Panamá se da por vencida en asunto de limpieza de bases
Es un fracaso amargo, cuyos frutos contaminarán el suelo panameño para toda la eternidad
Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com
WASHINGTON, D.C. -Hace dos semanas reporté que cuando la presidenta Mireya Moscoso se reúna con el presidente George W. Bush el próximo 26 de junio, ella no le reclamará que Panamá todavía está esperando que Estados Unidos limpie la contaminación ambiental que dejó en sus bases en el istmo.
La razón, me explicó una fuente oficial, es que los diplomáticos panameños consideran que ese es un tema espinoso que "introducirá discordia" en el encuentro entre los dos mandatarios, por lo que es preferible dejar que el asunto se maneje a nivel inferior.
"Queremos concentrarnos en metas alcanzables", comentó la fuente (ver La Prensa, 23 de mayo de 2003).
Es un cambio fundamental y alarmante en la agenda de temas bilaterales con Estados Unidos, que la limpieza de las bases sea removida del nivel presidencial y relegada a manejo por subalternos. También es alarmante que los diplomáticos panameños admitan que la limpieza de las bases no es "una meta alcanzable". Lo que esto significa, temo, es que el gobierno de Moscoso se ha dado por vencido en este tema, aceptando como un hecho que, como dice la embajadora estadounidense Linda Watt, ese es "un tema cerrado".
Igualmente, es lógico suponer que esas palabras de Watt revelan que, en efecto, el gobierno de Bush ha rechazado definitivamente toda intención de limpiar las bases y ha instruido que Watt le advierta a Panamá que seguir insistiendo en ello será no solamente inútil, sino también contraproducente.
En otras palabras, yo veo que ha terminado en fracaso el esfuerzo panameño por lograr que Estados Unidos elimine la contaminación ambiental en sus antiguas bases. Si es así, ello se debe a la total ineptitud con que los gobiernos de Pérez Balladares y Moscoso manejaron el tema.
En los últimos años de la presidencia de Pérez Balladares escribí una y otra vez que ese gobierno no le estaba dando la atención debida al problema y que era necesario resolverlo antes de que los estadounidenses se retiraran del istmo. Muy al final de su gestión, Pérez Balladares hizo declaraciones exigiendo una limpieza y contrató al bufete de Arnold and Porter en Washington para asesorar sobre el manejo del tema. Pero cuando Pérez Balladares salió de la Presidencia, nada se había logrado.
Moscoso llegó al poder faltando solo cuatro meses para que los últimos militares estadounidenses se retiraran del istmo. En esa situación difícil, su gobierno escogió una política excesivamente tímida. Así, Moscoso aseguró en su primer discurso ante las Naciones Unidas (el 24 de septiembre de 1999) que "mi gobierno confía que las diferencias que hay en este punto serán resueltas satisfactoriamente en un plazo prudencial". Pocas semanas después, Moscoso se reunió con el presidente Bill Clinton en la Casa Blanca y le habló del tema de los polígonos. Clinton respondió que aunque la posición estadounidense era que Estados Unidos ya había cumplido con sus obligaciones, ellos intentarían hacer un mayor esfuerzo por resolver el asunto.
Al mismo tiempo, el entonces canciller panameño, José Miguel Alemán, me aseguró en una entrevista que el tema de la limpieza no prescribiría con la retirada de los estadounidenses y dijo que el gobierno de Moscoso seguiría usando a Arnold and Porter como asesores. El 6 de diciembre de 1999, El Panamá América reportó que ese bufete había propuesto tres posibles vías de resolución: la intensificación de discusiones bilaterales, apelar a instituciones multilaterales, y demandar a Estados Unidos en sus propios tribunales.
En los tres años y medio desde entonces, esa asesoría de Arnold and Porter ha costado varios millones de dólares, pero los resultados son invisibles. Las discusiones bilaterales no lograron nada; las instituciones multilaterales no tiene poder coercitivo sobre la limpieza de estas bases (aunque llevar el tema de San José ante la OPAQ -Organización para la Prohibición de Armas Químicas- podría todavía rendir fruto); y no se utilizó la táctica más fuerte, la de demandar a Estados Unidos en sus propios tribunales. Se prefirió la táctica absurda de pedir que Estados Unidos accediera a someter la controversia a arbitraje, cosa que obviamente Washington jamás aceptaría. Muchas otras tácticas que hubieran podido crear presión ciudadana y generar respaldo internacional fueron descartadas porque los funcionarios panameños insistían en que tácticas "de bajo perfil" tendrían mejor resultado.
Hoy vemos que esa política ha fracasado y que el gobierno de Moscoso parece darse por vencido. Es un fracaso amargo, cuyos frutos contaminarán el suelo panameño para toda la eternidad.
La autora es corresponsal de La Prensa
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