera.
Años más tarde, cuando pasé unos años en Buenos Aires, advertí con profunda sorpresa que la mayoría de los habitantes del barrio en que yo vivía -especialmente las mujeres, porque muchos hombres trabajaban "fuera", como ellos mismos decían- rara vez se aventuraban más allá de sus límites. No había por qué. En la antigua "tierra del fuego", de la que tanto habló Borges, tenían todo lo que necesitaban: churrasquerías, restaurantes formales, billares, salones de belleza, almacenes, varios cines. Las mujeres -salvo las que trabajaban, por supuesto- no sentían la menor necesidad de salir de Palermo. Como me dijo una de ellas: "¿Para qué voy a ir al centro?". Y eso que cerca estaba la estación del subte y pasaban autobuses y tranvías a cada rato. Entonces comprendí mejor el tango "Los cien barrios porteños", que puso de moda, años atrás, Alberto Ortiz.
Como aquella gente no podía vivir en la megalópolis, había hecho una pequeña ciudad poblada por familiares, amigos, conocidos, vecinos; una ciudad para seres humanos, no para "porteños" (definición demasiado general y vaga para responder a la verdad). Claro que había hilos invisibles que unían a todos los habitantes de la megalópolis: como era un barrio de obreros altamente cualificados, todos eran peronistas. Y en aquel tiempo, al menos, si la memoria no me engaña, también eran hinchas de River, aflicción que compartían con miles de personas de los otros 99 barrios porteños.
No puedo ocuparme aquí en otros fenómenos, como el paradójico provincianismo del que adolecen los nativos de las grandes ciudades. Dos anécdotas podrían ilustrarlo: un amigo le propuso a Jean Anouilh que lo acompañara al campo: "¿Estás loco?", le respondió el dramaturgo, indignado, "¿Ir a ese horrible lugar donde los pollos se pasean crudos?". En Nueva York, una noche, luego de cenar, volvía yo a mi hotel. El camino más corto era una calleja larga y oscura: de pronto vi venir, con alguna aprensión, a dos jóvenes de una estatura y de una complexión descomunales. Parecían borrachos. En eso se pararon frente a mí y empezaron a gritarme en un idioma que yo no conocía. Por sus ademanes amenazantes, creí que estaban furiosos conmigo. De pronto dos muchachos negros cruzaron la calle y se unieron a los blancos en los gritos. Estaba completamente rodeado por energúmenos gigantescos y fornidos. Hasta que, con una alegría salvaje, me di cuenta de que no estaban enojados conmigo. Sencillamente los Mets de Nueva York acababan de ganar la serie nacional y sus gritos eran de alegría. Momento en que los relacioné con los bocinazos y exclamaciones de júbilo que oí, como quien oye llover, cuando estaba en el restaurante. De nuevo en mi habitación, prendí la televisión y vi escenas increíbles. Repentinamente todos los neoyorquinos -confinados hasta entonces en sus respectivos barrios- habían cobrado plena conciencia de que pertenecían a la misma ciudad, de que eran conciudadanos, unidos entre sí por vínculos intangibles que hacían patentes las grandes ocasiones de júbilo o de dolor colectivo.
Antes de entrar en materia propiamente dicha, voy a ocuparme aquí de fenómenos de otra naturaleza. Es un hecho que los medios modernos de comunicación tienden a uniformar las modas y las artes (también a universalizar las plagas, pero esto sería tema para otro artículo). Un solo ejemplo bastará: antes, al oír una melodía, hasta los desorejados podíamos dictaminar: esta es chilena, argentina, ecuatoriana, española, etc. Hoy, en el mundo entero se escucha la misma canción traducida al idioma nacional. La cosa comenzó, si no me equivoco, con Elvis Presley y ha llegado a su culminación con el reggae, que no puedo oír sin recordar los delirios palúdicos de mi infancia y adolescencia.
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